Akane Tatsukawa en <em><strong>Summer Lights</strong></em> (Jean-Gabriel Périot, 2016)

Akane Tatsukawa en Summer Lights (Jean-Gabriel Périot, 2016)

Dos películas francesas relacionadas con la memoria, la pérdida y la guerra centran la atención del quinto día en el Zinemaldia. Entre la selección de Nuev@s Director@s encontramos Summer Lights (Jean-Gabriel Périot, 2016), en la que un cineasta japonés residente en Paris visita Hiroshima con intención de entrevistar a supervivientes de la bomba atómica para un documental sobre el setenta aniversario de la tragedia. Akihiro –superado por las historias que escucha– sale a las calles de la ciudad en la que se encuentra con una enigmática joven local, Michiko. Deambulando por las calles, visitando sus lugares y hablando con los habitantes, el pasado y el presente, la tradición y el futuro confluyen a plena luz del día.

Rodada con un estilo casi documental pero con una proximidad emocional muy cuidada, los dos personajes protagonistas realizan una inmersión en la Hiroshima actual, la que viven sus individuos en lo cotidiano, descubriendo pequeñas y personales historias que sirven para profundizar en el recuerdo tétrico, el dolor sufrido y las cicatrices que aún prevalecen de lo ocurrido. Pero también exploran con perspectiva el largo recorrido de los residentes por superarlo, en un mundo en el que las nuevas generaciones son incapaces de concebir –afortunadamente– cómo fueron esos otros tiempos de los que hablan y vivieron sus abuelos. El repaso a la catástrofe deja espacio también a la mirada al futuro a través de la conmemoración y el aprendizaje experimentado por la reconciliación con su identidad y el respeto a los ritos y a los muertos como guía.

Eso sí, se hace imposible no recordar por su premisa a Hiroshima Mon Amour (Alain Resnais, 1959), cinta en cuya intrincada estructura este film parece querer reposar cierto grado de ensoñación fantasmagórica. A diferencia de la obra de Resnais lo que está fragmentado en esta ocasión no es la memoria, sino la misma percepción del tiempo. El juego con los recuerdos y la cámara que sigue a dos personas por las calles de la misma ciudad y la indagación en este caso en la misteriosa conexión de Michiko con lo sucedido centran el trasfondo de sus conversaciones. Unas conversaciones en las que el sol del presente ilumina una existencia efímera tanto del mismo relato de la película –en la que el ayer y el mañana se encuentran y dialogan entre si– como de la memoria y el duelo representados en ella, destinados a desaparecer cuando no haya nadie que lo recuerde.

Pierre Niney y Paula Beer en <em><strong>Frantz</strong></em> (François Ozon, 2016)

Pierre Niney y Paula Beer en Frantz (François Ozon, 2016)

Por otro lado en la sección Perlas y recién presentada en Venecia –donde su protagonista femenina obtuvo el Premio Marcello Mastroianni– está Frantz (François Ozon, 2016), película basada en Broken Lullaby (Ernst Lubitsch, 1932) y que está ambientada en el contexto del final de la Gran Guerra en Alemania, cuando los vivos y los supervivientes todavía tenían muy cercanos los muertos y la humillación de la derrota tras el armisticio. La prometida del difunto Frantz da con un viejo amigo que atendiendo a su tumba y visitando su familia parece esconder más de un secreto respecto a su relación con el mismo. Así arranca un refinado melodrama en el que el amor y el recuerdo al protagonista ausente de sus existencias marca todavía sus vidas y el odio hacia los antiguos enemigos intenta encubrir el orgullo herido de aquellos que enviaron a sus hijos a morir al campo de batalla. Los que ahora prefieren dirigir la culpa a otros en lugar de asumir sus terribles responsabilidades.

La mirada de Ozon, concisa y sutil, retrata la aflicción y el tormento soterrados de ambos bandos en un blanco y negro que se transforma en color desaturado para separar las imágenes entre la fina linea de la vida desesperanzada y la muerte omnipresente, la escasa felicidad y la amargura imperante. Un recurso quizá demasiado básico y que no acaba de integrarse demasiado bien hasta el final de su metraje, cuando se siente ya excesivamente accesorio. El arte, la música, la poesía y el idioma son algunos de los elementos con los que juega el director para enlazar no sólo a personas, sino también dos países enteros enfrentados que en el fondo no tienen una visión del todo tan distinta. La ficción y la manera en que esta modifica la percepción de la realidad y su efecto curativo tiene aquí una importancia fundamental, en un preciso ejemplo de cómo pueden dividirse o encontrarse civilizaciones enteras a través de la mentira, ya sea cimentada sobre el amor o en el odio.

En cierta medida se echa en falta el sello turbio al que nos tiene acostumbrado su director y se percibe una quizá exagerada solemnidad, pero la extraordinaria sensibilidad que transportan sus imágenes –que lejos de caer en el clasicismo conservan su esperable fuerza expresiva– y su puesta en escena evitan cualquier tipo de delirio sentimentaloide con un tono acertadamente calculado a tal efecto. El subtexto de las relaciones y los símbolos completan un universo dramático cohesionado al servicio siempre del discurso interno sobre el perdón, la redención y el entendimiento. Sin renunciar con ello a los claroscuros de una realidad agridulce en la que sólo los más jóvenes están preparados para superar el trauma infligido por la guerra, todavía capaces de encontrar motivos para sanarse y reconstruir sus propias vidas junto con las calles de sus ciudades y sus conceptos de naciones.