El misterio de Aaron

En la secuencia inicial de la enigmática El misterio de Aaron, una aparente grabación doméstica de más de dos minutos de duración, la cámara de Carlos Rivero establece un juego con la mirada limpia del niño protagonista, que parece a la vez mostrarse seducido por las reglas que impone su presencia y apabullado por el constante ruido de fondo que acompaña el largo plano. En este primer contacto entre cineasta y objeto filmado –su pequeño sobrino– queda definida la propuesta, que a través de las contradicciones planteadas en la imagen y la banda sonora establece un marco formal riguroso. Aaron, cuya espontaneidad es la propia de un niño de su edad, vive fascinado por un ritual asimilado de naturaleza rígida y totalmente opuesta: el de la Semana Santa sevillana y sus cofradías, cuyos tres pasos estructuran la película.

¿Qué fuerza invisible puede ligar dos mundos tan distintos, el de quien se enfrenta a sus primeros pasos en la vida y el de los que buscan hallar respuestas a su insondable misterio? Sabiamente, Rivero opta por ceñirse al punto de vista infantil y transforma las tribulaciones adultas, a través de un notable trabajo con las mutaciones del sonido ambiental –que incluso llega a interrumpir con una pieza extradiegética de Jonay Armas–, en una constante confluencia de músicas y ruidos cotidianos que enmarañan la tierna inocencia de la imagen. Situando la cámara a la altura del niño, dota a las acciones espirituales de una mística doble, que convierte esa realidad inaprensible para Aaron en algo igualmente oculto a nuestros ojos. Lo que vemos, además de las emociones que refleja su rostro, es un carrusel de iconografía desenfocada y extremidades tendidas hacia él para ofrecerle cuidado o alimento durante el camino.

El misterio de Aaron (2)

La peripecia de Aaron, no muy distinta de una observación iniciática en el ambiente particular de la devoción extrema, corría el riesgo de quedar plasmada como una simple y severa advertencia sobre los peligros de tal inmersión religiosa, rayana en el adoctrinamiento social, a una edad temprana. Pero Rivero finaliza su trabajo con una abstracción casi total de la imagen culminante, filmada por el pequeño, que niega cualquier tipo de conclusión tajante al respecto. Así, el espectador de El misterio de Aaron queda invitado a contemplar sus secuencias con el mismo espíritu que enarbola el niño inocente, abierto a los estímulos que le ofrece un mundo de nuevas sensaciones, lejano a aceptar respuestas preconcebidas. Con ello se nos evoca una percepción inmaculada de la experiencia vital, quizá ya tan remota y turbadora para nuestra mirada curtida como el propio hecho religioso para los paganos. ¿Sería posible mirar de nuevo el cine con los ojos de Aaron?