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Las debilidades del hombre caucásico joven o en la primera adultez son blancas, rojas, amarillas, azules y negras, y juntas construyen la diana en la que se ensartan los dardos de Joachim Trier.

Nacido en la capital danesa en 1974 pero criado en Noruega, el director ha aguijoneado a su género y clase social desde su debut, Reprise (2006), tendencia que mantuvo con su siguiente obra, Oslo, 31 de agosto (2011). Con su tercer largometraje, El amor es más fuerte que las bombas (2015), de inminente estreno en España, abandona su país y se embarca en su proyecto más ambicioso hasta la fecha. Financiado con capital internacional y rodado en inglés, el film perpetúa sus obsesiones temáticas y la exploración de vías narrativas, en lo que supone la confirmación de una promesa que todavía no ha encontrado su techo creativo y quiere superarse en cada nueva entrega, al igual que su pariente lejano, el irreverente y siempre inconformista Lars von Trier.

La mirada de Joachim Trier es la masculina. Su cine gira en torno a hombres, pero queda lejos de esa supremacía del género tan habitual en el cine estadounidense. Inseguros, perdidos, cobardes, su enfoque dista de la complacencia pero nunca cae en la mezquindad. Y es que su cine no juzga; muestra. Relacionado con la Nouvelle vague por sus dos primeras obras, debido a un estilo que tiende a la transgresión, a su interés por la juventud y a su filia por sacar las cámaras a las calles, otro referente podría apuntarse en la lista de influencias, que a su vez es heredero de esa ola rompedora de cineastas franceses: Woody Allen. Trier rueda en la calle, pero no lo hace para filmar la marginalidad, sino a una clase media-alta intelectual especialmente interesada por la escritura. Si en Reprise los dos protagonistas eran unos aspirantes a escritores sesudos, en Oslo… la historia giraba en torno a una promesa del periodismo. En El amor…, la atención se divide en sus tres personajes masculinos, un padre profesor (Gabriel Byrne) y sus dos hijos, uno doctorando en sociología (Jesse Eisenberg) y otro adolescente (Devin Druid), que encuentra en la escritura una salida a sus bulliciosa mente.

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El amor es más fuerte que las bombas

Trier ha co-escrito los guiones de estas tres obras junto a Eskil Vogt, quien debutó tras las cámaras en 2014 con Blind, cinta similar en fondo y forma a Reprise, tanto en lo inconformista de los planteamientos que proponía como en cierta artificiosidad con la que aparentaba mayor trascendencia de la que realmente poseía. Una obra sin duda interesante y que en este caso sí colocaba en el foco a una mujer. Y es que, si bien la mirada de Trier se centra en el hombre, en sus historias la mujer cobra un papel fundamental. Aunque secundaria, se la muestra como contrapunto a las carencias de sus protagonistas. También imperfecta, la mujer del cine del director noruego muestra una mayor entereza, que no la libra de frustraciones. Elocuente es el caso del personaje de Isabelle Reed (Isabelle Huppert), una expeditiva fotógrafa de guerra que, aunque con mayor personalidad que su pareja –el personaje al que interpreta Gabriel Byrne–, no puede evitar caer en una depresión. Con este mayor acercamiento al rol femenino en su última obra, Trier abre la puerta a una nueva vía, en la que quizás se descubra que mujer y hombre comparten vacíos existenciales y que la entereza hasta entonces mostrada se debía a la distancia del retrato.

Pero, en lo mostrado hasta la fecha, es esa entereza la clave que diferencia a hombres y mujeres. Una confrontación que en ningún momento se narra desde la lucha de sexos, pero que es una batalla perdida para el género masculino. Los hombres del universo de Trier vagan a la deriva, perdidos en un mundo que no comprenden y que los arrolla. Sin embargo, son hombres en constante movimiento, en busca de esa identidad que los defina y quizás aporte sosiego a su existencia. Inseguros e introspectivos, estos personajes viven en la ensoñación y la rememoración de recuerdos, situación que este autor aprovecha para desarrollar los recursos de forma más vistosos de sus films. En Reprise jugaba con el blanco y negro para plasmar irreales pasajes inventados en la mente de estos escritores, unas transiciones que contrastaban con la colorida realidad para amplificar esa sensación de sueño roto, de esperanzas inalcanzables. La desconexión de la sociedad es evidente en Oslo…, con un personaje recién salido de una clínica de desintoxicación que vuelve a los lugares que frecuentaba antes de caer en la toxicomanía para descubrir que ya nada es igual y que la alienación autodestructiva es la única vía de escape.

Oslo, 31 de agosto

Oslo, 31 de agosto

En El amor…, los tres protagonistas se encuentran en respectivos puntos de inflexión. Un padre incapaz de comunicarse con sus hijos; su hijo mayor, recién entrado en la paternidad pero huyendo de la misma; su hijo pequeño, en plena lucha interior y anclado a la muerte de su madre. Este último es retratado como el más perdido de los tres, pero el material de partida termina desaprovechado. Con un interesante inicio en el que la extravagancia de su conducta le aporta una pátina de atracción, sin embargo el desarrollo y las verdaderas motivaciones de sus actos caen en el estereotipo del adolescente furioso y desconectado de la sociedad, con un mundo interior desarrollado, enorme sensibilidad y tendencias freaks.

Pero Trier y Vogt no se limitan a hablar de incomprensión y deriva emocional; en su cine hay auténtica enfermedad mental. Clínicas psiquiátricas y de desintoxicación aparecen, respectivamente, en Reprise y en Oslo…, ambas visitadas por el mismo actor –Anders Danielsen Lie– en sendos roles protagonistas. En El amor… esta aparece en la madre fotógrafa de guerra y depresiva, pero los problemas psicológicos del menor de los dos hermanos es evidente. En una sociedad burguesa del Primer Mundo, la aparente perfección de las sociedades punteras esconde una serie de carencias emocionales asociadas al individualismo de los valores occidentales. Como ocurre en el cine de Michael Haneke, la intelectualidad convive con la inmadurez de las aptitudes sociales. Un cóctel explosivo que en el caso del austriaco encuentra salida en la violencia; en el cine de Trier, la pólvora está mojada y el conflicto rara vez se manifiesta.

La tercera obra de Joachim Trier confirma que el interés suscitado en sus inicios no era pirotecnia estéril. En su corta trayectoria se observa una creciente austeridad formal, que deja de lado artificios gustosos pero muchas veces efectistas para centrarse en la narración, siempre personal, de sus obsesiones más profundas. La fragmentación de sus relatos, mareante en Reprise, encuentra aquí el punto exacto entre la divergencia narrativa frente a los estándares del cine de corte clásico y la coherencia interna frente a los objetivos marcados; atrás queda el juego por el juego, la transgresión por la transgresión. Si bien su segunda película es la más redonda de las tres, esta última es la más ambiciosa. Aunque el cierre de las respectivas tramas se empapa de ciertos lugares comunes del guion de cine, el desarrollo aborda temas ya vistos desde perspectivas sugerentes. Su capa de gélido desencanto brilla con una fotografía de tonos grises que apaga la vida exterior y adopta el estado anímico de sus personajes, brindando un film que abandona toda pretenciosidad para fallar con talento y atrapar con excelencia.