<em><strong>The Last Face</strong></em>

The Last Face

En esta edición de Cannes hemos encontrado ejemplos muy variados de cine que aborda lo social y político desde lo sutil a lo explícito, con mayor o menor acierto, pero al menos siempre con un mínimo atisbo de autenticidad. El problema con The Last Face (Sean Penn, 2016) es que la autenticidad desaparece en el primer plano del film y no la encuentra nunca por mucho que muestre desgracias, muertes, violencia, niños indefensos y sus protagonistas blancos del primer mundo siendo testigos de ello mientras realizan sus labores de ayuda humanitaria. La base del relato es una historia de amor entre los personajes de Charlize Theron y Javier Bardem, que se encuentra tan fuera de lugar y tono como su director buscando conmover y concienciar a golpe de plano poético y montaje más que inspirado por las secuelas de rodar con Terrence Malick. Una fricción entre forma y discurso que contagia el resto de sus elementos.

Penn busca torpemente el sentimiento de culpa del espectador a toda costa, mientras expresa las distintas maneras de entender la ayuda y la transformación del mundo a través de la acción directa o los grandes proyectos políticos como base del conflicto de la relación amorosa de sus protagonistas. Una relación que se narra a golpe de flashback, con los problemas que se encuentran llevando a cabo su trabajo de ayuda desinteresada y las consecuencias personales que suponen. Unas secuelas que han distanciado a la pareja y cuyas razones se intentan explicar a través de una estructura inconexa, incapaz de integrar el aspecto romántico con su trasfondo discursivo. Algo que hace imposible aceptar ninguna de las piezas sobre las que se fundamenta su narración. Agravado, además, por unos diálogos vergonzosos en numerosas ocasiones y unos inexplicables cambios emocionales del personaje de Theron, que va a la deriva sin una mínima base de caracterización.

Esto no sería un inconveniente para entender la lógica interna y las decisiones tomadas para crear la obra si tuviera un mínimo de consistencia, pero no es el caso. Deconstruir sentimientos y dinámicas de pareja mientras se intenta cubrir la hipocresía de la geopolítica internacional, los problemas de las organizaciones no gubernamentales para ejercer su actividad y sus dilemas morales ya es algo complicado per se. Hacerlo, como en este caso, desde una falta de humildad y ambición sobredimensionada, apoyándose en una narración condescendiente, hundiéndose en la pretensiones de sus decisiones formales, deja paso a un desastroso resultado. Algunas veces se debería cuestionar la necesidad de que hombres ricos blancos hablen de los conflictos bélicos, las hambrunas, la pobreza, los desastres naturales y los problemas sociales en general desde su punto de vista privilegiado. Si existen argumentos en contra de ello, quizá es posible encontrarlos todos en esta película.

Por Ramón Rey.

The Neon Demon

The Neon Demon

Sin embargo, nunca se llegó a los extremos que el doctor Urbino hubiera deseado, que era ver a italianizantes y wagnerianos enfrentados a bastonazo limpio en los intermedios.

(Gabriel García Márquez – El amor en los tiempos del cólera)

Resulta difícil escapar al torbellino de opiniones que surgen tras la proyección de una película como The Neon Demon en un festival como éste. La de Refn es una obra de esas que genera enfrentamientos cainitas por diversas razones: por su radicalidad, por lo extremo de sus formas, por su mensaje provocador. Esta polémica, reconozcámoslo, no es más que un enfrentamiento ombliguista dentro de un festival más ombliguista todavía, sin ninguna vinculación artística con la ciudad que lo acoge. El intercambio de adjetivos, más que a cierto divertimento en las redes sociales del que todos somos partícipes, no conduce a una mejor comprensión de la obra de Winding Refn. Esto se acrecienta cuando parece que algunos ya tenían sus navajas sobaqueras preparadas de antemano, así pues, bromas aparte, centrémonos en lo cinematográfico ¿qué es The Neon Demon?

Ya desde su primer plano, con una Elle Fanning aparentemente degollada para una sesión de fotos, el director danés deja clara su diana: una sociedad que devora a los iconos, en la que todo es volátil y efímero, donde el precio del triunfo es la propia vida. Todo esto, claro, es un camino obvio para que la estilización extrema del autor de Only God Forgives encuentre formas de desarrollo. Por supuesto que las imágenes de The Neon Demon son explícitas, obvias, inmediatas ¿acaso podrían no serlo en el Los Ángeles de 2016? Todo es líquido y tiende a la elusión, a la fuga. Como un post de Snapchat, como la carrera de una modelo, el único fin es el “ya”, el “ahora” entendido en segundos: “a los 21 ya no pintas nada en este negocio” dice una de las protagonistas. A nosotros nos parece que Refn se ha embadurnado de esta filosofía (?), es capaz de mimetizar su funcionamiento. Como nos pasa a nosotros mismos, parece que nuestro hombre sintiera una mezcla de fascinación y horror por esta sociedad de lo inmediato, por esta fuga eterna, por este vacío tan bellamente presentado.

Martín Cuesta

<em><strong>Risk</strong></em>

Risk

Si alguien a estas alturas parecía que podría elaborar una obra documental sobre Julian Assange que fuera novedosa en algún aspecto, ya fuera por la narrativa, punto de vista o valor informativo, Laura Poitras parecía la más indicada tras su sorprendente Citizenfour (2014). En Risk (2016) la directora sigue de cerca la trayectoria del fundador de Wikileaks desde el comienzo de su actividad hasta su estado actual de encierro en la embajada de Ecuador en Londres para evitar la extradición a Estados Unidos. El planteamiento es similar al que propuso con Edward Snowden, realizando grabaciones cercanas del día a día del protagonista de su historia y sus colaboradores, combinándolo con entrevistas, conversaciones y eventos clave en la crónica de su irrupción pública hasta su persecución judicial. Un acercamiento con intención de crear una inmersión en el ambiente, estado de ánimo y personalidad de una figura tan icónica como misteriosa.

Estructurado en una sucesión de capítulos. Risk pretende elaborar una narrativa de causa y efecto desde la denuncia de la falta de privacidad de los ciudadanos y el estado de indefensión frente a los gobiernos y las grandes corporaciones. Una ventaja utilizada para fines privados y oscuros, lejos del bien público o del cumplimiento de las leyes. La hipocresía se revela obvia al ser testigos de la reacción que provocó Assange en el mundo de la inteligencia a nivel global: la acusación de poner a disposición de terroristas información que pueden utilizar para crear atentados, mientras al mismo tiempo persiguen a inocentes mediante sus técnicas de vigilancia masiva destruyendo de facto el derecho a la privacidad de cualquiera. El mayor lastre de la obra, la falta de carisma de su personaje central, no daña tanto el desarrollo de estas ideas como la inexistencia de una perspectiva concreta que de sentido al conjunto.

Poitras comete aquí un error de bulto, creyendo que la simple observación del sujeto de estudio es suficiente para hacer llegar el mensaje y reivindicar su legado. Carece de una puesta en contexto suficiente de las motivaciones y objetivos en contraste con la posición de quienes defienden las ideas opuestas. Tampoco considera más allá de los anecdótico las sombras y dudas conocidas que ha proyectado con el paso del tiempo. Ni siquiera apunta las ramificaciones negativas de las decisiones y metas de su protagonista frente a los intereses de los estados y la seguridad. Algo que sí hacía en cierta medida, a pesar de su irregularidad, We Steal Secrets: The Story of WikiLeaks (Alex Gibney, 2013). Llega demasiado tarde y ni siquiera el contenido informativo ni el valor de registro histórico o de investigación pueden salvar a Risk, un documental que será recordado más por la aparición estelar de Lady Gaga que por los importantes temas que trata.

Por Ramón Rey.