pajares-y-esteso

Corría el año 2008 cuando, en una de las clases impartidas en el Observatorio de Cine, el profesor Miquel Echarri nos propuso al alumnado la siguiente cuestión: ¿Cuál es la mejor película española de la historia? La verdad es que no recuerdo el motivo de tal encuesta, pero sí el resultado derivado, debate, polémica y una retahíla de títulos siempre vinculados a los mismos directores: Buñuel, Saura, Berlanga, Almodóvar, Amenábar (¡Almodóvar y Amenábar! Y menos mal que el fenómeno Bayona estaba por aparecer) y otros tantos de filmografía entre lo apreciable y lo dudoso. La anécdota no tendría mayor importancia en el debate cinematográfico sino fuera porque hubo un título alternativo, propuesto por este humilde servidor que les escribe, que desato el cachondeo primero y la ira después (al ver que iba en serio) del personal presente. Se trataba de Los Bingueros.

Proponer semejante título, creérselo de verdad, podría parecer un simple ejercicio de poserismo, cuando no de primero de provocación, destinado a generar la revuelta e indignación de los amanuenses del fanboyismo del cine español incuestionado. Nada más lejos de la realidad. Hay motivos de sobra para reivindicar Los Bingueros como una obra clave, imprescindible, de la cinematografía española. Razones todas ellas que trascienden lo meramente cinematográfico sin desdeñar, en absoluto, la maestría de la que hace gala Mariano Ozores al mando de la producción.

De lo que no cabe duda es que Ozores era un hombre avispado, un auténtico documentalista de la verdad y a la par servidor del entretenimiento. Un tipo que sabía tomar aquello que vulgarmente se conoce como el pulso de la calle y trasladarlo casi en forma de cinema verité a la gran pantalla. En el fondo, ya lo sabía Valle-Inclán, nada hace más gracia que nuestra imagen deformada, que el esperpento. Sobre todo porque forma parte de una sutil forma de mostrar la verdad, de facilitar el reconocimiento tanto individual como colectivo sin que la autoestima global quede dañada.

Todo ello queda perfectamente plasmado en Los Bingueros. Esa España transicionaria en precario equilibrio entre abrirse a la modernidad y la tradición más cazurra. Entre las imprecaciones a la democracia y la prudencia, deseo y cierta nostalgia de los viejos tiempos del orden. Se lo dice Pajares a su jefe, director de sucursal bancaria, en una secuencia antológica: “se necesita un gobierno de orden” para, acto seguido recular en su opinión ante la respuesta: “aquí la política no tiene nada que ver con el asunto”. La España de la época, tragaldabas y lametraserillos, hombres de a pie aún temerosos de abordar la libertad de expresión con total franqueza y aún prestos y dispuestos a doblar el espinazo ante cualquier eventualidad.

Los Bingueros, en el fondo, trata de abarcar las nuevas preocupaciones de la población en un momento de incertidumbre. Y no es porque los temas sean nuevos, no. Es más bien la forma en cómo se afrontan. La relación con las mujeres, el trabajo (o su ausencia), el poder y significado de la iglesia se funden con asuntos casi tabú para la época: el sexo explícito, la homosexualidad, las drogas. Este mix se aborda a calzón quitado, con una franqueza hasta ahora inusual.

La feminidad dista mucho de esos extremos vistos hasta ahora en el cine tardofranquista (con el landismo como reivindicable y máximo exponente). Esa mujer aún recatada y resiliente a adoptar formas europeas de relacionarse. Esa imagen que “obligaba” al machus ibericus afarensis a relacionarse con extranjeras para sus conquistas sexuales y permanecer con la devota cristiana española para cosas sagradas como el matrimonio y la casa. No, aquí tenemos mujeres fuertes, trabajadoras, que llevan las riendas de sus vidas a todos los niveles. Se critica mucho el uso del desnudo gratuito sin percatarse que la realidad es muy distinta. Los desnudos femeninos demuestran la voluntad de poder incluso en un terreno tan pantanoso como era el sexual. Sí, en Los Bingueros las mujeres mandan, trabajan, toman las riendas profesionales de sus vidas y sí, follan porque son sexualmente activas, no porque el marido lo mande o le apetezca.

La diferencia pues con el retrato de la masculinidad es abrumador. El dueto Pajares-Esteso marca la imagen del hombre medio español, superado por un mundo cambiante que no entiende y al que a duras penas puede sobrevivir. En este sentido ambos marcan una línea de continuidad con cierta mentalidad hispánica reflejado en el Lazarillo de Tormes: La picaresca, la voluntad de enriquecerse sin dar palo al agua, de vivir a salto de mata y que sea lo que Diós quiera. Con este vínculo, y el retrato patético de ambos personajes, Ozores parece querer satirizarlo y por ende dar a entender que el cambio está cerca, que por fin en España puede triunfar otra mentalidad.

Mariano Ozores

Mariano Ozores

Y sin embargo… Dados los temas tratados no podemos saber a ciencia cierta si Mariano Ozores tenía el don de preveer el futuro o si era una suerte de Marty Mcfly con un Seat 128 supermirafiori a modo de De Lorean, pero lo que está claro es que el plano final de Los Bingueros arroja una especie de suspiro desesperanzado. Nada sirve para nada. Es como si Don Mariano hubiera podido ver el futuro de este país y darse cuenta que nada cambiaría ni iba a cambiar. España como ese eterno déjà vu, ese “vuelva usted mañana Larriano” que hace que el director, concluya con esa media sonrisa ladeada del que sabe que no hay nada que hacer.

Pero más allá de su notable comentario social, Los Bingueros es un film cuya forma dista mucho de ser una mera planicie de lucimiento de sus dos estrellas. Si bien es cierto que la química Pajares-Esteso es elemento clave de la producción, no hay que olvidarse que Mariano Ozores era un director de dilatada trayectoria, habituado a la comedia, sí, pero también a otro tipo de géneros. En este caso, el de la comedia superficial con fondo dramático, no duda en aplicar técnicas de la Nouvelle Vague con un referente claro: Los 400 golpes.

Estamos en el terreno del periplo vital, del acompañamiento de la cámara a través de las vicisitudes de sus protagonistas. No hay un solo plano, ni un solo travelling que no demuestre mimo, cariño y preocupación por ellos y sus desventuras. Se trata de crear una puesta en escena que no renuncie a la sordidez ni a la decadencia. Se trata en definitiva de dar un tratamiento profundamente respetuoso en lo moral y lo ético del sentido de la narración. No en vano, el film habla, al igual que el de Truffaut lo hace del idealismo, de la persecución de un sueño y finaliza con su consecución, aunque sea amarga y distante de la imaginada en principio.

Los Bingueros supone pues, en cierta manera, un intento de cambio de registro. Y sí, se queda en intento no por la feliz y brillante resolución de sus pretensiones, no. Lo es por este rasgo característico, a todos los niveles, de la mentalidad española consistente en dejar caer a los mitos, a pasar de casi sacralizarlos (como el dedo momificado de San Nepomuceno) a reducirlos a mera caspa olvidable. Sí, Los Bingueros ha pasado de ser cumbre del cine popular, tan respetado en otros lares (solo hay que ver como se venera a Louis de Funes en Francia) a ser ridiculizada como ejemplo de caspa hispánica, de españolada, de producto infumable destinado a criar polvo en estanterías sucias de viejos videoclubs.

Quizás es momento pues de que la memoria histórica también se recupere en el cine para saber de dónde venimos, quienes éramos y quienes somos. Sí, estamos en tiempos convulsos, donde algunos hablan de segunda transición y otros de recuperar los valores de la primera. Sea como fuere, sin entrar en valoraciones ideológicas, Los Bingueros es el documento imprescindible para comprender esos momentos. Una obra de arte comparable a lo que representó La familia de Carlos IV de Goya, la realidad y el esperpento que no cesa en este bendito país.