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Andrei Tarkovski es el director soviético más importante de la contemporaneidad. Único en su manera de entender el cine como arte y ajeno a las tendencias de la realización cinematográfica, este autor fue capaz de desarrollar un mundo propio de inigualable factura estética, a pesar de los esfuerzos del gobierno soviético por torpedear su obra. Con un legado de tan solo siete películas en 25 años de carrera, Tarkovski sufrió bloqueos desde su primer largometraje, La infancia de Iván (1962). Esta incapacidad para desarrollar su ideario artístico lo llevo al exilio, donde rodó dos películas de ficción y un documental, antes de su prematura muerte por cáncer de pulmón a los 54 años. Un caso paradigmático que saca a relucir el maltrato al que el régimen soviético sometía sus creadores.

Siendo el caso más mediático de la cinematografía del país euroasiático, dista de ser el más grave. Sergei Parajanov, gran amigo de Tarkovski, vivió un auténtico calvario en este país. Realizador iniciado en el realismo soviético, los problemas llegaron cuando renegó de todas las obras que había filmado bajo estos férreos estándares, decisión en la que su compañero cineasta mucho tuvo que ver. El visionado de la citada primera obra de Tarkovski tuvo un enorme impacto en el concepto que Parajanov tenía del cine y de la realización, y supuso el inicio de un cambio que culminó dos años más tarde con Los corceles de fuego (1964), primer paso en la búsqueda y desarrollo de su propio lenguaje cinematográfico y desafío frontal a las políticas del régimen comunista. Las alabanzas internacionales contrastaban con la represión patria. En este contexto de censura resulta curioso que el guion de su siguiente película, Sayat Nova (1968), superara el examen en el momento de su escritura, 1966. Peor suerte corrió la plasmación en imágenes de esta historia sobre el poeta y trovador armenio Harutyun Sayatyan, apodado Sayat Nova.

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Las autoridades no tuvieron piedad. La masacre se cernió sobre la obra de Parajanov a golpe de tijeretazo. Rodada en armenio y ambientada en el siglo XVIII, la película reflejaba la cercanía del poeta a la Iglesia cristiana; situación intolerable para el gobierno soviético, que censuró toda alusión a la iconografía cristiana. Los cortes redujeron el metraje inicial a 70 minutos y la obra fue rebautizada como El color de la granada, pero estas no fueron las únicas intervenciones. Los intertítulos de la versión inicial mostraban fragmentos de la poesía de Nova; tras el filtro de la censura, se convirtieron en rótulos explicativos sobre la vida del poeta, en un burdo intento de traducir la poesía visual de Parajanov y acabar con su críptico simbolismo. A ello se suma la introducción de una voz en off en ruso, por encima de la propia armenia, una decisión que se convierte en una involuntaria metáfora de las prácticas soviéticas sobre el arte de su propio pueblo.

La persecución traspasó lo cinematográfico, y las presiones al autor soviético invadieron los terrenos de la libertad. En 1973 fue acusado de homosexualidad y de haber tenido una relación con un agente de la KGB, por lo que fue enviado a prisión, donde pasó nueve meses. Parajanov también conoció los campos de trabajo, que le robaron cuatro años de su vida. El director tuvo que esperar a que las políticas de control se reblandecieran, y esto ocurrió a mitad de la década de los 80. Durante estos años pudo sacar adelante varios proyectos bloqueados, pero ya era tarde. Sergei Parajanov murió en 1990, sin posibilidad de recuperar el tiempo perdido. La hoz cortó las alas de su talento y el martillo aplastó su legado.

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En un intento de enmendar errores ajenos y de reestablecer el honor artístico de este director y también poeta y artista plástico, la Film Foundation se propuso restaurar la obra cumbre de este cineasta, a la vez la más defenestrada por las autoridades soviéticas. Liderada por Martin Scorsese, esta organización estadounidense sin ánimo de lucro se dedica a la restauración y posterior exhibición de obras hasta entonces dadas por perdidas o en pésimas condiciones de conservación. Esta fundación se planteó la firme decisión de recuperar el Sayat Nova ideado por su creador. Esto nunca será posible, pero la pieza obtenida es la más cercana de las que se conservan. El laborioso trabajo ha dado sus frutos, y durante los meses de enero y febrero ha sido proyectada en cinetecas y centros especializados de la geografía española. Un despliegue minúsculo para una obra descomunal, imprescindible, reveladora.

Fundamentada en un lenguaje único, Sayat Nova es un viaje a un lugar desconocido que rompe todas las reglas de la narración cinematográfica. Compuesta por un conjunto de encuadres generales fijos, cada plano se convierte en un cuadro animado que encuentra en el simbolismo su forma de vida. Ambientada en la Armenia medieval, la temática la une a la segunda obra de Tarkovski, Andrei Rublev (1968), cuyo protagonista fue uno de los más relevantes pintores del arte bizantino, estilo pictórico al que Parajanov quiere acercarse con esta serie de estampas de la frontalidad que dibuja en su obra. La cuarta pared se desintegra y los personajes desarrollan, entre la meticulosidad de la idea a representar y la improvisación del momento, una serie de movimientos mirando a cámara que van de lo pintoresco a lo marciano, haciendo hincapié en el folclore de la tierra que pisan. Este llamativo estilo encuentra su giro de tuerca hacia lo grotesco en el cine de Alejandro Jodorowsky, con especial mención a La montaña sagrada (1973), que imita la composición de los planos, desde los erráticos movimientos de los personajes hasta el simbolismo que encierran sus gestos, sus interacciones y sus posiciones en el espacio.

Obra indescifrable, Sayat Nova es una travesía artística que trasciende toda aspiración narrativa terrenal. Si bien se comprende con relativa facilidad el hilo conductor del relato, este proyecto se sitúa en las antípodas de la tan manida estructura de guion del biopic al uso. Las pinceladas explicativas son tan escasas como innecesarias; lo importante de la cinta de Parajanov está en la experiencia vivida, en la catarsis cinematográfica, en el descubrimiento de una manera de hacer cine tan alejada de los estándares como perfectamente válida. Sayat Nova es una bofetada de maestría realizadora, un poema visual dedicado a las formas del lenguaje, a la importancia de la puesta en escena y a la necesidad de alterar las fórmulas. Sayat Nova es la prueba irrefutable de que otro cine es posible.