¿Por qué Jean Renoir?

Antes de que algún espectador se pregunte a quién pertenece el nombre que encabeza estos minicines y esta publicación, queremos simbolizar en Jean Renoir el camino que nos proponemos seguir, ya que Renoir ha creado films inolvidables que no fueron acontecimientos comerciales y films de éxito comercial que fueron injustamente desdeñados en su calidad. Y nosotros intentamos ilustrar nuestras pantallas con producciones que, al margen de su atracción comercial, tengan siempre el llamado de la calidad y el interés por su conocimiento.

Nombre familiar aunque poco conocido para la joven generación de hoy, Renoir es ya un nombre con tradición –y no dejemos de recordar a Auguste Renoir, el extraordinario pintor–. Y es que su presencia ilumina cuarenta años dedicados a dirigir, escribir, interpretar, producir películas, es decir, a crear el cine integral. Hombre atraído por todos los géneros y aun por los cinemas de cada país, que logró labrar el lenguaje que más conviene a su expresión como dice Alexandre Arnoux, “sin habilidad pero con genio”, acude a nuestra sensibilidad con su permanente realismo poético que lleva a hacer cine social, no porque lo quiera la moda, sino porque lo social constituye la meta misma de su naturaleza reflexiva, obstinada, paciente. Todo lo cual ha hecho de ‘La gran ilusión’ la cumbre de su arte, un film inolvidable que se atreve a plantear los conflictos nacionales enfrentados a los sociales. Entre ‘La pequeña cerillera’ y ‘La bestia humana’ –el mejor Zola que vieron las pantallas– brillan sus audacias de concepción, de humor y de melancolía, en su tríptico que René Jeanne llama “pictórico” (¿quizá un homenaje a su padre?): ‘Una merienda en la campiña’, ‘La comida en la hierba’ y ‘La regla del juego’. Después su esfuerzo –inútil– por adaptarse a su exilio en USA, durante la guerra mundial, a pesar de su media docena de films. Y luego ‘El río’, su profunda visión de la India, su épica de lo humano, lo geográfico y lo religioso, en ese inmenso país. Y toda la variedad de su deseo de pintar, como el genial Auguste, el París de fines de siglo en ‘French can-can’, la Commedia dell’arte en ‘La carroza de oro’, o el mundo post-romántico de ‘Elena y los hombres’.

Que Jean Renoir sea así como el símbolo de nuestras pantallas y de nuestra publicación. Que RENOIR encabece nuestras salas, como signo de fervor cinematográfico.

Madrid, 1986

De la mano de este fervoroso manifiesto iniciaron su andadura los Cines Renoir. El jueves 5 de junio de 1986, cuatro pequeñas salas situadas en la céntrica calle madrileña de Martín de los Heros, junto a los emblemáticos y ya consolidados Alphaville –hoy Golem–, abrieron sus puertas con un objetivo inequívoco: dar a conocer al espectador una amplia gama de cine periférico, la mayoría de las veces imposible de ver en España mediante otras vías y en su totalidad inaccesible en versión original subtitulada, que reclamaba a gritos un espacio en la cartelera. Así, en las primeras fechas ya podían verse cuatro películas de distintas nacionalidades: la polaca Yesterday, la suiza La diagonale du fou, la soviética Romance cruel y la americana Strangers Kiss. Aquella llamativa apuesta, sin duda arriesgada, se vería consolidada con el estreno pocos meses después, en octubre, de Senderos de gloria de Stanley Kubrick, que por culpa de la censura había permanecido inédita en España hasta bien entrados los ochenta. El boca-oreja causado por un público entusiasta, que abarrotó todas las sesiones de la película durante un largo periodo de tiempo, provocó un efecto llamada a los nuevos cines, y pronto vieron cómo su afluencia ya no tenía nada que envidiar a la de los vecinos. Pocos años más tarde, después de que la peluquería contigua se convirtiera en la quinta sala de los actuales Renoir Plaza España, que se quedaban cada vez más pequeños para sus intenciones y su creciente volumen de espectadores, el dueño de los cines y de Alta Films Enrique González Macho decidió expandirlos y abrir cuatro nuevas salas en el barrio de Cuatro Caminos. Acababa de nacer así la marca Renoir, paradigma de la exhibición en versión original en nuestro país y bandera de sucesivas aventuras.

Diario ABC – 5/6/86

A lo largo de estos treinta años, directores como Kieslowski, Yimou, Loach o Campanella han visto ligado el nacimiento de su enorme calado popular en nuestro país al de los Cines Renoir, para quienes cada una de sus películas ha supuesto un evento comparable a pequeña escala con los que desatan, gracias a campañas millonarias, cada uno de los bombazos de las majors en los grandes multicines. Sin inversiones extraordinarias, pero cuidando con mimo cada detalle –como las fichas de cada película que puntualmente se distribuyen en las salas, objeto de coleccionismo que hoy ya roza los 3.200 números– en busca de fidelizar a un público recurrente, estos y muchos otros autores han ejercido de reclamo para unas salas que siempre se han caracterizado por acoger y alimentar sus propios fenómenos. Desde Remando al viento –récord de permanencia en cartelera a finales de los 80– hasta Searching for Sugar Man, pasando por Léolo o La vida de los otros, o por aquel hito que marcó José Luis Guerín con En construcción, la película que supuso un antes y un después para la exhibición de cine documental en España, no son pocos los títulos que han fundado su estatus en la confianza que desde el primer día les brindó esta cadena. Por no mencionar la crucial importancia de aquellos otros con mucho menos brillo en su recorrido comercial, pero que fuera de su circuito habrían permanecido invisibles, entre ellos varias óperas primas de directores nacionales hoy consolidados.

Tres décadas dan para una infinidad de cambios, las voces más pesimistas y conservadoras argumentarían que hacia un modelo con más deficiencias y un espectador menos disciplinado. Es indudable que la exhibición de los años ochenta, siempre de la mano de la sociedad de la época, nada tiene que ver con la de nuestros días. Aquellas míticas sesiones golfas del centro de Madrid que ejercían de cajón de sastre para rescatar todo tipo de películas y servían como preludio de largas noches de copas son hoy imposibles de imaginar, así como las prolongadísimas permanencias en cartelera también son cada vez más complicadas de ver. En un sistema de distribución y exhibición que se transforma constantemente, se abre a nuevas ventanas y ha tenido que soportar el salto del analógico al digital hace poco más de un lustro, el número de películas a las que hacer hueco es cada vez mayor. Ningún cine es en absoluto ajeno a estas transformaciones, que comportan una serie de nuevas realidades y retos que afrontar. Pero no hay más que merodear por la zona madrileña de Plaza de España, que hoy en día acoge veintiuna salas dedicadas íntegramente a la versión original –entre Renoir y Golem–, para darse cuenta de que la llama que alumbró su nacimiento sigue muy vigente entre el público que acude a disfrutar del cine, siempre fiel pero también remozado. Hay motivos de sobra para celebrar esta efeméride, así como para desear que sean muchas más las décadas en las que haya que echar mano de esta antología de sucesos.

Plaza España 199x

Plaza España 2012

Las tres fotos corresponden a los Renoir Plaza España: a mediados de los 90, en 2006 y en 2012.

Muchas gracias a quienes han ayudado a mantener viva esta historia, en especial a Octavio Alzola y Ángel Fernández Corral.