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Hace ahora poco más de cinco años, sin levantar más ruido que todo el que implica tener un nombre consolidado y cierta maquinaria mediática a disposición, la ficción televisiva española encontró de pronto el formato más elocuente para revelar las que estaban siendo sus restricciones. Sin proponer nada que pudiera ser considerado a priori como revolucionario, trazando una línea de evidente conexión con Larry David o Louis C.K., ¿Qué fue de Jorge Sanz? dinamitó todas las expectativas puestas sobre un producto generado en el seno de una industria con una preocupante tendencia a convertir su egocentrismo en sonora queja, más o menos velada, sin ápice de creatividad.

David Trueba supo entender la mística de Jorge Sanz, figura identificable y prolífica como pocas en el cine español de las décadas precedentes, pero también a un público suficientemente crítico para detectar que aquello podía convertirse en un simple cruce de palmadas entre amigos. Tuvo que ser en una televisión de pago donde el establishment del cine patrio, quizá por vez primera, asumió todo lo que ya no podía ocultar su ombliguismo. Lejos de irradiar complacencia, existía una dolorosa y modesta sensación de aceptación encerrada en los seis capítulos que conformaron la serie de Canal+, una de las escasas creaciones catódicas españolas que han perdurado tras la inmediatez de sus emisiones.

Con el estatus de culto ganado a pulso, también con los Goyas de la melosa Vivir es fácil… allanando el camino, Trueba anunció recientemente la idea de transformar lo que surgió como una serie cerrada en un proyecto a largo plazo que seguiría de cerca, cada cinco años, las andanzas de su decadente protagonista y el carismático representante y vendedor de quesos Amadeo Gabarrón –Eduardo Antuña, mítico secundario al que también se reivindicó–. Una vez asentada la base y perdido el efecto sorpresa, el reto principal era justificar ese regreso a la vida cotidiana del has-been desposeído de su gancho, en un formato que, por otra parte, ya no luce tan novedoso en nuestro país tras la delirante aportación del excéntrico Ignatius Farray en El fin de la comedia (2014).

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Y bien, ¿qué aporta este retorno a las pantallas 5 años después, una vez consumado? Aunque la vocación es esencialmente continuista, como mandan los cánones, la serie parece haberse impuesto ya como lugar de encuentro para nombres de la interpretación española, casi todos ellos venidos a menos en su popularidad, que toman conciencia de lo perenne de su situación en un marco que les presta a ello. La terapia de grupo que Jorge Sanz comparte con Pablo Puyol, Natalia Sánchez, Pablo Carbonell y Guillermo Toledo no es más que la constatación de que otras figuras quedan equiparadas al protagonista, que ve proyectadas sus miserias en el patetismo de los demás. Sin ir más lejos, Toledo se afilia al Partido Popular en la ficción por la creencia de que así podrá volver a conseguir papeles. En esa sincera y sana obviedad autoparódica existe toda una clave a la que parece aferrarse Trueba, deseoso de establecer una complicidad instantánea en todas las direcciones.

Con la sátira sobre el star-system como pivote, apelando sin rubor alguno al imaginario del consumidor habitual de cine y series nacionales, la comicidad queda casi confiada a las constantes intervenciones de los actores haciendo de sí mismos. Aparecen jugando con su imagen pública, además de los citados y el confidente Antonio Resines, Pedro Ruiz –el promotor teatral–, Elena Furiase –la joven estrella contrapuesta a la gloria pasada–, Gonzalo Suárez –el atribulado director de la obra– o el desaparecido Fernando Ramallo –ahora técnico de reparaciones al que identifica Jorge–. Aunque lo manido de algunos enredos ponga en peligro que el barco llegue a buen puerto, la fórmula escogida vuelve a revelar su profunda coherencia con el panorama actual. Si la blancura del mediático Dani Rovira en la reciente edición de los Goya ha dado tanto que hablar a cuenta de su cargante inanidad, ¿debería hacerlo menos que la propia industria española apueste por reírse un rato de sus negras entretelas? Nadie puede garantizar que dentro de cinco años Sanz y Rovira no vayan a ser colegas de terapia…