<em><strong>My Life as a Courgette</strong></em> (Claude Barras, 2016)

My Life as a Courgette (Claude Barras, 2016)

En la sexta jornada estuvo presente la animación con una de las pocas películas que usan esa técnica de expresión en el festival. En la sección Perlas My Life as a Courgette (Claude Barras, 2016) viene de Cannes para aportar con su relato de pérdida y reconquista de la inocencia de los niños de una casa de acogida una pureza y sencillez difícil de encontrar. Courgette (calabacín) es un niño que tras la pérdida súbita de su madre debe adaptarse al entorno con otros que como él han sufrido traumas y –con el reto de la superación del suyo propio– se van hilando pequeñas situaciones en la rutina del lugar que sirven para revelar la amargura que esconden, pero también sus ganas de ser amados y recuperar una vida normal para su edad. Los conflictos y los malentendidos, la tolerancia a sus peculiaridades, la solidaridad y la recuperación de la confianza en los adultos forman parte de ese viaje de regreso a una infancia truncada, puesta en pausa, que hasta ellos mismos dan ya por perdida.

El diseño de personajes cuenta mucho a favor de la narración. Gracias a la simple pero efectiva elocuencia de sus rostros con grandes ojos es fácil proyectar en ellos emocionalmente lo que la película elabora con unas situaciones que dan pie a diálogos divertidos pero también aterradores desde la candidez de su exposición. Ese es quizá el mayor mérito del film, hacer creer que en todo momento las auténticas voces de infantes son las que transmiten su personal visión del mundo desfigurada por el miedo, con la interpretación en sus términos como manera de encajarlo todo con un sentido asumible para su entendimiento.

El universo en el que transcurre todo es diminuto y cerrado, con apenas tres escenarios donde sucede todo. Algo que resulta coherente con ese no vivir de los minúsculos habitantes de la casa, esperando cada día a que llegue alguien que les elija para completar una familia nueva. Es muy alentadora además la mirada optimista y a veces irónica al mundo de los adultos desde la perspectiva de los chavales que se eleva sobre el turbio trasfondo que nutre sus historias, tratadas con una extrema delicadeza y eludiendo el morbo. Se produce así un equilibrio muy reconfortante en el que siempre queda un resquicio para la esperanza a pesar del dolor. Una esperanza ganada a través del amor a los demás y a uno mismo que desprende una fábula de naturaleza concisa y amable que nunca esconde sus intenciones didácticas ni disimula sus simples pretensiones.

Cristian Salguero en <em><strong>El invierno</strong></em> (Emiliano Torres, 2016)

Cristian Salguero en El invierno (Emiliano Torres, 2016)

En la Sección Oficial sorprendió la argentina El invierno (Emiliano Torres, 2016). Ambientada en un lugar remoto de la Patagonia, un rancho es el centro neurálgico de las vidas de los trabajadores que, temporada tras temporada, acuden al esquileo de las ovejas. Allí vive Evans, un veterano capataz cuya vida gira exclusivamente alrededor del mantenimiento de la estancia. Cuando es reemplazado por el joven Jara sus existencias se transforman, dejando al descubierto las exigencias y los sacrificios que supone el lugar para los que están dispuestos a realizar sus tareas. La lucha contra la naturaleza y la soledad, el conflicto generacional y un medio de vida en decadencia son la base de este western moderno parco en palabras que sustenta su narración en una imponente fotografía y una estricta planificación visual sin concesiones.

El trabajo como medio o como fin. El viejo capataz con más pasado que futuro que no posee una vida más allá de la geografía que define el cercado de las tierras que mantiene por un lado. El joven responsable y trabajador hombre de familia cuyos esfuerzos están orientados a proporcionar un futuro mejor para él y los suyos por otro. Dos formas de entender la misma responsabilidad al servicio y mayor beneficio de otros. Una oposición que se refleja en la misma administración del lugar y que les une en un mismo punto: la alienación y el desarraigo que provoca el aislamiento, la claustrofobia de esos parajes naturales inmensos y desiertos, las malas condiciones climatológicas durante el largo e insoportable invierno. Con todo el martirio al que Jara se enfrenta para mantener su puesto a toda costa, se conforman imágenes que parecen nacer con imperceptibles ecos de Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

Con sus grandes planos generales que cubren todo el horizonte y empequeñecen al hombre, El invierno describe una insignificancia casi imponderable. Una que se extiende al trato carente de lealtad y gratitud entre iguales que debe soportar a cualquier precio el individuo prescindible de turno que sea asignado para sustituir al anterior por los que sí poseen las riquezas que ellos cuidan. Combinado con un extraordinario uso de la profundidad de campo, la puesta de escena en espacios abiertos ayuda a formar imágenes de extraordinaria belleza. Una que esconde los padecimientos y la angustia que reclama a los que desean vagar por sus praderas, riscos y valles. Una frontera desagradable y hostil cuya inevitable desaparición destruirá consigo la forma de subsistir que ha prevalecido por siglos para dar paso a la domesticación forzada por los intereses privados y egoístas. La idea de frontera del respeto a la tierra de la que se obtiene alimento y cobijo aunque sea costosamente desaparece. Lo indómito ahora se ve como un reto que nadie ha planteado para explotarlo hasta la extenuación, de la misma manera que se hace con los que buscan fortuna en sus confines.