<em><strong>La propera pell</strong></em> (Isaki Lacuesta, 2016)

La propera pell (Isaki Lacuesta, 2016)

¿Quiénes somos? ¿Un producto de nuestra educación? ¿Víctimas de nuestra genética? ¿O sencillamente seres adaptables a las circunstancias para nuestra supervivencia? Todas estas preguntas al respecto de la identidad son planteadas en La propera pell de Isaki Lacuesta no para ofrecer respuesta sino más bien para abrir el debate, para reflexionar sobre el enigma de algo que damos tan por sentado como nuestra identidad. Lacuesta opta por un film de tono reposado, algo frío si se quiere, ayudado no tan sólo por el tono sino por el propio contexto nevado de la geografía donde se desarrolla la trama. Ello contrasta enormemente con los volcanes al borde la erupción que son cada uno de sus personajes. Todos con sus secretos y traumas que parecen siempre desbordar y al mismo tiempo condicionar las personalidades de cada uno de ellos. Sus vidas y sus mundos interiores chocan una y otra vez con la realidad de su existencia, como si quisieran salirse de esa piel que opera como disfraz incómodo de lo que llevan dentro. Así pues, con este panorama hipnotizador Lacuesta se desplaza con su cámara por una telaraña social, por un microcosmos asfixiante, sofocador y ambiguo, donde la violencia está presente en cada uno de los silencios y acciones realizadas o no, en los deseos inconfesables y en un pasado que se proyecta sin parar en el presente, ahogándolo, sepultándolo bajo la nieve.

Mundos muy diferentes son los que encontramos en Under the Shadow (Babak Anvari, 2016), film ambientado durante la guerra Irán-Iraq. Una película que se construye sobre la metáfora de la guerra y la opresión del régimen de los ayatolas. Una metáfora que contextualiza y matiza pero que nunca se superpone al objetivo final del film que no es otro que el de dar miedo, mucho miedo. Y es que Under The Shadow no deja de ser una película de género a la vieja usanza, sin efectismos ni giros de guión, ni abusos de sustos de golpe de sonido. No. Estamos ante una película de factura y empaque clásica, que recorre los territorios de los films de casas encantadas y posesiones de una manera sobria y elegante, enfatizando la construcción (y destrucción) de sus personajes y sobre todo su capacidad de encabronamiento progresivo, de insania profunda y de precipicio entre lo que es real y lo que (puede que) no. Eso sí, sin olvidarse del subtexto necesario, impidiendo que sea un ornamento justificativo pero sin caer en su sobreexplotación. Equilibrio perfecto pues para uno de los títulos a tener en cuenta en Sitges 2016.

<em><strong>Train to Busan</strong></em> (Yeon Sang-ho, 2016)

Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016)

Cuando en una misma película se aúna el concepto de género y la nacionalidad canadiense siempre aparece inevitablemente un nombre a relucir: David Cronenberg. Un autor que es a la vez referente, cierto, pero también ejerce de losa, como de maestro a imitar o al menos ser susceptible de ser imitado, ni que sea en algún aspecto, esencialmente en lo que a la nueva carne se refiere. Cronenberg pues ejerce no ya tanto de cineasta sino de icono conceptual, al que es obligado rendir, de una forma u otra, algún tipo de homenaje. The Void, no escapa de ello, y las referencias cronenbergianas aparecen en forma de parajes desolados y mutaciones transformadores de la carne en algo diferente, superior a lo humano. Y hasta aquí las similitudes, porque Jeremy Gillespie y Steven Konstanski (directores del producto), parecen más obsesionados por John Carpenter que por otro director. La cosa, En la boca del miedo y El principe de las tinieblas son títulos que orbitan constantemente en The Void. Orbitar quizá es la palabra concreta si nos referimos a dar círculos en un bucle inacabable sobre una (buena) idea. Porque The Void no es más que un abigarrado pastiche visual que pretende dar forma a una trama mal hilvanada, confusa, remedada sobre los títulos ya comentados, que sume en la más absoluto de los desconciertos primero, indigna en segundo término y acaba siendo casi una comedia involuntaria. Un film desestructurado y fallido a todos los niveles que nunca consigue sus objetivos, ni crear miedo, ni abrir debate ni interesar lo más mínimo más allá de sacar punta a sus múltiples endebleces.

Train to Busan, por contra, explota hasta la saciedad, hasta el tópico más profundo, todas las virtudes y defectos del cine de género coreano. En este apocalípsis zombie que firma Yeon Sang-ho hay acción trepidante, planificación al detalle, una estructura narrativa sólida y las dosis de gore son, aunque algo escasas, lo suficientemente impactantes para lo que el universo zombie reclama. Sin embargo, hay algo que chirría poderosamente en Train to Busan: su falta de arrojo argumental. Sin entrar en detalles que estarían en el plano del spoiler puro y duro, sí se constata un buenismo alarmente, un uso de la situación de buenos y malos que bordea el arquetipo y solo sirve para usar al villano de espejo ante el resto de bondades y, sobre todo, como contrapunto a un protagonista que pudiendo ser el villano egoísta evoluciona favorable y un tanto patilleramente hacia el heroísmo. Pero sin duda, más allá del argumento y la construcción de personajes, lo que hace descarrilar al film es su tramo final, con flashback emocionales de sonrojo y bochorno, musiquita incidental de consulta odontológica y última secuencia que demuestra que desde los tiempos de Night of the Living Dead (George A. Romero, 1968) el cine de terror ha sufrido una involución hacia la domesticación de su mensaje tan asombrosa como preocupante.