Baccalaureat

Baccalaureat

No somos muy de buscar paralelismos estilísticos asociados a una época o país. Creemos que existe cierta tendencia a abusar de etiquetas del tipo “el nuevo cine (pongan aquí el final que quieran)…”, en la búsqueda desesperada de movimientos generacionales que retomen el relevo de los clásicos, en un intento de establecer nuevos cánones que estandarizan, casi siempre injustamente, obras muy diferentes entre sí.

Pero si hay un lugar y época en la que encontramos esta cualidad generalizadora de manera efectiva es ahora y en Rumanía: los Puiu, Mungiu, Muntean etc. comparten una visión naturalista de la narración, articulada en grandes set pieces y que ofrece una visión pesimista de la sociedad postcomunista. Realismo extremo, cámara en hombro, planos secuencia y crítica social, si prefieren que usemos términos más claros. Por ahí va Baccalaureat, lo nuevo del mencionado Cristian Mungiu, buscando encontrar en el espejo de lo individual el reflejo de lo colectivo y describiendo, a mano alzada, la corrupción inherente al ser humano, no en las grandes acciones que podemos ver en periódicos o noticieros, sino en los pequeños actos cotidianos que todos podemos compartir. La banalidad del mal, por usar el término de Hannah Arendt, se define sobre todo por la incapacidad del sujeto para percibir que, en efecto, forma parte de esa maquinaria de la perfidia. Ustedes o yo, todos tenemos la oportunidad, la amenaza, de reconocernos en los tristes personajes de Mungiu. Otra cosa es que nos atrevamos a ello o que no tengamos una cámara tras nuestra espalda para dar cuenta nuestras miserias, pueden consolarse con eso.

Martín Cuesta

<em><strong>Juste la fin du monde</strong></em>

Juste la fin du monde

La búsqueda de una vida propia lejos del hogar de los padres es algo que caracteriza al proceso natural de paso a la edad adulta de cualquier generación reciente de jóvenes. Ya sea por motivos económicos o personales, muchos son los que ponen tierra de por medio para desarrollar una carrera profesional, seguir sus estudios o buscar nuevos horizontes. En Juste la fin du monde (Xavier Dolan, 2016) el regreso a casa después de muchos años de su protagonista con la intención de anunciar su muerte próxima sirve como catalizador para retomar las dinámicas familiares suspendidas y crear otras nuevas. Una madre que busca el reencuentro armonioso de todos, una hermana pequeña desconocida, un hermano mayor que se siente despreciado y su esposa le reciben desde una posición de absoluta incertidumbre.

Las distancias ya no son una excusa con los medios de transporte y comunicaciones actuales, pero cuando uno establece la individualidad como prioridad es fácil perder el interés por la familia y los orígenes propios. Dolan captura con brillantez la frustración del desarraigo a través de una sucesión de secuencias de diálogos que ayudan a descubrir el trasfondo entre los personajes y permiten explorar su pasado mientras describen su estado emocional y emergen conflictos enquistados. La cuidada puesta en escena eleva el desarrollo de los mismos, elaborados esencialmente a partir de diálogos. Algo expresamente derivado de su origen teatral, del que sin embargo logra liberarse con un uso del color y dirección artística sobresalientes. Por ejemplo, los primeros planos en las conversaciones, casi rompiendo la cuarta pared, adquieren una lógica narrativa espacial que evoluciona durante su metraje manifestando la predisposición comunicativa de unos hacia otros.

Las sensaciones que provoca en Louis el regreso a casa aparecen en forma de montajes musicales que conectan canciones con objetos, personas, momentos que expresan estados emocionales atrapados en el tiempo, casi oníricos e irreales. Pero ¿puede reconstruirse una familia cuyas grietas afectan de forma fundamental a todos sus miembros aunque se encuentren físicamente presentes a partir de las memorias selectivas? La reacción a la excepcional situación parece algo imposible de soportar y únicamente mantener el status quo puede permitir a todos seguir adelante con la expectativa de solucionar sus taras existenciales. Todos los miembros del reparto ayudan a dar vida y credibilidad a las múltiples ramificaciones de sus lazos íntimos y la compleja dificultad de mantenerlos a toda costa, contrastando sus identidades bien definidas y el choque de sus personalidades. Especialmente destacable es el sutil trabajo de Marion Cotillard y la calidez emocional y la variedad de registros que demuestra Lea Seydoux, muy alejada de su encasillamiento reciente en la inexpresiva gravedad de su gesto.

Por Ramón Rey.

En moi

En moi

Parece que acabamos de empezar y, así, de repente, ya se ha terminado la Semana de la Crítica. Para poner el colofón a la cosa teníamos tres piezas de tres directoras noveles (como exige la normativa de la Sección más investigadora del mundo cannoise) que son, al mismo tiempo, tres actrices de reconocida y prolongada carrera.

El primero de los cortometrajes era Bonne figure, de Sandrine Kiberlain. Poco más de diez minutos para narrar, en primerísimo plano, la historia de una actriz y de su noche de gloria. Una metáfora, tan simple como atinada, nos habla de la incapacidad de separar ambos yoes: el de la mujer, el de la estrella. “El precio de la fama” si prefieren usar el tópico… y con humor, claro, aunque a veces es humor de rictus congelado, de “no sé si esto es realmente divertido”. Todo concreto y definido, todo ok.

Segundo de los cortometrajes y aparece en pantalla el nombre de Chloe Sevigny, ovación cerrada y merecida en la pequeña sala del Espace Miramar (alguien podría acusarnos justamente de haberla iniciado). En Kitty, su primer trabajo como realizadora, se aleja de lo amargo y de lo terrenal para refugiarse en el vaporoso mundo de la fantasía. Adaptación de una novela de Paul Bowles, Kitty no renuncia a unos antecedentes estilísticos muy presentes en su metraje, de Wes Anderson a la Marisofi Coppola de Las vírgenes suicidas. Todo algodón en su superficie y frescura al morder. Y habrá haters…

Cerrábamos la tríada de directoras con Laetitia Casta. La antigua modelo se toma un ajuste de cuentas con su pasado, denunciando la cosificación del cuerpo femenino, la robotización de los estándares de belleza. Su película, En moi, acusa los problemas de una debutante y abusa de su montaje cocainómano, de sus planos aberrantes, de su vocación de épater. Hay justificación en el uso pero también exceso en el gesto. De todas formas, si no se nos va de las manos en una ópera prima ¿cuándo se nos va a ir? Vale, sí, en la fiesta nocturna playera de algún festival francés, pero de eso hablaremos en otra ocasión. O no.

Martín Cuesta