Slacker (Richard Linklater, 1991)

Slacker (1991) por Ramón Rey

La realización personal formaba parte esencial de los baby boomers, cuya mitificación se terminó de construir en la lucha por los derechos civiles, la revolución feminista y la contracultura estadounidense de los años sesenta. La generación posterior de jóvenes no tenía nada sencillo estar a la altura de las expectativas de sus mayores y en apariencia muchos de ellos ni siquiera lo intentaron. Slacker retrata durante veinticuatro horas en Austin las peculiaridades de una generación apática, sin ideales por los que valga la pena luchar, sin objetivos vitales que se deseen cumplir, con una conciencia del mundo de una gran mentira moldeada por los medios de comunicación y las instituciones. Actuar se considera a la vez como una pérdida de tiempo y una sumisión a unos valores sociales que ellos no comparten, como una restricción de su libertad individual. Tener una carrera profesional exitosa, consumir, crear una familia, … todas esas decisiones no tomadas se ven así como un ejercicio de autoafirmación.

La ópera prima de Richard Linklater posee los que serán elementos básicos definitorios del resto de su filmografía. Largos planos secuencia, conversaciones que llevan el peso narrativo desde una aparente digresión continua que sirven para elaborar temáticamente su propuesta y la inclinación a experimentar con el tiempo como una coordenada cinematográfica fundamental. Sus escenas se suceden a la deriva, fluyendo sin un rumbo marcado, sin una trama concreta, encadenadas por interacciones de los personajes, en muchas ocasiones mínimas, que comparten incidentalmente un espacio y un instante concreto de su cotidianidad. Una fugacidad que captura con la cámara y se contagia al conjunto, como uno de esos sueños o ventanas a otras realidades que el personaje del mismo director comenta al inicio del film. Así transcurre un día cualquiera en el que no ocurre nada especial, en el que todo sigue igual. Uno de tantos que forman la biografía de sus no-protagonistas, que prefieren pasarlos absortos en conversaciones políticas e inmersos en referencias literarias y audiovisuales, sin más meta que cimentar su propia perspectiva intelectual de lo que les rodea.

Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993) por Yago Paris

Dazed and Confused (Richard Linklater, 1993)

La adolescencia, ese momento vital raro, en el que uno normalmente no tiene personalidad suficiente para hacer un análisis crítico de la burbuja en la que vive, ni mucho menos para tomar las riendas de su destino. La adolescencia en Estados Unidos, esa que a través del inmenso bagaje audiovisual se ha difundido como un terreno semejante a la jungla, en el que la ley del más fuerte se expresa en cada acción, en cada rincón del instituto, en cada decisión tomada, y en la que el honor y la imagen pública lo son todo. En Movida del 76 (1993), Linklater echa la vista hacia atrás y se olvida de toda nostalgia para plasmar lo que vivió en esas fechas, como adolescente de los locos años 70 de despertar intelectual pero también mayor libertad social, tantas veces mal entendida como gamberrismo.

En esta cinta no se encontrará el menor resto de encumbramiento de un pasado que no se recuerda como mejor que el presente. Sin ánimo de dramatizar ni de incriminar –el cine de Linklater es tan complejo en su sutileza que está por encima de esas categorizaciones reduccionistas–, la visión es la del joven socialmente insertado pero de mirada extrañada, incómoda, que observa en piloto automático lo que ocurre a su alrededor y todavía no es consciente de lo poco que esto le gusta. Desarrollada a lo largo de un intenso último día de instituto, con su respectiva noche de fiesta, el autor se sumerge en ambientes festivos en los que la diversión se torna agridulce, los escarceos con el futuro amenazan con amargar la situación y los instintos testosterónicos de conquista del objeto femenino y marcaje del territorio se palpan en cada fotograma. Un recorrido complejo y nada evidente sobre lo que pudo suponer vivir en esa época para esa persona que forma parte de algo más por necesidad que por voluntad.

Antes del amanecer (Before sunrise, 1995) por Juan Salinas

Before Sunrise (Richard Linklater, 1995)

Chico conoce a chica en un tren con destino a París. En Viena deciden bajarse para pasar lo que será una noche de descubrimiento y reflexión que marcará sus vidas. Con esta premisa arranca Before Sunrise, un film que refleja en el transcurso de una noche lo que es la primera fase de toda relación sentimental. A lo largo de las horas somos testigos de cómo progresivamente el sentimiento afectivo crece en los protagonistas llegando a un clímax en el cual se deberá elegir si merece la pena iniciar una nueva aventura juntos o por el contrario continuar cada uno con su camino.

A priori puede parecer la típica cinta romántica que, buscando el sentimentalismo impostado, termina cayendo en los clichés habituales del género que restan originalidad a su conjunto, pero he aquí donde aparece la marca de autor de un cineasta como Linklater, siendo capaz de captar a través de largos planos secuencia la pureza del amor incipiente, haciendo uso de unos diálogos que versan sobre la vida en ese punto en el que todo está repleto de esperanzas y sueños quedando reflejadas en dos personalidades unidas por el destino y por un sentimiento mutuo que va creciendo hasta que los primeros rayos del Sol irrumpen en la noche.

Before Sunrise es un film que, sustentado por dos personajes conversando por las calles de Viena, tiene como objetivo captar la magia del instante por lo que deja de lado cualquier artilugio narrativo y visual que se aleje de toda intención naturalista. Esta decisión provoca que los actores vivan sus personajes mucho más cercanos a ellos mismos haciendo uso de un diálogo lírico concienzudamente escrito pero recitado de forma fresca, casi improvisada, por lo que el relato queda marcado por un cierto realismo poético.

Escuela de rock (School of Rock, 2003) por Jaime Lorite

School of Rock (Richard Linklater, 2003)

«¿Queréis que os enseñe algo? Bien, tengo una lección para vosotros. ¡Abandonad! ¡Rendíos! En esta vida no se puede ganar. Podéis intentarlo, pero al final caeréis derrotados, porque El Hombre domina el mundo. ¿No conocéis al Hombre? Está en todas partes. Es quien manda en la Casa Blanca. ¡La directora Mullins es también el Hombre! El Hombre es el que está acabando con la capa de ozono, el que está devastando el Amazonas, el que secuestró a la orca Sharmu y la metió en un tanque con cloro. Y había una forma de plantarle cara: se llamaba rock & roll. ¡Pero adivina! El Hombre lo destruyó creando la MTV».

Despreciada como anomalía comercial en la carrera de Richard Linklater, Escuela de rock (2003) no solo es un trabajo profundamente personal, sino que se trata, además, de uno de los más conseguidos de su director. Con ese don suyo para mimetizarse con los actores y conducir la película con ellos de la mano, Linklater se apoya en un entregadísimo Jack Black (olvidemos aquel doblaje infame de Dani Martín, propio de la peor de las realidades posibles como es la nuestra) para articular un relato que no por elemental resulta menos sincero.

Al igual que, en su debut Slacker (1991) –“vago”, en español–, Linklater realizaba una crónica generacional de aquellos antisistema inconscientes que, por omisión, renegaban de engrasar la maquinaria capitalista para entregarse al ocio digresivo, el protagonista de Escuela de rock es también un cruzado contra la carca disciplina adulta, que vive sin pagar alquiler en casa de un amigo. Tras suplantar la identidad de éste y obtener un empleo de profesor, el personaje encontrará su salvación en un grupo de niños con los que se entiende mejor que con cualquier adulto (están también oprimidos por autoridades: su directora, padres…) y a quienes enseñará el idioma de la rebelión, el rock & roll. Podría sonar a narración prefabricada, pero el director logra la excelencia firmando una película tan luminosa que sus destellos casi impiden ver los matices: además de su aportación a esa Nueva Comedia que, por aquel entonces –con figuras como Adam Sandler, Ben Stiller o el propio Black–, estaba ocupándose del adulto inmaduro de finales y principios de siglo, el de Linklater es un regalo optimista a la América post-11S que invita a una sana revolución contra aquello que se interponga frente al placer. Porque, como intuían aquellos slackers desde su abstracción fumeta, nada fastidia más al sistema que la gente divirtiéndose.

Antes del anochecer (Before Midnight, 2013) por Juan Salinas

Before Midnight (Richard Linklater, 2013)

Nueve años después de la segunda entrega (Before Sunset, 2004) y con unos Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) ya cuadragenarios, Linklater nos muestra en esta ocasión cómo ha ido evolucionando a lo largo de dieciocho años la relación de los dos protagonistas, esta vez bajo el sol crepuscular del Peloponeso. Si la primera película se define por la pasión e ilusión por iniciar una nueva aventura amorosa, y la segunda nos muestra una perspectiva más madura y racional de aquel primer encuentro, es en Before Midnight donde queda patente el deterioro de la cotidianeidad, el desgaste de la convivencia, las disputas conyugales o cómo los hijos modifican una pareja. Es por ello que esta última posee mayor grado de madurez que las anteriores, no sólo en los personajes sino en la complejidad de los temas que se ocupan a raíz de conversaciones trascendentales en las que se abordan cuestiones filosóficas y metafísicas creando un debate que invita al espectador a reflexionar sobre cómo el tiempo y las circunstancias modifican nuestra existencia y alteran el comportamiento de dos personas a la hora de afrontar las vicisitudes del día a día llegando incluso a corromper una relación que en sus inicios parecía idílica.

Por tanto, Linklater en su empeño por mostrarnos la realidad sin falsos dramatismos, radiografía las relaciones humanas con el fin de conseguir un grado de comprensión e implicación que se da a través del análisis exhaustivo de unos personajes creados como testimonio de cualquier matrimonio que sobrepase la edad de madurez, mostrándonos, en el compendio de la trilogía, la continua evolución de las distintas etapas del amor manifestándose de diversas maneras.

Boyhood (2014) por Jaime Lorite

Boyhood (Richard Linklater, 2014)

Resulta curioso que las dos grandes finalistas a la 87ª edición de los Oscar, Boyhood (Momentos de una vida) y Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro G. Iñárritu, 2014), fuesen dos películas construidas sobre proezas pero, a la vez, tan antagónicas: la primera, rodada a lo largo de doce años, y la segunda, montada como un único plano secuencia gigante. El problema es que, de películas fundamentadas en rodajes de epopeya, uno espera justamente eso, epopeyas, y pocos géneros podrían ajustarse peor a una película tan antiépica como Boyhood. En cambio, difícil encontrar en el panorama actual un cineasta más intenso y pomposo que Iñárritu: en la época de los 140 caracteres y del consumo voraz e irreflexivo, no hay tiempo para sutilezas y la gloria fue para el mexicano, que entregó a los académicos las dos tazas de subrayada trascendencia que pedían.

No, Linklater no descifró el sentido de la existencia como muchos parecían esperar que hiciera: al igual que en su trilogía Antes de… (1995–2013), el director de Texas simplemente colocó su cámara y se puso a contemplar el tiempo, deteniéndose en esos pequeños momentos, esos pequeños instantes que marcan todo un mundo. Salvo en el improbable caso de que seas Napoleón o Gengis Kan, no hay hecho más grandilocuente en la vida que el propio viaje, pues, como dice el personaje de Ethan Hawke a su hijo en el clímax (si se le puede llamar clímax) de la película, no se trata de entender nada, se trata de sentir. Y de repente, abres los ojos y te percatas de las brujerías que parecen haberse entrecruzado y confabulado para arrastrarte al aquí y al ahora, como cumpliendo los oscuros designios de una extraña profecía antediluviana.

Todos queremos algo (Everybody Wants Some!!, 2016) por Yago Paris

Everybody Wants Some (Richard Linklater, 2016)

Luz, coches molones, My Sharona. Testosterona, chicas guapas, competitividad como modo de vida. Fiesta, alcohol, baile. Novatos, nerviosismo, emoción. Sudor, intensidad, nostalgia. Nostalgia, nostalgia, nostalgia. Después de rodar Movida del 76 (1993), Richard Linklater vuelve a echar la vista a su pasado, a los setenta, y si en aquella nada aludía a sentimientos positivos, en esta, su última película, la mirada se torna nostálgica. Todos queremos algo (2016), la secuela espiritual de la anterior citada, relata la llegada a la universidad de los novatos, y se centra en los tres días previos al inicio de las clases. El tiempo cinematográfico se expande para captar los inicios, el nerviosismo de quien llega a un sitio desconocido y muchas veces hostil, los tiempos muertos entre hombres, siempre hombres, en un terreno en el que toda situación se convierte en una disputa en la que demostrar la hombría y luchar por mantener una imagen pública.

Todo hombres, excepto en las noches de cacería, en las que las mujeres se convierten en objetos de conquista. La mirada es la de un hombre que ha vivido esos ambientes y que ahora regresa a los mismos. Ese conocimiento de causa, y/o su capacidad para captar la esencia de las circunstancias, es lo que permite que una película empapada de nostalgia no deje de ser por ello honesta y realista. Aunque más enrollada de lo habitual en su cine, Todos queremos algo sigue apostando por esa esencia anticlimática que caracteriza a Linklater, esa del medio gas, de las sensaciones enrarecidas, del no saber muy bien qué está ocurriendo o por qué. Las impresiones del director se canalizan a través de su protagonista, un chico guapo, socialmente aceptado e insertado y que, sin embargo, aunque disfruta de su estatus, no se siente completo. Demasiado sensible para buscar en las mujeres únicamente la satisfacción sexual, demasiado complejo como para convertir todo en un desglose de testosterona, demasiado raro para ser el chico exitoso de la universidad. Más por inercia que por decisión, este joven, como la película, avanza descubriendo la vida mientras esta se muestra ante él, ante la cámara. Y ahí está la mano de Linklater para regalarnos un pedazo de cine en estado puro.