Garance Marillier en <em><strong>Grave</strong></em> (Julia Ducournau, 2016)

Garance Marillier en Grave (Julia Ducournau, 2016)

Si por algo se caracteriza el cine de género belga, y concretamente su máximo representante Fabrice du Welz, es por explorar el horror dentro de los parámetros de la cotidianidad. Ya desde el falso documental Ocurrió cerca de su casa (Rémy Belvaux & André Bonzel & Benoît Poelvoorde, 1992) asistimos al desdibujamiento de los límites entre la rutina diaria y el horror más absoluto. No se trata de lo sobrenatural, se trata del vecino correcto que es un psicópata orgulloso, del desvío en la carretera que puede llevar a parajes de locura interior a aquellos que lo transitan. Se trata de un mundo, quizá condicionado por el propio clima del país, gris, siempre al borde del colapso de lo racional, siempre en el abismo de la locura. Una demencia, sin embargo, que se enfoca, al igual que el traspaso de la frontera de la cordura, de forma natural. Sí, no nos enfrentamos a sucesos de gran relieve sino más bien a un proceso donde el horror forma parte indisoluble de la personalidad de cada uno. Sólo se necesita pues un disparador, un gatillo que la active, sin alterar eso sí la cotidianidad circundante, como si el resto del mundo fuera consciente de ello y sencillamente esperara su turno para caer.

Esta dimensión de la sociedad belga encuentra su referentes estéticos en mostrar las cosas desde un cierto realismo fantasmagórico, de sociedad a punto del derrumbe de sus valores, de lugares que, remitiendo al primer Cronenberg, son reconocibles en tanto que civilizados, pero al mismo tiempo con algo triste, desolado en ellos. Edificios como el que se nos muestra en Grave, que son graníticos, grises y con una cierta estructura laberíntica, donde cada esquina representa un punto ciego donde los monstruos (interiores) habitan. Una estructura que en cierto modo es racional, remitiendo a la propia psique humana, y por ello de fácil desvío y pérdida. Es en este punto de partida, una facultad de veterinaria, donde se aposentan los cimientos fundamentales de lo que se nos narra en Grave.

No estamos ante un film que hable de alguien que por accidente caiga en una ansia caníbal. No hay mordeduras de infectados, ni experimentos fallidos del gobierno. Más bien estamos ante un film de voluntad procesal, de mostrar ese yo interior dormido y cómo lentamente se asume. Sí, estamos ante una película que afronta los problemas de identidad, el angst juvenil, y que confronta a su protagonista a las dudas existenciales propias de su edad: ¿quién soy yo? ¿qué es lo que quiero? ¿por qué estoy aquí? Y lo hace desde una naturalidad apabullante, desde la muestra de una rutina que lenta pero inexorablemente va respondiendo estas preguntas.

Garance Marillier en <em><strong>Grave</strong></em> (Julia Ducournau, 2016)

Garance Marillier en Grave (Julia Ducournau, 2016)

No huye Grave del factor familiar y para ello no se duda a utilizar un elemento de confrontación. Así, la hermana de la protagonista se presenta como espejo, pero también como rival, como profesora y al mismo tiempo como entidad superior contra la que rebelarse. Una relación de amor-odio que se muestra en toda la gama de sentimientos posibles. Desde el consuelo, el cariño y la comprensión hasta la fiereza más despiadada y salvaje.

Estos son los temas, sí, pero para ilustrarlos Julia Ducournau, directora del film, no duda en, al igual que confronta identidades y hermanas, confrontar espacios, tiempos. Si la rutina diaria es gris, si los espacios son monocordes, de precisión rectangular, su cámara se mueve de la misma manera, marcando claras líneas horizontales y verticales, travellings que son como barrotes de una existencia monótona y cuadriculada. Por otro lado aparece el salvajismo, los estudiantes y sus novatadas, la noche, la fiesta. Aquí el silencio queda roto por sonidos ensordecedores, por la brutalidad de cuerpos mostrados a plano cerrado. Confusión, luces estridentes y pasamontañas –con homenaje a Spring Breakers (Harmony Korine, 2012) incluido– ilustran una forma de liberación y asunción del verdadero yo. Es la noche la que transforma y ayuda a soportar el día, a desdibujar los espacios cerrados y liberarlos definitivamente. Como se puede apreciar en el plano que ilustra el fin del periodo de prueba de los estudiantes novatos.

Cierto es que Grave sufre de algún desequilibrio en esta dualidad y que quizá su sobreexplicación, su idea de cerrar completamente la historia, le resta libertad y complejidad. Sin embargo, todo ello se antoja como pequeños elementos a pulir teniendo en cuenta que estamos ante una ópera prima. Lo realmente relevante es que estamos ante un film rompedor, no tanto por sus elementos formales, sino por su coherencia, su valentía y su pasión a la hora de mostrar una historia que es tan grave como su título francés y tan cruda (Raw) como su título internacional. Un coming of age tan brutal como determinista: no podemos escapar de quienes somos. Sólo que en este caso no es un problema, es una forma de libertad absoluta.