Elle Fanning en <em><strong>The Neon Demon</strong></em> (Nicolas Winding Refn, 2016)

Elle Fanning en The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016)

Si algo demuestra Nicolas Winding Refn con The Neon Demon es que su cine está en proceso de cambio continuo. En cierto modo lo planteado aquí no es nada nuevo dentro de su filmografía, sino más bien una especie de regreso a los territorios estéticos de Valhalla Rising (2009) pasados por el tamiz de una estilización progresiva de su Only God Forgives (2013). Sí, Nicolas Winding Refn se está de alguna manera bressonizando en su estilo, por paradójico e incluso contradictorio que esto parezca. Su cine se despoja cada vez más de lo superfluo, la narración se desnuda en pos del poder de sus imágenes. Claro está que al contrario de Bresson, Refn lo somete todo a una barroquización extrema, brillante. De hecho, nunca como en The Neon Demon la propia forma (tan criticada por superficial) había sido tan autoconsciente y definitoria. Sí, la forma es el tema de la película y su crítica es precisamente a cómo nos dejamos canibalizar por ella.

Es la seducción de la apariencia que nos impide ir más allá de la superficie, de cómo esa belleza seduce y embelesa a la manera vampírica, drenando poco a poco la capacidad de raciocinio en pos de una hipnosis de atontamiento colectivo. The Neon Demon es pues un film de género en tanto que flirtea con el fantástico en su atmósfera, desarrollo y desenlace, pero sobre todo porque capta perfectamente lo que es la esencia del género: la metáfora.

Es en el exceso, en las luces y oscuridades, los silencios incómodos, la lascivia y la envidia donde se forja su atmósfera densa, opresiva tanto en la luz como en la oscuridad. Un mundo que parece –y ahí está la clave, en la apariencia– hecho de contrarios pero que forman parte del mismo todo: la superficialidad y lo inane rellenándolo todo de su maldad. Un mundo que al igual que sus protagonistas se define por sus lentos movimientos rutinarios, su ensimismamiento y su egolatría. Un mundo, unas protagonistas, cuyos deseos son los de devorar la carne ajena, ser otro a cualquier precio. Comer o ser comido para poder seguir brillando.

Bella Heathcote y Abbey Lee Kershaw en <em><strong>The Neon Demon</strong></em> (Nicolas Winding Refn, 2016)

Bella Heathcote y Abbey Lee Kershaw en The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016)

The Neon Demon no es más que una fábula terrorífica sobre la vanidad, una pesadilla hiperestilizada de un universo concreto, el de la moda, que es una sinécdoque de los tiempos actuales. Un mundo construido sobre los cimientos efímeros del hype, sus necesidades de inmediatez y su retorno inmediato en forma de una venganza consumada en la digestión imposible del éxito. Winding Refn reivindica pues irónicamente una forma de hacer cine donde la denuncia de un hecho concreto o del estado de las cosas no tiene por qué confrontarse con opuestos estilísticos, sino más bien esperpentizándolos. Como si el ojo, la cámara del director, fuera el filtro por donde pasa la realidad y se refleja en un espejo deformante.

Sí, The Neon Demon es probablemente uno de los films más importantes de nuestra era, tan certero en su descripción de las cosas como inteligente en su forma de plasmarlas. Una suerte de Spring Breakers (Harmony Korine, 2012) con la que comparte su intención sarcástica aún más desesperanzado, más crudo, más pesimista y por ello, en cierto modo, más realista que el film de Korine.