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Boris Pahor: Retrato de un hombre libre (Fabienne Issartel, 2016)

Abordar Europa desde el pasado implica hablar de genocidios. En la sección Memoria del festival Atlántida Film Fest 2016 se han recogido un total de diez largometrajes que abordan las bases que han dado forma al Viejo Continente de estos días. El siglo XX, el pasado reciente, cobra especial relevancia a la hora de perfilar el presente, y este pedazo de Historia, en el que los avances tecnológicos, políticos y sociales ya permitían hablar de una edad moderna, sin embargo ha estado marcado por una serie de crímenes de lesa humanidad. La inspección del pasado es uno de los terrenos más fértiles para el documental, un género en el que el peso de la verdad cobra relevancia capital, pero que en algunos casos puede ser sólo la base sobre la que articular un discurso cinematográfico. Es por ello posible que dos obras que examinan sendas matanzas del siglo XX –las del nazismo y las de los Balcanes– sean a la vez cercanas en el fondo y opuestas en la forma.

Boris Pahor: retrato de un hombre libre (2016) recorre la vida del humanista citado en su título. A sus 102 años, Pahor ha sobrevivido a la propia Europa en una de sus etapas más convulsas. Víctima de los campos de concentración nazis, en los que perdió a su familia, este esloveno nacido como austro-húngaro en la localidad de Trieste, actualmente italiana, hace un recorrido por toda su existencia, previa y posterior al nazismo y también previa y posterior a otro régimen como fue el soviético. Pahor ha vivido mucho y muchos años, por lo que de su vida podría hacerse una serie documental, y ni en tal caso se podría asegurar un abordaje en profundidad de la infinidad de temas del que este filósofo podría estar horas hablando. Precisamente es la propia esencia del proyecto la que dinamita las posibilidades de esta obra. Los 98 minutos de metraje de este documental no pueden hacer frente a todo el material que manejan, lo que provoca que la obra padezca los males de la pincelada rápida y la lectura en diagonal.

La directora Fabienne Issartel realiza una serie de visitas a la casa de su personaje, al que analiza en pausados primeros planos a modo de busto parlante, en los que se observa una mente lúcida, desprejuiciada y en constante búsqueda de nuevos matices que complementen su realidad. A lo apasionante que resulta escuchar a semejante eminencia de la cultura se suma la incapacidad para abarcar todo lo que esta persona puede dar de sí. Issartel es consciente de la calidad que posee el material que tiene entre manos y es incapaz de prescindir de nada. La decisión es comprensible, pero es incompatible con una disección que valga la pena acerca de este personaje. Entre testimonios, imágenes de archivo y transiciones paisajísticas, la autora pasa por encima de una infinidad de asuntos que fracasa en abordar, por lo que, tras la gustosa sensación de descubrimiento de una mente deslumbrante queda el poso de haber sido incapaz de pasar de la presentación de personajes.

Depth Two (Ognjen Glavonic, 2016)

Depth Two (Ognjen Glavonic, 2016)

Si Boris Pahor: retrato de un hombre libre es un documental canónico en sus formas, hasta el punto de encajar como una producción para televisión, la otra cara de la moneda la presenta Depth Two (2016). La obra dirigida por Ognjen Glanovic se salta los estándares de la realización documental y experimenta con la forma para profundizar en el pasado más oscuro de su Serbia natal, cuando esta tenía otro nombre, Yugoslavia. Especialmente oscura en lo que a revisión de su pasado se refiere, esta zona mediterránea sufrió la que se denominó Guerra de los Balcanes, una suerte de limpieza étnica que fue consecuencia directa de las tensiones entre grupos forzados a convivir dentro de unas fronteras comunes. La propia descripción de la plataforma de VOD Filmin habla de “el primer cineasta serbio en afrontar sin tapujos los crímenes de guerra de su país”, por lo que, ya sólo por este dato, la obra reclama la atención del público.

Pero es la forma la que le gana la partida al contexto una vez comienza el metraje. Y es que el despliegue formal que propone Depth Two está lejos de los estándares de este género. Como se ha comentado en referencia al documental anterior, uno de los recursos más habituales es el de los bustos parlantes, en los que el personaje relata frente a la cámara sus vivencias o lo que sabe acerca de un tema determinado. Otro recurso es el de la inserción de material de archivo, ya sean imágenes grabadas en su día por terceros o fotografías que recogían el momento sobre el que se está hablando en el film. Si es un tema que todavía sigue candente o que se desarrolla en paralelo a la filmación de la obra, lo más habitual es sacar la cámara a la calle y filmar lo que acontece sobre la marcha, prescindiendo de una óptima puesta en escena. Cuando nada de esto es posible, es muy habitual recurrir a la recreación dramática de los eventos que están siendo contados.

Nada de esto tiene lugar en Depth Two, que arma su discurso de manera idéntica a la que presenta Tempestad (Tatiana Huezo, 2016), un documental mexicano presentado en la pasada edición del festival DocumentaMadrid. Tanto Glanovic como Huezo graban el audio de las declaraciones de sus personajes, pero prescinden del recurso de los bustos parlantes. En cambio, estos fragmentos de audio van acompañados de una serie de imágenes que no están directamente relacionadas con lo que las voces narran, pero que funcionan como una atmósfera que recoge el poso de lo que se está exponiendo. En el caso de la película mexicana, dos mujeres relatan sus experiencias con el gobierno de su país, y cómo ambas habían sufrido la injusticia y la corrupción, que había destrozado sus vidas. A estos estremecedores relatos les acompaña una serie de largos planos de los paisajes de México, y de esta manera se establece una conexión que va de lo particular –estas dos mujeres– a lo general –toda una población mexicana que vive desamparada, en una especie de tempestad que se cierne sobre ellos cuando el poder campa a sus anchas–.

Los múltiples testimonios que recoge Depth Two giran en torno a un suceso común: en el interior de un lago se descubrió un camión que portaba un contenedor lleno de cadáveres putrefactos. Este punto de partida es el hilo del que tira Glanovic, lo que lo conduce a investigar, a querer saber qué está detrás de este hallazgo. Y lo que descubre es uno de los múltiples casos de limpieza étnica que tuvieron lugar en su país. En un tono menos poético que Tatiana Huezo, el autor serbio retrata los paisajes de su país como una suerte de no-lugar de corte postapocalíptico, una serie de estampas lúgubres en las que sólo hay espacio para la desesperanza. Un retrato poderoso pero inferior a las cumbres narrativas de Tempestad, que a su vez consigue no verse limitado por las complicaciones de un proyecto de este corte, a diferencia de lo que ocurre en Depth Two. Si bien valiente y por momentos poderoso, el documental de Ognjen Glanovic peca de confuso, y esto se debe principalmente al exceso de voces que pueblan su pista de sonido. Una situación comprensible, teniendo en cuenta la cantidad de implicados, víctimas y verdugos, que tuvieron algo que ver en esta matanza, pero que no lo salva de caer en cierta confusión y, en líneas generales, de desmejorar una propuesta por otro lado notable, y por momentos portentosa.