El ciudadano ilustre

Formados en el videoarte y la creación conceptual, los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat han apostado por trasladar su aprendizaje multidisciplinar al terreno de una obra cinematográfica que ya alcanza su cuarto largometraje de ficción. Como ya propusieran El artista (2008) y El hombre de al lado (2009), su película más popular y la única estrenada en España hasta la fecha, El ciudadano ilustre dispara sus corrosivos dardos sobre el mundo del arte, más en concreto hacia las repercusiones que desata en la parcela del ego. La vía elegida, en absoluto disimulada, consiste en dinamitar los mundos de sus personajes a través de la seca contraposición con un opuesto que los pone en solfa. Si, en la obra previa, una lujosa casa de Le Corbusier era escenario de la tensión generada en un rico diseñador por la incómoda presencia de su vecino rudo y espontáneo, los conflictos que plantea la que nos ocupa no se alejan de tal fórmula dicotómica.

Las secuencias de presentación de El ciudadano ilustre ejemplifican muy bien las intenciones de Cohn y Duprat, al diseccionar con un esquematismo sólo aparente la compleja psicología del creador. Daniel Mantovani (Óscar Martínez), un escritor huraño que acaba de recibir el Premio Nobel, cuestiona durante el multitudinario discurso el sentido último de un galardón que anuncia su consolidación como tótem de las letras. ¿De cara a quién se funda ese recién adquirido estatus? Pocos minutos después de su diatriba inicial, los directores argentinos muestran al literato contemplando el horizonte de Barcelona desde una imponente fortaleza acristalada. Está acompañado por su asistente (Nora Navas), que parece ser su único nexo de unión con el mundo terrenal. Acostumbrado a rechazar toda clase de proposiciones, una le llama la atención poderosamente: se trata de recibir un homenaje en Salta, el pequeño pueblo argentino que hace cuarenta años le vio partir hacia la gloria europea para no verle regresar jamás.

Conocedores de sus premeditadas cartas, los autores exprimen hábilmente este punto de partida. El vínculo emocional del ególatra Mantovani con los lugares y recuerdos de su infancia, anónimo pasto para las novelas que le brindaron el prestigio, resulta tan evidente como accesorio para los incendiarios propósitos del dúo. Desde el recibimiento pretendidamente mesiánico al protagonista, con ese desfile entre bomberos y el desopilante montaje casero acerca de su vida, El ciudadano ilustre ahonda en el choque de usos para generar una atmósfera de latente incomodidad, en una clave de sátira despiadada que al mismo tiempo ofrece gags memorables y congela la sonrisa. La tosca planificación, gobernada por encuadres fijos en los que la leve oscilación de la cámara se hace notoria, parece recalcar esta tensión constante; al igual que el hincapié en cada uno de los escenarios filmados, elocuentes sobre los personajes que los habitan y su dificultad para la convivencia en el mismo nivel –“el hotel parece de una película rumana”, cuenta el artista con sorna sobre su sencillo alojamiento rural–.

Cuando algunos habitantes del pueblo, totalmente ajenos a las claves de la creación literaria, deciden rebelarse contra el escritor tomando como argumento su apropiación oportunista de ese mismo pequeño mundo del que renegó, la película se compromete a sortear su primer gran obstáculo. La mediocridad intelectual de los habitantes de Salta, que conforman una comunidad cerrada construida sobre las inamovibles bases del rencor y la ignorancia, no se encuentra aquí siempre acompañada por el habitual contrapunto de bonhomía bienintencionada o gratuita. Esa vida mundana de la que huyó el prepotente Mantovani, entre asados y cacerías, tiene poco de idílico, y Cohn y Duprat se exponen a convertirla en mero objeto de ridiculización. Por fortuna, el retrato del hombre asentado en el éxito e incapaz de crear lazos profundos con su entorno atenúa este peligro y añade excepciones. Se apuesta por no dejar títere con cabeza, apelando a la imposibilidad de un encuentro entre dos concepciones de la vida opuestas y encalladas. ¿Podía el creador, sensible por definición a lo que sucede a su alrededor, haber echado raíces y alcanzar la felicidad en ese lugar remoto ahora convulso por su presencia? Sobre esta cuestión orbita la película, que no titubea en su respuesta ni duda en negar al protagonista cualquier clase de revelación que desacredite sus prejuicios.

El ciudadano ilustre 3

Un quiebro argumental postrero, mucho más coherente que lógico, apunta de nuevo a la necesidad de interpretar la creación artística y a las difusas coordenadas que delimitan el universo del literato. Se consigue, en efecto, replantear lo contemplado hasta entonces como fruto de la visión subjetiva del artista, pero también poner en entredicho buena parte de la esencia de un trabajo que destaca, por encima de cualquier otra virtud, por su absoluto dominio de los tiempos de la comedia, alimentado por el carisma de un Óscar Martínez que no tarda en adueñarse de cada plano. En este último punto, Cohn y Duprat se permiten alguna ligera trampa en pos de gozar del mismo control indiscutido del relato que asume el protagonista sobre sus lectores: el tema crucial de El ciudadano ilustre, refrendado por el tinte metaficcional de su desenlace, reside en la doble visión que el creador guarda y proyecta de sí mismo frente al mundo receptor de su obra.