<em><strong>The Wailing</strong></em> (Na Hong-jin, 2016)

The Wailing (Na Hong-jin, 2016)

Presentarse ante una película de Na Hong-jin es esperar, sobre todo debido a sus dos películas anteriores, thrillers de acción desbocada, violencia estilizada y explícita. Eso sí, sin dejar de lado sus siempre elaborados argumentos, sus contextos y los subtextos correspondientes. Por ello de The Wailing es en cierto modo una sorpresa. Sí, el director coreano vuelve a las andadas con sus protagonistas policías, esta vez en ámbito claramente rural. Un lugar y unas actitudes que nos parecen transportar a los mundos de Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003). Y hasta aquí todas las similitudes posibles ya que Hong, amparándose en un tratamiento cuidado de la atmósfera nos sumerge en una pesadilla densa, llena de recovecos oscuros, tradiciones rurales, estafas y posesiones. Un film cuya estructura es laberíntica, o peor, puesto que no hay salida. Solo giros que llevan a una densidad del terror más y más profundo. Es por ello que The Wailing se erige como un film que puede resultar de difícil comprensión argumental, pero que en el fondo no busca eso sino más bien una adhesión epidérmica del miedo, del desconcierto y de la locura.

Mundos dementes, surreales, puertas giratorias hacia la insania son los leitmotiv que han trufado la filmografía de David Lynch, pero ¿qué hay de todo en ello en el Lynch persona? ¿Es el cineasta un Mr. Hyde del Doctor Jekyll persona? David Lynch: The Art Life (Jon Nguyen & Olivia Neergaard-Holm & Rick Barnes) nos propone un debate al respecto e invita a la reflexión posterior sobre la obra del cineasta a partir de su génesis como persona. No en balde la pieza finaliza con el rodaje de Eraserhead (1977). Sí, este no es el documental habitual sobre la obra conocida de un cineasta. No esperen pues encontrar un despliegue cronológico de su obra y sus conexiones referenciales o personales. No. Lo que el documental nos ofrece es un ejercicio sincero de una persona desnudando su yo más personal, su infancia y adolescencia, sus traumas y miedos y también sus motivaciones artísticas. Un ejercicio calmado, introspectivo, que alterna las imágenes del director en la actualidad con archivo y parte de su obra pictórica que, a modo de puntilla, va contextualizando las lacónicas palabras del realizador. Un documental deconstructivo no sólo destinado a fans de Lynch sino a cualquier persona que crea que la persona y el arte son mutuos trampolines de lanzamiento de las pasiones, los miedos y la vida.

<em><strong>David Lynch: The Art Life</strong></em> (Jon Nguyen & Olivia Neergaard-Holm & Rick Barnes)

David Lynch: The Art Life (Jon Nguyen & Olivia Neergaard-Holm & Rick Barnes)

Dejamos para el final de la crónica de este día uno de los eventos más espeluznantes y a su vez esperpénticos que se han vivido en los últimos tiempos en el Festival de Sitges. La excusa cinematográfica: el pase de Vestigis (Iván Morillo, 2016). El resto digno casi de una película de Berlanga. Vestigis es una película amateur, calificada por su equipo técnico como independiente y hecha al margen de la industria. Hasta aquí ningún pero. El problema es cuando ya se ponen estos conceptos como venda antes de la herida. Traducido en latín: sabemos que este es un producto de dudosa calidad, impropio quizás de exhibición, pero es que no teníamos presupuesto. Por esta lógica deberíamos quitar de cualquier escuela de cine a John Cassavetes, por citar un nombre.

Y es que Vestigis es, efectivamente un producto amateur en el peor sentido del término. Mal realizado, sin ningún sentido de la narración ni de lo que significa la puesta en escena o cierta estructura formal. Una especie de mezcla imposible entre teleserie de mediodía y Funny Games (Michael Haneke, 1997) que produce bochorno y vergüenza ajena en dosis similares, cuando no ciertas risas (desesperadas) y hastío al por mayor. Sin embargo, esto no es lo más grave. Al fin y al cabo estamos ante una producción hecha con cariño, con ilusión por lo que se hace y aunque el nivel no llegue a un mínimo exigido, no se puede culpar a su equipo de que la película se exhiba.

Porque el problema principal, lo indignante, es precisamente que se exhiba, que sea presentado por el director del festival, que se llene media sala con equipo técnico, amigos, familiares, círculo de empresarios que han aportado dinero y hasta la alcaldesa de la localidad donde se rodó el film. Nada de ello es de recibo cuando se quiere proyectar la imagen de un festival de proyección internacional. Y es que estamos ante un lose-lose catedralicio, donde el festival puede perder prestigio y donde se le hace flaco favor a los integrantes de la película al recibir una imagen distorsionada de la recepción del film.