<em><strong>American Honey</em></strong>

American Honey

Si el “sueño americano” se llama de esa manera no es precisamente porque sea algo de fácil acceso, por mucho que forme parte del dogma idealista de la cultura estadounidense. American Honey (Andrea Arnold, 2016) tiene lugar en la tierra de las oportunidades, ese reflejo virtual en el que todos sus habitantes proyectan sus deseos de igualdad, independencia y progreso. Un reflejo en el que se mira por un instante la protagonista de la película, Star, que deja su sacrificada y miserable vida para ir a la aventura con otros jóvenes que se dedican a vender suscripciones de revistas de pueblo en pueblo. Una oferta de trabajo que parece demasiado buena para ser cierta y promete una eterna fiesta y mucho dinero en su road trip por el Medio Oeste. Un trabajo que define desde el principio la distancia entre la teoría y la práctica de cómo funcionan las cosas para los que están más abajo en la estructura social al intentar ascender por ella.

Un grupo de jóvenes numeroso, cuyos personajes se describen de forma concisa y efectiva mientras se observa la dinámica de grupo establecida anteriormente, rodean al personaje de Sasha Lane. Aunque de orígenes diversos, todos tienen en común la huida constante hacia adelante, el movimiento perpetuo que los aleje de sus pasadas vidas y les haga olvidar. A partir de sus intentos de vender con cualquier discurso y técnica que valga, la mirada de Andrea Arnold va mostrando pequeños detalles de los oriundos de cada lugar, con múltiples sutilezas que componen un mosaico infinito que perfila un retrato socioeconómico de gran amplitud y da pie a numerosos conflictos que se encuentra por el camino. El estilo naturalista de la directora es clave en este aspecto para transmitir una autenticidad desgarradora, pero también capturar la belleza efímera que puede rodearles sin que sean conscientes de ello, ensimismados en su microuniverso.

Irónicamente, este microuniverso no hace más que replicar a partir de los códigos propios de sus personajes las mismas carencias y fallos de la sociedad que los margina y explota, con normas arbitrarias, hipocresía y una falta total de consideración a los que no encajan o cumplen con las expectativas. Por algo son los únicos valores que conocen. La introducción hábil de la omnipresente música diegética, los diálogos realistas, el soberbio montaje y una quirúrgica precisión en el uso de la cámara, permiten a su directora crear una experiencia de inmersión extraordinaria en las vidas de estos representantes de la “pobre basura blanca”, desde una posición de comprensión repleta de humanidad. Un viaje que finalmente se desvela como otra gran mentira, otra ilusión escogida por la propia protagonista de la que no puede escapar, porque la alternativa es mucho peor.

Por Ramón Rey.

Mal de Pierres

Mal de Pierres

Es difícil afrontar la crítica de una película como Mal de Pierres porque no tenemos talante de carniceros o torquemadas, además: ¿qué podríamos decir? ¿Podriamos, por ejemplo, invitarles a entrar en la web del Festival y a extraer las imágenes de su contexto? Seguro que les parecen “bonitas”… porque lo son, claro. Ay, el bonitismo, ese concepto a exterminar, los atardeceres rojizos sobre la playa y los nevados picos de los valles suizos, todo de postal, todo gran relato, todo muy qualité française, todo muy Régis Warnier y demostremos que tenemos euros y sensibilité, mes amis. Y los actores, oiga, qué podríamos decir de los actores, de esa Marion Cotillard en plan gran dama de la scene, que en cada momento te aporta un registro diferente y de hecho lo hace porque puede y porque así todos la amaremos. Marion llora, ama, se enfada, se deprime, está loca, está cuerda. Oh Marion la actrice, Marion la divine, Marion hazlo todo al mismo tiempo, dadle el Oscar a Marion que seguro ha terminado agotada de tantos sentimientos superpuestos, pobre Marion.

Vale, vamos en serio: no terminamos de entender qué aporta una película como la de Nicole Garcia en un festival como éste, salvo que todo sea recordarnos la grandeur y que aquí en la France podemos hacer producciones gordas y melodramas de llorar BIEN pero siempre todo acompañado del toque humano. A ver si alguien confundido va a pensar que somos una fábrica de embutir salchichas como les americains, y no señora, aquí nunca ponemos el piloto automático, mon Dieu. O  bueno, quizás sí.

Martín Cuesta

Grave

Grave

La magia del cine (y de la vida). Ya saben, un poco dejarse llevar por la corriente, no saber qué va a pasar tras el siguiente plano, vivir esos momentos en los que todo parece posible, todo al alcance de mano, todo en perpetuo estado de transformación. Seguro que han vivido experiencias como ésta: frente a una pantalla, frente a la barra de un bar, en la intimidad de un dormitorio junto alguien a quien amaban… Aquí, en Cannes, en la Semana de la Crítica, ese espacio en los bajos del Hotel Espace Miramar al que muchos no sabrían llegar (subsumidos como están por el maelstrom del Palais) hemos vivido esta noche una de esas experiencias atemporales. Dicha experiencia (cinematográfica) se llama Grave, la dirige Julia Ducornau y nos ha dejado algunos de los minutos más especiales de esta edición del Festival de Cannes. Minutos de esos en los que crees adivinar la dirección en la que se mueve una película y ésta rompe con tus esquemas de crítico resabiado y enteradillo y avanza exactamente en la contraria, mostrándote cosas de formas que no habías visto antes, llevándote a sitios donde no habías estado antes y que consiguen que el cine te parezca un arte del que, como del océano, sólo hemos visto una pequeña parte. Luego se rompe el sortilegio, claro, es imposible que todo dure para siempre y seguir encontrando que cada paso es una sorpresa, pero ya no importa, nada puede robarnos ese vértigo del estómago.

Una recomendación, acérquense a Grave sin saber nada de ella (este cronista no piensa darles una sola pista al respecto) y elaboren sus propias teorías sobre lo que están viendo, luego escríbannos, estaremos deseando leerles.

Martín Cuesta