Reality, 2012. Matteo Garrone.

¡No ves que tiene una mujer y tres hijos que mantener! ¡Si gana tiene la vida solucionada!
Reality, 2012. Matteo Garrone

Lo que realmente me interesa de la llamada telebasura es la gente que se sienta delante del televisor a consumirla, entre quienes me incluyo, y ya de paso por qué hay programas que se consideran dentro de este género y otros que siendo mierda pura se quedan fuera o al menos nadie se acuerda de ellos cuando se pronuncia el término. Seguro que en vuestro imaginario ya se ha presentado la casa de Gran Hermano, pero pocos habréis recordado el tratamiento del caso de las niñas de Alcàsser en Esta noche cruzamos el Mississippi o en el programa de Nieves Herrero. El cine, como herramienta de comunicación o testimonio del mundo que hemos construido, ha ido incluyendo este mundo de glamour de plástico, de papel couché –como cantaba Tamara, en sus argumentos o en las vivencias de sus protagonistas. Me centraré en la, llamémosla, Telebasura glam, la del entretenimiento máximo, las mujeres de los toreros, las tetas operadas y los reality shows. Lo otro es demasiado miserable, incluso para una fan del periodismo amarillo como yo.

Me sorprende que Gustavo Bueno le recordarán por ser el filósofo que durante la primera temporada de GH acudía al plató y aseguraba que el reality se trataba de un experimento sociológico, en su libro Telebasura y democracia. Cada pueblo tiene la televisión que se merece, describa estos shows como “cierto tipo de programas que se caracterizan por su mala calidad de forma y contenido, en los que prima la chabacanería, la vulgaridad, el morbo y, a veces, incluso la obscenidad y el carácter pornográfico”. En esta definición hay un error garrafal: lo que no se puede negar es que la “forma” de programas como Operación Triunfo, Quién quiere casarse con mi hijo o La isla de los famosos no es sólo bastante espectacular, sino que hace avanzar la estética televisiva de nuestro país. Recordemos que el Sálvame diario ha sido pionero en romper la cuarta pared de los platós de televisión, y Aquí hay tomate reinventó el estilo de la redacción de noticias incluso en los telediarios, especialmente en la información deportiva.

Aquí hay tomate. Programa presentado por Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcaide

Aquí hay tomate. Programa presentado por Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcaide

Hemos llegado a un punto en el que podemos modificar la famosa frase de Marx, “la televisión es el opio del pueblo”. Y seamos francos, necesitamos el opio. Son muchas las voces que ponen el grito en el cielo porque El pequeño Nicolás está cobrando 3.000€ diarios en esta cuarta edición de Gran Hermano VIP. Hablan de qué ejemplo le estamos dando a la juventud, de cómo vamos a explicarles que hay que estudiar, labrarse un futuro, adquirir conocimientos, si sus modelos de éxito son tronistas y ladrones. Quizá lo que tendríamos que explicarles es porqué sus hermanos mayores, padres o amigos licenciados, con idiomas o másteres, están parados desde hace años. Me crié en Aluche, un barrio del sur de Madrid. Cada vez que vuelvo a mi casa después de visitar a mi madre me encuentro con una pintada en la incorporación a la carretera de Extremadura que reza: “Y nos decían: Pues haber estudiado”. Si con algo estoy de acuerdo con Gustavo Bueno es que cada sociedad tiene la televisión que se merece. Lo dicen El Culebra y El Cabeza en el diálogo que abre El mundo es nuestro:

“– Semos la degeneración Pa’qué. Pa’qué estudiemos y pa’qué trabajemos si es una mierda to’. Nosotros no tenemos acceso a un trabajo digno en la vida ni a una vivienda en condiciones, no nos dejan entrar ni en las discotecas.
– Y además, menos mal que no hemos estudiado. Si hubiéramos estudiado estaríamos igual pero peor, con más cara de gilipollas. Aparte del tiempo perdido, seríamos más conscientes de lo precario de nuestra situación.
– Bendita ignorancia.”

El mundo es nuestro, 2012. Alfonso Sánchez.

El mundo es nuestro, 2012. Alfonso Sánchez.

Hay que ser poco espabilado para que teniendo dieciséis años no se te pase por la cabeza ser tronista de MYHYV. No les hemos dejado muchas más opciones.

La semana pasada me topé con Reality, una película de 2012 de Matteo Garrone que aun ganando el Gran Premio del Jurado ese mismo año en Cannes se me había pasado por completo. El protagonista es Luciano, un pescadero que se saca un sobresueldo animando bodas vestido de drag queen (que le gusta a los italianos un esperpento) y que en uno de estos bolos comparte escenario con Enzo, un guaperas hortera ganador de la última edición del Grande Fratello. Enzo es vitoreado por las masas y un helicóptero le espera al final del show para llevarle a su casa. Su trabajo consiste en pasearse entre el vulgo, hacerse fotos y firmar autógrafos. Luciano huele a pescado y debe trabajar todos los días de la semana para, no diré tener una vida digna, pagar la casa y la comida de sus hijos. Cuando se abre el casting de la siguiente edición, todo su entorno le anima a presentarse. Le dicen que “tiene talento”, que él es “un personaje”, que “hace gracia”. Oh dios mío, qué peligrosa es la esperanza de una vida mejor sin fundamento. Piensen para ustedes mismos, ¿nunca han empujado a un conocido a presentarse a La voz, GH o [escojan el título que deseen]? ¿Por qué lo han hecho? Les han alentado incluso detestando estos formatos. En ellos hay esperanza y lo saben. Durante el casting de Reality se escucha una voz por la megafonía de un centro comercial que presenta a los candidatos. Todos son licenciados. Ay Garrone, que esto no es casualidad.

En American Dreamz, no pierdan el tiempo con ella que es malísima, la actriz Mandy Moore es seleccionada para entrar en un concurso de televisión tipo Factor X que presenta Hugh Grant. Unos días después de la buena nueva se lamenta:

“– Tú siempre quisiste salir en televisión.
– No. Yo quería ser una estrella.
– ¿No es lo mismo?
– No, cualquier idiota puede salir en televisión hoy en día.”

Casi estamos de enhorabuena. No podemos conseguir nuestros objetivos de manera digna, pero sí hay una indigna para quien quiera echar mano de ella. Menos da una piedra. Tampoco entiendo demasiado por qué se considera más deshonroso vender la vida privada que desempeñar trabajos mal pagados en empresas que explotan a su plantilla. Al fin y al cabo, todos tenemos un Facebook en el que, directamente, regalamos nuestra privacidad. Le escupimos nuestras ideas en el cogote a quien esté dispuesto a leer, mostramos las fotos de nuestras juergas, los zapatos nuevos, los lugares escogidos para disfrutar de nuestras vacaciones. Somos unos exhibicionistas que criticamos a otros exhibicionistas solo porque cobran dinero. Definitivamente somos una panda de gilipollas.

Supongo que algún lector habrá visto al menos la primera entrega de Los juegos del hambre. En la película, los Estados Unidos están divididos en 12 distritos que cada año deben enviar a una chica y a un chico a dejarse la vida ante la mirada de los telespectadores de Los juegos del hambre. Un reality en el que gana quien se mantenga con vida. Algo así como el Battle Royale de Kinji Fukasaku. En el caso de la primera, los niños y adolescentes de las clases bajas tienen más posibilidades de entrar en los juegos. Cada vez que piden ayuda para comer, por ejemplo, su nombre es depositado en una urna de la que la mano inocente de Elizabeth Banks escoge el nombre del condenado que representará a su distrito. Cuantas más veces solicitas dicha ayuda, más papeletas con tu nombre pululan en la urna. Si ganas, eso sí, te conviertes en un héroe.

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Piensen en los suicidios que se han producido por culpa del paro y los desahucios. Quizá, si como en Life! les hubieran dado la posibilidad de jugar a la ruleta rusa en directo, alguno de ellos se hubiera salvado y solucionado sus problemas económicos.

Le dice Chus Lampreave en Hable con ella a Darío Grandinetti:

“– El pobrecillo no ha tenido suerte ni en la cárcel. ¡Qué poquita publicidad se le ha hecho! Aquí no ha venido ni una mala televisión, ni un mal paparazzi, con tantos programas basura que hay y ninguno se ha dignado a venir, no sé, a hacerme una entrevista a mí, por ejemplo. Es muy triste como están los ‘masa media’ en este país.
– Sí, en eso tienes razón.”

Las sociedades basura generan televisión basura. Si la población está sumida en la desesperación no se les puede pedir que lean a Tolstói, necesitamos entretenimiento. Dótennos de futuro y verán que pronto cambian nuestros gustos. Por el momento, no nos quiten el Sálvame Deluxe.