Ella era una mujer con mal carácter, una hippy, una descarada emocional, algo histriónica y demasiado excesiva, sincera hasta resultar maleducada. Era auténtica. Leonard Cohen no le dedicaba canciones a cualquiera.

Dicen que ante las presiones y humillaciones el ser humano tiene dos salidas: hundirse o hacerse más fuerte. No soy psicóloga así que desconozco cuales son los procesos o que tipo de personalidades son las capaces de salir indemnes del maltrato psicológico que se pueda sufrir en la infancia o adolescencia, por poner un ejemplo. El dolor hizo de Janis Joplin una estrella. Sus compañeros de escuela se burlaban de su físico. Recuerdo una frase de El color púrpura que decía “Eres negra, eres pobre, eres fea, eres una mujer. Vamos, que no eres nada” Esa es la idea, la ofensa, que subyace cada vez que alguien alude de manera peyorativa al físico de una mujer. Quien lo recibe lo sabe. Janis lo sabía. Aquellas burlas la empujaron a modificar su personalidad y hacer de su vida el ejemplo perfecto para ilustrar que unos genitales femeninos no tienen porque relegarte a ser simplemente un cuerpo y una cara. Amy Berg recoge todo este dolor en Janis, el documental sobre la vida de la cantante.

Cartel de 'Janis'

Cartel de ‘Janis’

Más allá de la estrella de voz rota que llenaba los escenarios, lideraba listas de éxitos y emocionaba al público con sus lágrimas y sus letras repletas de confesiones, el documental centra su interés en la mujer que se hizo fuerte y que reconocía en cartas a su familia sus problemas con los drogas y las complicaciones que le suponía establecer relaciones sociales, especialmente con el género masculino. Cat Power pone voz a las epístolas que dan forma a la película y que nos hacen avanzar en la transformación de Janis Joplin como si fuera el personaje de una obra de ficción. ¿Quizá lo era? Al inicio del documental se define como una persona ambiciosa y matiza que significado tiene este adjetivo para ella. Explica que la ambición, en su opinión, no tiene nada que ver con el poder o el dinero, sino con la necesidad de sentirse querida por los demás y orgullosa de ella misma. El ego herido en la infancia necesita de vítores, halagos, aplausos y heroína para paliar el sufrimiento.

No soportaba la presencia de mujeres a su alrededor, seguramente para no sentirse inferior a ellas. En algunas entrevistas tan pronto destilaba misoginia como afirmaba sentencias que podrían ilustrar las portadas de panfletos feministas: Desde “No entiendo que a las mujeres les ofenda mi forma de vida. Yo hago lo que quiero mientras ellas decidieron ser el lavavajillas de alguien” a “Me gusta estar rodeada de hombres. No tengo a ninguna mujer en mi banda. No hay buenas mujeres baterías, si conoces a alguna preséntamela”. Los insultos de sus compañeros retumbaron en su subconsciente hasta el final de los días y le llevaron a afirmar públicamente, y entre risas, que no tenía ninguna intención de volver a pasear por su antiguo instituto o asistir a una reunión de antiguos alumnos. Los días de verano no fueron más que una canción en los 27 años de vida de Janis.

Me recuerda a los personajes de Pierrot el loco, felices en su infelicidad. Quizá no fue un modelo de conducta, ni un ejemplo para nuestros hijos, pero seguro que cualquiera de ustedes se cambiaría por ella. Yo desde luego sí.