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No puede ser más relevante para esta nueva edición de 2016 del Atlántida Film Festival, el evento que organiza la plataforma de cine online Filmin con una selección de cuarenta y cinco largometrajes que forman su sección única oficial, la crisis institucional europea que se ha sumado a la convulsa situación social y política de los últimos tiempos en el continente. Del 27 de junio al 27 de julio estará disponible su programación, que han estructurado alrededor de cuatro puntos temáticos que sirven para plantear una reflexión sobre diversos aspectos de Europa: Memoria, Fronteras, Política y Generación. Este año además su lanzamiento en Internet se vio complementado con una serie de proyecciones, conferencias y eventos gratuitos durante una semana que tuvieron lugar en varias sedes físicas en Palma de Mallorca.

La cabeza de un hombre aparece pegada al volante de un coche. Un punto de partida lo suficientemente morboso como para estimular la imaginación y generar interés en cualquiera que se tope con esta historia. Eso es lo que piensa el protagonista de Berserker (Pablo Hernando, 2015), un joven y precario escritor que malvive de los beneficios que generan sus novelas por encargo y que le lleva a investigar lo sucedido a través del círculo social de la hermana del novio de su compañera de piso, interpretada por Ingrid García Jonsson. Se construye así un relato psicológico que introduce elementos de suspense pero también del terror reminiscente de Lovecraft. La obsesión de Hugo Vartán le lleva a usar sus recursos como creador de ficción para interpretar la información y los hechos que va descubriendo en sus pesquisas, configurando un puzzle que parece imposible de resolver en una especie de actualización de Blowup (Michelangelo Antonioni, 1966) a los códigos de la era de las redes sociales, esta en que la apariencia sirve para construir narrativas subjetivas a partir de las inclinaciones propias de cada uno.

Ingrid García Jonsson en <em><strong>Berserker</strong></em> (Pablo Hernando, 2015)

Ingrid García Jonsson en Berserker (Pablo Hernando, 2015)

Unos recursos que incluyen herramientas con las que la generación Facebook, la que ha crecido desarrollando sus relaciones personales a través de Internet y el móvil, interactúa constantemente. Una foto en un perfil online público sirve de guía para sus indagaciones, los datos se corroboran gracias a los registros de llamadas telefónicas, correos electrónicos y coordenadas de localización en los mapas de Google, además de la inmediatez de unas búsquedas web que proporcionan una verificación o refutación instantánea de cualquier sospecha o hipótesis. Algo ideal para el apático y huraño personaje principal. El mismo personaje de Julián Génisson se introduce de esta forma dentro del caso que explora y su vínculo se extiende por tanto a un nivel metatextual. La obra que escribe se compone de hechos, interpretaciones y lagunas que completa con sus teorías desde su peculiar perspectiva, mientras avanza hacia una verdad global que en realidad no le interesa tanto.

Hay algo especial además en cómo se representan patéticamente las interacciones humanas y se suceden los diálogos en el film. Unos diálogos artificiosamente naturales y que transmiten autenticidad, que podrían estar sacados del perfil de Twitter de cualquier joven sobrecualificado español actual. El hilo conductor de las conversaciones se ve a menudo interrumpido por digresiones temáticas que las violentan, provocando un efecto cómico tan retorcido como reconocible. Ya sea incluyendo informaciones irrelevantes ajenas al punto que se discute para demostrar lo mucho que se sabe en general de cualquier cosa o con su desvío deliberado hacia la experiencia particular. Porque aunque se trate del caso de la decapitación a sangre fría de otra persona, al final todo el mundo gira ahora alrededor de estos individuos.

Lorenzo Lefèbvre y Marilyn Lima en <em><strong>Bang Gang</strong></em> (Eva Husson, 2015)

Lorenzo Lefèbvre y Marilyn Lima en Bang Gang (Eva Husson, 2015)

Resulta irritante, por no decir ofensivo, que una propuesta tan reaccionaria como Bang Gang (Eva Husson, 2015) pueda tener lugar en el cine contemporáneo y en la sociedad actual. No sólo por su discurso moral trasnochado y completamente alejado de la realidad, sino también por el simplismo y la torpeza con el que aborda el tema que trata. Se plantea como un grupo de adolescentes en los suburbios de un pueblo francés tienen la excusa perfecta con la ausencia de los padres de uno de ellos para reunirse y desmadrarse en su casa: alcohol, drogas y mucho sexo de todos con todos. Lo normal cuando se juntan unos cuantos jóvenes sin nada mejor que hacer. La orgía que se monta en un principio es consecuencia de un juego impulsivo e irreflexivo, pero da pie a organizar quedadas similares con el objetivo ya definido de antemano. Un bang gang tras otro las dinámicas del puñado de personajes que sigue la cámara se van transformando, deteriorándose, hasta alcanzar un punto de no retorno entre ellos y en su centro educativo, con sus familias y la comunidad en general.

Por un lado es fácil detectar el intento de la directora de capturar el estado de la cuestión respecto a la relación de la juventud de nuestros días con sus cuerpos, su sexualidad, el establecimiento de lazos afectivos, su distanciamento con los problemas reales o la obsesión con la comunicación en las redes sociales y el exhibicionismo digital. El error es el propio posicionamiento de Husson respecto a sus personajes y sus actos, que son juzgados a priori y tratados dramáticamente desde una posición acusatoria. En todo momento se subraya con tremendismo sobredimensionado el mismo desarollo libre de su sexualidad, forzando dramáticamente la evolución de cada escena y llevándolas a instantes de un espantoso ridículo, que sólo puede sublimar las miradas a cámara en algunos momentos de ruptura de la cuarta pared en lo que parecen ser expresiones de autoconsciencia de las implicaciones éticas de sus mismos actos. Unos actos que en su mayoría no constituyen per se nada de lo que escandalizarse, pero son tratados como tal sistemáticamente en la misma narración y reforzado por la puesta en escena.

Este puritanismo infantil, por mucho desnudo y polvo que muestre, que rezuma durante todo su metraje viene a reforzar insistentemente la idea de lo inadecuado y peligroso del sexo con el objetivo único de la búsqueda de placer, así como del trastorno que supone la influencia de la hipersexualización mediática que se asume manipula sus comportamientos, además de la deshumanización en el trato consecuencia de la comunicación con el móvil o Internet. Se hace así inevitable recordar Klip (Maja Milos, 2012), un film con el que posee diversos elementos en común, pero que a diferencia de este era capaz de abstraerse del juicio directo y sustituirlo por el estudio y la observación. Es imposible llegar a la comprensión de un mundo construido a medida de quienes lo viven con sus propios lenguajes y códigos, con unos principios que no están sujetos a los condicionamientos de generaciones anteriores, si el punto de partida ya impone un discurso opuesto de antemano.