I, Daniel Blake

I, Daniel Blake

Es necesario que os hablemos un poco sobre de qué va I, Daniel Blake, la nueva (y quizás última) película de Ken Loach. Hay un carpìntero, Daniel Blake, retirado a medias tras muchas décadas de honradez laboral. Daniel está (obviamente) peleado con el pérfido sistema británico de salud, que resta importancia a sus problemas cardiacos y le obliga a una búsqueda activa de trabajo, vía infojobs o como se llame el invento en Margaret Thatcher’s Land. Sí, Infojobs, a él que hace los curriculums a lápiz, que es gente de siempre, gente honrada, buen proletariado. Daniel, con todo esto, se siente alienado, fuera de época, jodido por el gobierno torie, internet y la falta de reconocimiento a su labor, desarrollada heroicamente durante tantos años. Llegados a este punto quizás se estén haciendo la misma pregunta que yo mismo me hice: ¿está el yayo Loach hablando de Daniel Blake o lo está haciendo de sí mismo? Porque podríamos sospechar que nuestro working class director pone el epílogo a su carrera hablando de los que la adjetivan, los que la tildan de viejuna, sectaria y conservadora (en lo formal).

Así pues, lancemos la teoría, quizás la forma elegida por Loach para reivindicar a los Daniel Blake del mundo sea reivindicarse a sí mismo (o viceversa), creando la entente definitiva entre el proletariado y el cine, explicando que aquí las cosas se hacen manualmente y no con inventos digitales, que éstos los carga el diablo, David Cameron y el Club Bildelberg. Justificado queda entonces seguir contando las cosas como siempre, en colores primarios, que nuestro público las pueda entender, ellos, nuestra gente del barrio y la taberna. Porque ellos sí se acordarán de nosotros, de Daniel Blake y de Ken Loach… Pero no, un momento, pensándolo mejor descartemos esta interpretación, al fin y al cabo Loach & Laverty tienen demasiado trabajo desfaciendo entuertos por doquier y su alma es noble, tanto que jamás pensarían en sí mismos de forma egoísta, ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad?…

Martín Cuesta

Ma loute

La crítica social y la presencia de los conflictos entre clases parece un trasfondo casi irrenunciable en el cine actual europeo y francés en particular. En numerosas ocasiones el problema de aproximarse a ellos es la incapacidad para muchos cineastas de salir de su burbuja argumentativa personal y enfrentar sus ideas a las ajenas de forma equilibrada o al menos ingeniosa. En Ma Loute (Bruno Dumont, 2016) nos encontramos una propuesta que aspira a satisfacer estas carencias de manera sorprendente y estrafalaria, con un distanciamiento respecto a sus personajes que le permite realizar una crítica ácida a todos los implicados. Ambientada a comienzos del siglo XX en la costa norte de Francia, sigue la llegada de la familia burguesa Van Peteghem a su residencia de verano y su relación con los habitantes locales de la región en la que los turistas comienzan a desaparecer misteriosamente.

A partir de los códigos de una hipertrofiada comedia de costumbres, el retrato exagerado de los decadentes Van Peteghem sirve como una feroz y divertida burla no sólo a la caprichosa vida y normas de ese extracto de la sociedad, sino también a la percepción repleta de clichés que se tiene de ellos desde fuera de su entorno. La gran sorpresa de este relato es que Dumont elabora sistemáticamente el mismo punto de vista cuando enfoca la narración en el perfil de los oriundos, todos ellos de baja escala social, aparentemente analfabetos y con unas tradiciones tan peculiares como las de quienes habitan en la gran mansión cercana. Entre estos dos puntos opuestos de la realidad de la civilización se construye una gran farsa en la que los personajes están principalmente al servicio del discurso de la película. Algo que no evita que destaquen especialmente con sus sobredramatizadas expresiones y diálogos entre los Van Peteghem (mención especial para Juliette Binoche) o los sonidos guturales, silencios e increpaciones de los Bréfort a cualquiera que les moleste.

Con la torpe investigación de las desapariciones por parte de una inútil pareja de policías a modo de hilo conductor se suceden las secuencias y gags que actúan a modo de viñetas, repitiendo localizaciones y explotando en gran medida el humor físico. Debajo de todos ellos, una constante representación de oposición ideológica a todos los niveles y una siempre presente denuncia de los hipócritas comportamientos y sus justificaciones. Y casi al margen, una relación romántica pseudoshakespeariana entre Ma loute y Billie, la-que-es-chica-pero-se-viste-de-chico (ojo a la forma que tiene este personaje de definir y asumir hacia los demás sin problemas quién es, modelo a seguir muy a reivindicar), que explora desde una posición mucho más seria las dinámicas entre ambos grupos a priori excluyentes y el compromiso y reconocimiento de la identidad propia (sexual, social, política, etc), aportando la dosis de gravedad necesaria para elevar el conjunto

Por Ramón Rey.

Fai bei sogni

Fai bei sogni

Fai bei sogni no es tanto una recreación familiar sobre la vida de un niño (luego no tan niño, claro) y su madre ausente, como un estudio sobre la forma de vivir con dicha ausencia, sobre los iconos que construimos para sustituir aquellos que ya no están. Y lo curioso y afortunado de la nueva película de Bellocchio es su capacidad para universalizar esos iconos, esas figuras sustitutorias, para que las reconozcamos en nuestra propia historia. En el caso de Massimo, el protagonista de la película, son Belphegor ou le Fantôme du Louvre, los programas televisivos de domingo con Raffaela Carrá y Patty Bravo y, no casualmente, el Torino Football Club (no hace falta ser especialmente brillante para captar las similitudes entre ambos huérfanos: el del fallecimiento materno y el de la Tragedia de Superga). Quizá los suyos, lectores, sean otros, pero la necesidad de volcarse en algo, lo que sea, y otorgarle el enorme caudal de exceso amoroso tras una pérdida como la que hablamos es perfectamente reconocible.

Más allá de su acertado acercamiento sentimental, parece necesario mencionar su dispersa estructura, con continuos saltos adelante y atrás en el tiempo. Sabemos que hay espectadores que consideran esto una especie de floritura autoral, raramente justificada por las obligaciones narrativas. A nosotros nos parece muy adecuado en, como es el caso, un relato autobiográfico, una narración donde los hechos tienen un vínculo sentimental que se impone al meramente temporal: ¿pueden pensar en algo más subjetivo que nuestra percepción del ayer, en las complejas relaciones que establecemos con nuestro pasado? Si lo hacen envíen la respuesta a Gep Gambardella, quizás así pueda publicar un segundo libro.

Martín Cuesta