Kim Min-hee y Kim Tae-ri en <em><strong>The Handmaiden</strong></em> (Park Chan-wook, 2016)

Kim Min-hee y Kim Tae-ri en The Handmaiden (Park Chan-wook, 2016)

Uno de los platos fuertes de esta edición del Festival de Sitges era sin duda The Handmaiden. No cabe duda de que Park Chan-wook sigue siendo uno de los directores que más expectación crea aunque, curiosamente, a medida que su carrera se ha ido desarrollando, el nivel de polémica, de debate enconado entre detractores y fans ha ido bajando de volumen en favor de estos últimos. Sí, Chan-wook de alguna manera ha alcanzado un prestigio que le pone ya a la altura de cineasta clásico. Paradojas de la vida esto ocurre cuando su estilo ha entrado en una fase de máxima estilización, de preciosismo barroco, de precisión hiperbólica.

Una firma autoral que encontramos en The Handmaiden, un film rodado de forma elástica, ágil, con una preocupación absoluta por el detalle, sin descuidar en absoluto una mirada general a una situación y a una época. Sí, una vez más el tema de la relación Corea-Japón esta presente, con sus consideraciones y connotaciones raciales y clasistas. Un tema que está en el fondo, pero que se metaforiza en lo micro en las relaciones de sus protagonistas. Pasión, lujuria, traición, robo, avaricia y el deseo de subir en el escalafón social se mezclan entre sí y se analizan desde puntos de vista diferentes. Está lo que se nos pone delante como verdad absoluta pero también el ángulo escondido, el recoveco que apostilla lo dado por sentado y que consigue abrir el foco no a lo complementario, sino al descubrimiento que a veces esas verdades son solo la apariencia de ello y que el fondo puede ser más complejo, más matizado y también más oscuro.

Ha Jung-woo, Kim Tae-ri, Kim Min-hee y Cho Jin-woong en <em><strong>The Handmaiden</strong></em> (Park Chan-wook, 2016)

Ha Jung-woo, Kim Tae-ri, Kim Min-hee y Cho Jin-woong en The Handmaiden (Park Chan-wook, 2016)

Algo que podría ser aplicado al propio producto per se. La apariencia, la realización es de orfebrería, pero sin embargo todo resulta un tanto oropelado, revestido, como si detrás de todo no hubiera nada tan extremadamente importante que contar o al menos no necesitado de tanto lujo. Algo así pasa con su erotismo desbocado. Si en Stoker (2013), su anterior película, Chan-wook hacía de la elipsis una virtud, aquí prescinde de ella y se lanza a un exhibicionismo un tanto infantil, un tanto voyeurista en cuanto a la no necesidad de mostrar pero si a la curiosidad de mirar todo el rato. ¿El resultante? Reducir por momentos el interés global a cuenta de estas escenas sexuales que canibalizan en cierto modo la mirada del espectador y que remiten más a un Jess Franco viejoverdista que a un retratista de una época y un lugar.

De todas maneras, y quizá involuntariamente, el exceso de pasión sexual puede servir igualmente como metáfora global. Para muestra un botón: la última secuencia de la película, una forma quizá poco sutil, pero altamente efectiva de decir que a pesar de todos los odios, engaños y traiciones Corea y Japón se quieren y se desean en lo más íntimo. “Los que se pelean se desean” que decíamos en el colegio. Claro está que sin bolas chinas, pero tampoco sin la belleza de la que hace gala The Handmaiden.