La luz incidente

Érica Rivas en La luz incidente (Ariel Rotter, 2016)

Las primeras jornadas de cine en Gijón, en un festival que ha asumido su quincuagésima cuarta edición aligerando el número de secciones y títulos de los años precedentes, y no sin comportar alguna baja sensible en el programa, han ofrecido una dualidad algo incómoda. Como viene siendo más habitual de lo que nos gustaría afirmar, el grueso de las películas vistas hasta ahora en el marco de la Sección Oficial, cuyo seno acoge este año como nombres más destacados a Marco Bellocchio, Andrei Konchalovsky o Kenneth Lonergan, ha coincidido en mostrar una dudosa complacencia que parece basarse en el gancho coyuntural de las temáticas escogidas.

De este modo, si la película inaugural Layla M. (Mijke de Jong) rumia el temor europeo a la radicalización islámica a través del retrato de una joven holandesa de origen marroquí, seducida por el extremismo y opuesta a los valores liberales de su familia; Le ciel attendra (Marie-Castille Mention Schaar) adopta un idéntico punto de vista femenino y juvenil, en esta ocasión el de una adolescente francesa entregada a una causa del todo misteriosa para sus allegados. Ambas propuestas perecen por defectos similares: si la primera resulta un compendio de clichés orientado a ubicar las raíces del problema en la marginación estructural, apenas descrita en una simplísima secuencia inicial; la segunda parece llamar a la advertencia nada sutil acerca de los peligros que se ciernen sobre una Europa desorientada. Los modestos logros alcanzados por una obra mínima y no sin limitaciones como La désintegration (Philippe Faucon, 2011), que abordaba el problema del reclutamiento en Francia con verismo e insuflando ciertos matices, quedan lejos de un involuntario díptico casi nulo en términos cinematográficos, del que únicamente podríamos rescatar ese primer plano final del rostro de Layla si no llegara demasiado tarde para salvar la causa.

Sicixia

Marta Lado en Sicixia (Ignacio Vilar, 2016)

Algo más acertada resulta Sicixia (Ignacio Vilar), aunque tampoco logre escapar de esa maraña de lugares comunes y coartadas argumentales. El director de la exitosa A Esmorga (2014), autor en el pasado de varias películas de corte comercial rodadas en gallego, parece desprender cierta voluntad de subirse a la reciente oleada de cineastas surgidos de la región, singularmente preocupados por la evocación paisajística. A través de la abrupta historia de amor entre un técnico de sonido y su ayudante, que recorren la Costa da Morte para realizar un documental, Vilar se sumerge en la idiosincrasia de una tierra de leyendas y estampas imponentes, logrando una atmósfera curiosa con un apreciable trabajo fotográfico. Más a menudo de lo deseable nos parece que esos largos silencios no deberían estar ahí, que pertenecen a otras obras más sentidas y menos impostadas, sensación refrendada por una secuencia final subacuática que pretende erigirse en una demostración de virtuosismo más propia de otro tipo de cine, abandonando la línea íntima seguida hasta entonces. Con todo, quizá lo más inexplicable resulta que haya sido seleccionada como recomendación especial para la igualdad de género, suponemos que por la irrelevante inclusión de un tercer vértice maltratador en la relación entre los protagonistas, con mucho el aspecto menos pulido de un trabajo de hechuras estimables.

Así, los dos títulos más contundentes de estos días han coincidido en secciones paralelas, como si quisiera evitarse la confrontación masiva con unas imágenes de mayor rigor, que implican cuestiones amplias. En FICXLab pudimos ver la última obra de la portuguesa Salomé Lamas, Eldorado XXI, acercamiento alucinante a las condiciones de vida en La Rinconada, una ciudad andina dedicada a la minería. Lamas sitúa su cámara en medio de ese rincón recóndito e infernal, aislado en sus terribles condiciones climatológicas y geográficas, anclado en supersticiones ancestrales y abandonado por los mismos poderes que de vez en cuando utilizan su situación para hacer campaña. A través del retrato temporal –la primera mitad de película es un plano fijo de los trabajadores en la mina, superpuesto a diversas declaraciones que a su vez evocan otras imágenes terroríficas–, extrae de su mapa humano una crudeza visual y sonora inusitada, siempre cercana y honesta con el sufrimiento que padecen sus habitantes, nunca explotadora. El resultado es un documental etnográfico valiosísimo, reflejo de las profundas miserias, pero también de las pequeñas glorias evasivas, que puede llegar a comportar la condición humana en tal enclave.

Eldorado XXI

Eldorado XXI (Salomé Lamas, 2016)

Para finalizar, en Rellumes, una especie de subdivisión no manifiesta de la Competición Oficial, pudo verse La luz incidente (Ariel Rotter), el acercamiento en blanco y negro al duelo de una mujer viuda en la Argentina de los 60. El cineasta apuesta por definir a fuego lento y a través de pequeños detalles el inmenso vacío que rodea a Luisa, excelentemente compuesta por una Érica Rivas que sostiene la película, e introduce en él a otro personaje tan vitalista como seguramente inoportuno, cuya relación pretende rellenar para ella ese mismo hermetismo impuesto formalmente en los primeros compases. Se cuestiona así si la protagonista podría llegar a suplir ese vacío, reciclar su identidad en una nueva unión con el fin de rearmar la senda vital con sus dos hijas pequeñas del mejor modo posible. A caballo entre la angustia existencial del Antonioni de El eclipse (1962) y el misterioso Jaime Rosales de Sueño y silencio (2012), Rotter concluye con un movimiento de cámara que emborrona ese presente de supervivencia para transformarlo en las cenizas de un pasado innegociable. La selección paralela de este drama psicológico se nos antoja difícil de explicar, puesto que sus logros superan a la inmensa mayoría de obras a concurso.