Nicolas Cage y Willem Dafoe en <em><strong>Dog Eat Dog</strong></em> (Paul Schrader, 2016)

Nicolas Cage y Willem Dafoe en Dog Eat Dog (Paul Schrader, 2016)

Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí. Algo así es lo que le debió pasar a Paul Schrader al plantear la realización de Dog Eat Dog. Y es que la sensación es de estar ante un producto realizado por alguien completamente ajeno al marco temporal, como si 2016 fuera en realidad 2002 y hacer películas a lo Guy Ritchie todavía fuera lo mainstream, lo cool, lo necesario para epatar con la audiencia. Precisamente Dog Eat Dog parece una película desesperada por empatizar con el público. De estética alucinada y montaje videoclipero, estamos en el territorio de los gánsteres de poca monta, de sus más que probables fallos bajo apariencia de seguridad y profesionalidad. Un argumento que nos sabemos de memoria y que efectivamente no varía en absoluto de lo previsto. En definitiva, una película que se siente anacrónica, forzada, casi de mero postureo estético. Un film, y ese quizá su mayor problema, que resulta inane, incapaz de dejar poso alguno.

¿Qué es el amor? Pregunta tópica donde las haya que roza la categoría de retórica, al no haber una respuesta concreta a ello. Una pregunta que lleva persiguiendo a la humanidad desde sus inicios, como si existiera una receta mágica para descubrir sus cómos, cuándos y quiénes. ¿Qué es el amor? Nos lo preguntamos porque en el fondo lo que queremos saber es si podremos aspirar a ello, si algún día lo encontraremos. Responder a la pregunta sería, en cierto modo, encontrar el atajo hacia él. Your Name no busca dar respuesta a la pregunta, más bien es la confirmación del propio sentimiento, de que no hay atajos para encontrarlo y que su culminación puede ser una larga y dura epopeya.

Your Name es la búsqueda a través del espacio y el tiempo de la culminación de un sentimiento que parece trascender cualquier dimensión humana. Un proceso que consta de sonrisas y también de dramas, de momentos de abandono y de objetivos imposibles. El amor es algo intangible, pero siempre presente de alguna manera en cada lugar y momento, como si en lugar de real fuera un producto de ciencia ficción. Y en esos parámetros son en los que se mueve el film de Makoto Shinkai. Fantasía, viajes en el espacio-tiempo, cometas que destruyen todo menos la esperanza y un romanticismo que se palpa en cada fotograma. Un film bello, autoconsciente de su trascendencia y al mismo tiempo capaz de ser ligero en sus pasajes más humorísticos. ¿Qué es el amor? No lo sabemos a ciencia cierta, pero probablemente lo que cuenta Your Name es lo más cercano a la verdad sobre el asunto.

Michael Shannon y Veronica Ferres en <em><strong>Salt and Fire</strong></em> (Werner Herzog, 2016)

Michael Shannon y Veronica Ferres en Salt and Fire (Werner Herzog, 2016)

Salt and Fire deja una duda en el ambiente: ¿ha perpetrado Werner Herzog un alegato ecológico fallido o, por el contrario, se trata de una broma autoconsciente que intenta confundir al espectador a la espera de ver quién capta el chiste? Tratándose de Herzog es difícil arriesgarse a saber cuál de las dos opciones es la correcta. Lo que sí es cierto es que estamos ante una película tan desconcertante y loca como, quizá involuntariamente, certera en alguno de sus postulados. Por momentos su trascendencia resulta tan irónica, tan remarcada con frases de autoayuda y subrayada con música eclesiástica que no se puede menos que sonreír, como si de un film de un primerizo se tratara, en vez de la obra de un director consagrado.

Sin embargo, Salt and Fire contiene pasajes, quizá inconexos, superfluos e incluso narrativamente reiterativos, pero rodados tan a la aguirreniana manera (esos travelling circulares en el aeropuerto son tan perfectos como chocantes por su ubicación contextual) que uno no puede dejar de admirar la maestría de todo ello. Sí, quizá nada tiene mucho sentido en el film: ni su denuncia ecológica, ni sus personajes esperpénticos, ni sus saltos argumentales absolutamente aleatorios (la historia romántica y las fotos del final son el culmen de ello), pero vista con cierta perspectiva es inevitable que no consiga dibujar una sonrisa en el espectador. Y es que en el fondo a Werner hay que quererlo.