Una novia de Shanghai (Mauro Andrizzi, 2016)

Avanzan las jornadas en Gijón con una sensación parecida a la que ya describimos en el primero de nuestros textos. La mayoría de películas a concurso –con honrosísimas excepciones, en cuyo máximo exponente haremos hincapié– parecen cortadas por un patrón similar, mucho más lúcido en el diseño del esqueleto que en su contenido fílmico real. Sin embargo, no resulta muy costoso bucear en una programación que sigue conservando numerosas secciones y múltiples posibilidades para confeccionar el calendario; al final, casi como recompensa a la búsqueda de toda la semana, acaba aflorando el cine de calidad e incluso cierta frescura inesperada, que de eso se trata cuando acudimos por estos lares.

La última cualidad descrita corresponde al caso de Una novia de Shanghai (Mauro Andrizzi), programada en la sección Llendes –“límites” en asturiano–. Este contenedor, dedicado a un cine algo más arriesgado en las formas que el del resto de competiciones oficiales, nos brinda cada año obras que por sus rasgos tienen desgraciadamente complicado el acceso a otros circuitos, aunque podría debatirse si su inclusión algo aleatoria en una parcela específica es o no apropiada. Desde luego, si por algo destaca la jovial obra de Andrizzi, una suerte de comedia urbana argentina rodada íntegramente en China con actores asiáticos, es por su peculiaridad y la voluntad de tender puentes entre sociedades, géneros y lenguajes a priori opuestos. La peripecia de dos simpáticos y desastrosos rateros de Shanghai, seducidos por el encargo de un fantasma para reunir su cadáver con el de su amada a cambio de dinero, trasciende la singularidad argumental para ofrecer un fresco del todo insólito, trufado de encadenados y efectos digitales de tinte entre kitsch y entrañable. El clásico conflicto entre las tradiciones ancestrales y la China moderna, plasmado en la vertiginosa carrera a cuestas con el ataúd por una ciudad caótica, da pie a ocurrencias tan cándidas y retorcidas que resulta inevitable caer rendido ante ellas. Andrizzi, que se permite incluso un guiño referencial al Leos Carax de Mala sangre (1986), ejemplo de libertad cinematográfica y también espejo de la falta de rumbo de sus protagonistas, recuerda el valor de la innovación y el goce creativo: empaquetar el producto, sellarlo con unas características predeterminadas, nunca ha de ser el comienzo de ningún proceso.

Glory (Kristina Grozeva y Petar Valchanov, 2016)

Stefan Denolyubov en Glory (Kristina Grozeva y Petar Valchanov, 2016)

Por otro lado, en la Sección Oficial despuntó una obra diametralmente opuesta, delineada por el rigor en sus planteamientos dramáticos y que sin embargo coincide en trazar un viaje hacia el absurdo social. Los búlgaros Kristina Grozeva y Petar Valchanov, que sorprendieron en San Sebastián con la precisa La lección (2014), vuelven en Glory a testificar la podredumbre del sistema a través de un pequeño suceso cotidiano e inoportuno. En esta ocasión, el dinero hallado en las vías del tren y devuelto por un humilde empleado ferroviario da pie al casual extravío de su antiguo reloj por parte de las autoridades durante el homenaje. El objeto, con un valor sentimental irremplazable, sirve casi como macguffin de una trama milimétrica cuyos giros acaban apuntando hacia la corrupción del poder. Tal olvido por parte de la clase gobernante de un individuo honrado, única fuerza capaz de permitir cierto norte moral en el mismo país saqueado que aísla y empobrece a aquellos como él, lo acaba ahogando en un mar de tretas. El abrumador pulso dardenniano de sus imágenes, herederas también de la desesperación ante la autoridad y cierta sorna del nuevo cine rumano, confirma precisamente a la pareja de directores como una voz propia y contundente dentro de una crónica social europea necesitada de narradores como ellos para evitar caer en la repetición vacía de fórmulas ante el desasosiego. Desde ya, aunque esto sea lo de menos, se han convertido en nuestros grandes favoritos para alzarse con el máximo galardón este sábado.