Itsaso Arana y Francesco Carril en <em><strong>La reconquista</strong></em> (Jonás Trueba, 2016)

Itsaso Arana y Francesco Carril en La reconquista (Jonás Trueba, 2016)

En el séptimo día del Festival de San Sebastián la Sección Oficial proporcionó dos de los mejores títulos a concurso. Primero La reconquista (Jonás Trueba, 2016) con su anacrónico sentido del amor romántico, su concepto global parece heredero de una secuencia clave en la anterior película de su director (Los exiliados románticos, 2015) que involucraba una declaración de amor y una carta. Una pareja de antiguos novios de instituto se reúne de nuevo tras quince años sin verse. En el transcurso de las horas y las conversaciones se reencontrarán también con sus propias aspiraciones y concepciones del mundo del pasado. Sus identidades perdidas resurgen mientras exploran quienes eran y quienes son ahora, con la presencia de la música como interlocutor espontáneo, recitando en canciones los sentimientos que pueden ocultar tras lo vivido desde entonces. Todo con las luces de una noche de Navidad y de los locales que visitan iluminando las calles y sus rostros en un auténtico viaje emocional en el tiempo de una relación inconclusa.

Jonás Trueba propone en su nuevo film algo así como el sueño de una noche de invierno. Un sueño con la posibilidad de encararnos a nosotros mismos y ser conscientes de lo desconocido y lo ya sabido, de cómo en ese proceso de experiencias vitales hay muchas cosas que cambian pero otras además permanecen exactamente idénticas. La realidad imaginaria de unos adolescentes enfrentada a la ensoñación real de unos adultos con muchas ilusiones frustradas. La cámara –como es habitual en su asuido estilo siempre en evolución– desliza su mirada mientras observa las reacciones y es testigo de las charlas más o menos intrascendentes de Manuela y Olmo, con la misma incertidumbre con la que ellos esperan en cada silencio algo que no saben expresar con palabras.

La identidad construida con el tiempo se muestra como el refugio de todas esas aspiraciones truncadas, una pose tras la que los sentimientos y los fracasos se pueden esconder. Igual que buscamos en el amor la huida de lo que nos rodea que nos salve de una existencia mediocre, –relativa o absoluta– por simple inferioridad entre lo que nunca se obtiene aunque se busque y lo que se encuentra por el camino. Entre toda esa indagación introspectiva en el pasado y en el presente, el uso de un flashback elíptico mientras uno de sus personajes duerme es un resumen con precisión de lo que Trueba pretende transmitir con sus personajes autoconscientes –algo pedantes, por supuesto–, referencias culturales y humor en los momentos probablemente más inesperados: una reivindicación de la insatisfacción como signo de alerta. Un ruido de alarma para despertar y tomar una decisión ante una oportunidad de no traicionarse a uno mismo y rechazar el conformismo.

Lee Yo-yoing y Kwon Hae-hyo en <em><strong>Yourself and Yours</strong></em> (Hong Sang-soo, 2016)

Lee Yo-yoing y Kwon Hae-hyo en Yourself and Yours (Hong Sang-soo, 2016)

Por último, Yourself and Yours (Hong Sang-soo, 2016) mostró de forma sorprendentemente coherente con la anterior citada una visión de las relaciones de pareja y la identidad desde otra perspectiva. Más centrada en la idea de la confianza entre los amantes y como la percepción externa puede minar los vínculos, Sang-soo utiliza un ingenioso truco narrativo de los suyos para elaborar el discurso de la cinta. A partir de las desavenencias de una joven pareja con problemas para controlar el consumo de alcohol y el recelo que los chismorreos de los amigos producen en ellos, su separación temporal provoca la angustia por la reconciliación del pintor Youngsoo mientras Minjung, su gemela o alguien que se parece mucho a ella comienza a tener citas con otros hombres que conoce en los bares que frecuenta. Las expectativas de él de cambiar a su novia y las de ella de tropezar con alguien que la acepte tal y como es provocan un contraste que sirve para expresar de forma certera los delitos y las faltas de ambos.

La honestidad en los largos diálogos de sus personajes tan típicos de su director resaltan –entre la broma de su caricatura y la seriedad del subtexto– los prejuicios y las exigencias morales con los que examinan principalmente los hombres el comportamiento de Minjung. El juego de identidades que lleva a cabo a nivel dramático expone con claridad la tesis: el proceso de conocer a alguien por primera vez tiene lugar sin ideas preconcebidas y el ansia de saber más evita cualquier tendencia a cambiar lo que no se conoce por completo. El amor surge así desde la confianza hacia la otra persona tal y como se proyecta ella misma hacia el otro y no filtrado por la mirada de nadie más que los involucrados. Por el contrario, cuando el personaje masculino se deja llevar por las expectativas de cambio para reafirmarse ante la opinión de sus amigos es justo cuando la confianza se desmorona.

A través de algunas visiones de Youngsoo se desvela su proceso de pensamiento simple alejado completamente de lo que puede esperar en la realidad. En ellas puede pasar de querer que Minjung acuda a sus brazos a idealizar una reconciliación perfecta en la que él pide perdón y ella sin exigencias corresponde con la redención y su cariño incondicional. Una ironía que entra en conflicto con ese continuo orgullo del despechado del que hace gala. La ruptura total con todo lo anterior, la tabla rasa que proporciona a Minjung –o su gemela o alguien que se le parece mucho– el perder toda referencia previa de quien conoce también es un medio de liberación para ella misma, dejando patente su necesidad de ser tratada y amada por lo que es y no por la idea de los demás de su persona.