Elle

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Hace unas semanas, coincidiendo con el Día de la Mujer 2016, publicábamos en nuestra web un artículo especial dedicado a algunos de los roles cinematográficos femeninos más importantes de la historia. Entre ellos, Alberto G. Sánchez hablaba de Catherine Tramell, la protagonista de Instinto Básico a la que daba vida Sharon Stone. En el texto se hablaba de cómo la Tramell usaba la sexualidad como arma para derrocar las estructuras de poder masculinas en la famosa escena del “cruce de piernas”, de cómo el control cambiaba de manos con un simple gesto.

Han pasado 24 (!!!) años de aquel film de Verhoeven y el director holandés vuelve a dar una patada en la puerta del heteropatriarcado, y lo hace a su estilo, mediante la provocación y la sátira, desnudando las vergüenzas de sus protagonistas, física y moralmente. Y sí, podría pensarse en que una película donde hay varias violaciones se ayuda a perpetuar los principios agresivos que denuncia pero, en un fenomenal giro de tuerca, incluso eso, el abuso sexual es usado por una mujer con capacidad para convertir al dominador en dominado. Sí, la violación no tiene aquí una vinculación directa con la sexualidad sino sobre quién ejerce el poder sobre quién y Verhoeven, una vez más, le da la vuelta a la tortilla. Y con El segundo sexo también por ahí. Celebrémoslo.

Martín Cuesta

<em><strong>Forushande</strong></em>

Forushande

Las diferencias con países como Irán parecen insalvables vistas desde la perspectiva del mundo occidental. Sin embargo, es fácil encontrar correspondencias entre las costumbres, tradiciones y jerarquías sociales, valores y principios. Algo que incluso desde la diferencia, permite establecer una visión renovada sobre nuestro pasado y presente. En Forushande (Asghar Farhadi, 2016) el asalto a la esposa de un profesor cuando se encuentra sola en la casa a la que se han mudado forzosamente da paso a una investigación personal en busca del culpable que compone un relato moral panorámico de todos los implicados en el suceso. Como consecuencia de ello, emerge una radiografía social sobre la posición de la mujer en su país, la aplicación de la justicia y un sentido del honor intachable que exige una desconexión total aparente entre los que realizan crímenes y actos inmorales y los que no.

El punto de vista del marido es el de quien necesita obtener algún tipo de respuesta sobre lo ocurrido, encontrar cierta liberación aunque sea en forma de venganza al margen de las autoridades y evitar así convertirse en un paria. La angustia provocada por el accidente y su pánico a la alienación se desarrolla paralelamente y en relación directa a la representación teatral de Muerte de un viajante de Arthur Miller, en la que ambos actúan como protagonistas. La esposa, rebosante de vergüenza y consciente de lo que implica reconocer lo ocurrido públicamente, prefiere asumir el trauma y seguir con su vida como si no hubiera pasado nada. No está en posición de exigir satisfacción alguna porque cualquier maniobra por su parte la coloca en el foco de atención con semblante acusatorio. Códigos de convivencia no muy lejanos a nosotros en el espacio y en el tiempo, como parte de las profundas raíces religiosas presentes en nuestro trasfondo cultural incluso hoy en día.

Con su estilo narrativo habitual y puesta en escena que huyen de la sofisticación y se centran en la acción de sus actores y las ramificaciones éticas de sus decisiones expresadas más física que visualmente, Farhadi aborda de forma efectiva la opresión social que supone la aceptación de estas reglas para todos sus individuos. Una opresión basada en un orden natural de las cosas imperturbable, en el que se participa siendo consciente de las graves consecuencias de quebrantarlo en un sentido u otro y donde parece imposible disponer de una oportunidad de redimir los errores cometidos. En su contra juega la elaboración de una estructura dramática demasiado previsible y en la que se desarrollan los conflictos casi literalmente en los diálogos, dejando poco espacio a configurar una disposición formal de sus elementos que muestre algo de ambigüedad más allá del recurso de dejar la agresión sucedida fuera de campo. Decisión que es más un recurso estilístico para estimular al espectador que parte del discurso de la obra.

Por Ramón Rey.