Nausea

Nausea (Zeki Demirkubuz, 2015)

Otro cine es posible en Madrid. De esta sentencia, perfecta síntesis del espíritu del festival cuya exitosa segunda edición acaba de concluir, podría extraerse que la amplia oferta cinematográfica de la capital es insuficiente; o bien que ha quedado obsoleta para los intereses de una cinefilia heterodoxa, que a menudo tiene que rastrear valores como la osadía lejos de las salas locales. Aunque ninguna de las dos afirmaciones anteriores es totalmente cierta, sí resulta evidente que la irrupción de Filmadrid en el panorama festivalero es el principal soplo de aire fresco cinéfilo que ha recibido esta ciudad en los últimos años.

Nueve días de historias, del Louvre en guerra de Sokurov a la Varsovia actual de Skolimowski. Dos competiciones internacionales, integradas con independencia de la duración de las piezas, tres focos y un sinfín de actividades y proyecciones complementarias. Resulta tentador reducir este festival al número de películas inéditas que estrena en Madrid, a la presencia de los maestros cuya obra reivindica o a esos jóvenes cineastas de todos los continentes que encuentran aquí una plataforma de lanzamiento. Todo ello es parte ineludible de Filmadrid, así como lo son sus tiempos de descuento en Malasaña o Lavapiés, pero la imposibilidad física para abordar todos sus planes apela también a nuestra necesidad de encontrar un itinerario personal, un camino activo que nos conecte con lo que vemos en lugar de una pasarela que nos guíe con desgana hacia cada espacio. Este último punto complica hilar una crónica unidireccional del festival madrileño, constituido de múltiples decisiones y experiencias. Por eso hemos decidido segmentarla en cinco recorridos, cada uno de ellos correspondiente con una tendencia palpable en la programación y merecedora de ser discutida tras las proyecciones.

The Event

The Event (Sergei Loznitsa, 2015)

1. Las imágenes que una vez vimos

The Thoughts That Once We Had (Thom Andersen), proyectada en una sesión especial previa a la gala de clausura, se antojaba idónea para poner fin a estos nueve días de cine por muchos motivos. El principal, la indudable categoría de este repaso personalísimo a la historia global del cine mediante fragmentos hilvanados sin orden cronológico, que de la mano de Gilles Deleuze invocan la construcción de nuestro imaginario cinéfilo. Otro, más particular, sería su carácter de colofón a la presencia durante el festival de varios trabajos que hicieron del material de archivo su vía para trazar cuestiones relacionadas con la memoria, demostrando el vastísimo terreno de posibilidades que ofrece. Ya la inauguración con Francofonia (Aleksandr Sokurov) despejaba un camino similar, en esta ocasión en torno a la presencia de la creación artística como baluarte en la historia, y no fueron pocas las películas que profundizaron en él. Quizá la más llamativa fue Le moulin (Huang Ya-li), inabarcable ensayo historiográfico sobre la presencia de un movimiento literario vanguardista en el Taiwán de los años 30, surgido para dinamitar la opresión de un país tradicionalmente castigado. A través de una forma que fluctúa entre la videocreación y la reconstrucción archivística, inequívoca referencia a la naturaleza de las propias creaciones que homenajea, Ya-li termina por recorrer toda la historia universal de la primera mitad del siglo XXI, en un monumental despliegue en el que tienen cabida Franco o Charles Chaplin. Mucho más sencilla, pero también redonda, resultó ser The Event (Sergei Loznitsa). El director de Maidan, uno de los grandes documentalistas de nuestro tiempo, se vale de las imágenes tomadas por operadores de la televisión rusa para reconstruir el estado de convulsión que se vivió en las calles de San Petersburgo en agosto de 1991, cuando la caída del gobierno de Gorbachov daba paso a un estado de absoluta incertidumbre entre la población. En ese punto entre el miedo y la esperanza, que por encima de su gran peso como documento historiográfico vuelve a retratar a la masa como portadora y reflectora de cambios, Loznitsa halla el valor que dota de un carácter personalísimo a un selectivo ensamblado de imágenes ajenas. Por último, en Freedom to Kill the Other’s Children (David Varela), el director encuentra el colofón al caos del conflicto palestino-israelí en un montaje simultáneo de imágenes televisivas progresivamente envuelto en un penetrante zumbido. Esa secuencia puede resumir no sólo su trabajo, sino también una cuestión que termina resultando elemental en casi todos los títulos mencionados: cuando los estímulos que recibimos son tantos y tan dispares, ¿dónde debemos fijar la mirada?

John From (Joao Nicolau, 2015)

John From (João Nicolau, 2015)

2. Del ayer hacia el mañana

John From (João Nicolau), la indiscutible triunfadora de la competición con dos galardones a mejor película, encerraba bajo su contagioso aspecto de ensoñación adolescente otras cuestiones formales, relativas a su carácter evocador. Podría hablarse del cúmulo de referencias estéticas, que atraviesan desde las pinturas polinesias de Gauguin hasta el último Wes Anderson, pero sobre todo de un tratamiento de la imagen analógica que parece invocar al último tiempo del que se puede sentir algo parecido a la nostalgia. Aunque las referencias a ella son principalmente musicales, con referencias a bandas como CSS y nuevas maneras de descargar canciones, además del protagonismo narrativo que se otorga a un iPod, Nicolau parece apuntar sigilosamente a la etapa final del celuloide a la par que reivindica su valor expresivo. Por otro lado, en Amijima (Jorge Suárez-Quiñones Rivas) subyace una áspera sensación de atemporalidad, refrendada por la continua disonancia entre imagen y sonido. Aunque sus referentes más externos parten de un remoto pasado, en concreto del teatro bunraku japonés, el carácter indomable de este descubrimiento apunta también hacia las bases de un cine español futuro y surgido de los márgenes, aquel que necesita de espacios decididos y al que no suele concederse peso cuando se hacen los balances de cada temporada. Programar este trabajo como una de las piedras angulares de Filmadrid, más concretamente como el único título español en una competición trufada de títulos de procedencia variopinta, es una decisión tan bella y valiente como la propia película, de cuya desbordante mezcla de juventud y talento sólo se desprenden grandes presagios. También el desencuentro entre sonido e imagen es el motor de La ciudad del trabajo (Guillermo G. Peydró), que con su resurrección de los fantasmas del régimen franquista en un edificio actual señala además hacia nuestra necesidad de sentar unas bases mejores para el futuro. Por último, 11 Minutes (Jerzy Skolimowski), radicalmente distinta a todas las mencionadas y escogida para clausurar el certamen, subraya la imposibilidad de preservar los esquemas del cine de historias cruzadas noventero a través de un inquietante píxel muerto en su último fotograma, a la vez que se sirve de sus obsoletas argucias para desarrollar un conjunto decepcionante.

Noite sem distancia

Noite sem distância (Lois Patiño, 2015)

3. El movimiento

El movimiento es el título de la lúcida segunda película del argentino Benjamín Naishtat, que llama a la anárquica oscuridad del pasado como primer origen del caos político de nuestros días, pero podría englobar también muchas de las propuestas con las que compartió programación. Sería el caso del foco dedicado al italiano Pietro Marcello, del que hablaremos más ampliamente en otro artículo, cuyo cine se fundamenta en largos tránsitos por una Italia marginal. También de Short Stay (Ted Fendt), entrañable y talentosa vuelta de tuerca al prototipo de personaje hermético y desorientado que da tumbos sin progreso, ejemplificado en un prodigioso cierre cuya sencillez desarma: mientras el tren en el que viaja sentado avanza, y con él el mundo, sus pasos parecen seguir la dirección exactamente opuesta. De tránsitos vitales muy distintos, con el aprendizaje como motor, habla la estimulante No Cow on the Ice (Eloy Domínguez Serén), diario filmado de los meses en Suecia como trabajador temporal del autor. En la también gallega Noite sem distância (Lois Patiño), la suspensión del tiempo en una noche eterna se presta a otro viaje del director hacia las raíces de lo autóctono, que parece encontrarse en constante tensión con lo que se mueve a su alrededor, en este caso a través de una población cuyo carácter fronterizo evoca otras lindes de naturaleza más abstracta. Meurtrière (Philippe Grandrieux), con la que compartió palmarés, difumina y congela el movimiento humano mediante cuatro cuerpos femeninos descompuestos en un lienzo atemporal. Otro despliegue visual y sonoro, el de Vita Brevis (Thierry Knauff), sirve al belga para retratar el constante flujo de la vida en la naturaleza del Danubio, concretando un laborioso e impactante acercamiento a seres casi microscópicos.

Roundabout in my head

Roundabout in my Head (Hassen Ferhani, 2015)

4. Heridas abiertas

El protagonista masculino de Nausea (Zeki Demirkubuz) está construido a partir de la ausencia, de un mal silencioso que le desconecta del mundo que le rodea. En una de sus secuencias, tras un chequeo médico satisfactorio, el doctor le advierte que lo peor de la enfermedad es atravesarla en soledad, desvelando la hondura de la afección que padece. Existencialista y opresiva, dotada de un tratamiento del espacio y la penumbra que evoca a sus compañeros de generación turcos, así como de una manera de encarar la pérdida y la incomunicación hermanada con Sharunas Bartas, la película de Demirkubuz es una obra mayor de un cineasta ya veterano y desconocido entre nosotros. Esta estimulante presencia en el concurso estaba rodeada de otros títulos también edificados sobre la pesadumbre y la tragedia, caso de The Day Before The End (Lav Diaz), breve composición del cineasta filipino en la que la fuerza de Shakespeare invoca una catástrofe natural. Otro ejemplo fue el de Sayônara (Koji Fukada), exploración de la condición humana donde el rigor visual y la potencia de algunas secuencias quedan algo empañados por un manido discurso filosófico en torno a la extinción de la vida en un Japón distópico. También sobre una herida abierta, aunque radicalmente opuesta, versa el estimulante documental Roundabout in my Head (Hassen Ferhani), que presenta un matadero de Argel como reducto de los sueños y las brechas de todo un país en recomposición, aún marcado por el estigma del colonialismo. Una sociedad embrutecida que, parafraseando la indeleble sentencia que marca la película, “no miente, pero tampoco se basa en la verdad”.

Amijima

Amijima (Jorge Suárez-Quiñones Rivas, 2016)

5. El futuro

Además de las experiencias vividas en la sala y fuera de ella, hubo muchas otras a las que no pudimos prestar la atención que bien merecían, caso de los focos con la presencia de los veteranos Júlio Bressane y Boris Lehman, con copias cuidadosamente proyectadas en sus formatos originales. Filmadrid ha demostrado no sólo abanderar el respeto por el cine, sino fomentarlo y enriquecerlo a través de actividades e intercambios novedosos con el paisaje urbano madrileño. Sirve como ejemplo la escenificación por parte del director Luis López Carrasco de un Telediario de 1992 en el Campo de la Cebada, uno de tantos esfuerzos inequívocos por extender esa simbólica llama que ya es un icono hacia las calles y gentes de la ciudad. Una vez terminado el festival, como dijo el omnipresente Javier H. Estrada en la gala de clausura, “la llama no se apaga, baja su intensidad, y en doce meses volverá a levantar su furia”. Filmadrid ha llegado para quedarse, y preservar el valor de su decidida mirada hacia el futuro del cine pasa por evitar que el fuego de estos días decaiga durante el resto del año.