Manchester frente al mar (Casey Affleck)

Si en nuestro texto inicial sobre el Festival de Gijón apuntamos alguna de las más flagrantes carencias de la Sección Oficial, con tantas películas dignas como productos irrelevantes, es justo loar también los aciertos de su programa. Ya comentamos las virtudes de la triunfadora Glory, mezcla de cine social y thriller moral que confirma a sus autores como insignes portadores de esa rabia instalada en el panorama europeo. Las últimas películas de Marco Bellocchio y Kenneth Lonergan también fueron dos buenos ejemplos de cine extraordinariamente maduro, construido sobre unos principios sólidos, con independencia de sus virtudes y defectos finales. Por su condición de firme candidata a figurar entre las nominadas para la próxima edición de los Oscar, la selección de Manchester frente al mar había sido pasto de muchos comentarios en la previa del festival. Vista la película, y como tendría que suceder siempre, estos fastos resultan anecdóticos.

La de Lonergan es una trayectoria singular dentro del último cine estadounidense. Guionista de títulos con tanto eco comercial como Una terapia peligrosa o Gangs of New York, sus obras como director se mueven en coordenadas muy distintas. You Can Count On Me (2000), una de las hijas de Sundance más reivindicadas a comienzos de siglo, trazó su primer mapa humano acerca de la culpa y las relaciones familiares disfuncionales. Aunque honesta y auténtica, aquella miniatura se ha visto algo superada por el paso del tiempo, sobre todo en lo relativo a su puesta en escena. Margaret (2012) supuso un notorio paso adelante en la realización, pero el interminable proceso de siete años que medió entre su filmación y el estreno en una versión mutilada no ayudó precisamente a potenciar las estimulantes virtudes intuidas en ella. Rumiando ya la etiqueta de director maldito, con tres películas materializadas en dieciséis años, Manchester frente al mar ha supuesto su primera gran comunión entre forma y fondo.

Manchester frente al mar (2)

Kenneth Lonergan pertenece a esa estirpe de autores, como el neoyorquino asimilado Ira Sachs, que construyen sus obras de manera casi artesana en el reducido margen que ofrece el establishment norteamericano, aportando valor real a una supuesta etiqueta de independencia cada vez usada con menor pertinencia. Manchester frente al mar puede comprenderse y desentrañarse desde los preceptos del melodrama familiar más académico, pero lo más interesante es ver cómo el riguroso trabajo de dirección logra ampliar el valor de un guión de su propia autoría. En el relato de un eterno perdedor (gran Casey Affleck) obligado a tutelar a su sobrino tras la muerte de su hermano, los tiempos de la tragedia cobran un protagonismo fundamental e inusitado. Lo vemos en la relevancia que se otorga al primer proceso de duelo posterior al fallecimiento, que no ahorra trámites cotidianos como el reconocimiento del cadáver en la morgue y alarga lo que en otras películas de este corte se entiende como mera transición. Así, el espacio de la pequeña localidad de Nueva Inglaterra que da título al film, diseccionado mediante tomas desde los coches o paseos de los protagonistas, también resulta fundamental y activa el habitual cliché para el drama rural de comportarse como un personaje más. Este gélido escenario, una ciudad de provincias con su propio mapa personal, unido a la importancia que se otorga a los lazos entre personajes y a la conexión con las raíces, la delata casi como una precisa actualización a estos tiempos de la mencionada You Can Count On Me (2000), con la que comparte líneas temáticas e incluso algún punto de giro de la deriva argumental.

En el debe de Manchester frente al mar, también significativo, están la mayoría de los flashbacks que nos conectan con el pasado que atormenta al personaje de Casey Affleck, unidos a algún lugar común descriptivo y cierta tendencia a la fría sobreexplicación que no parece casar demasiado bien con el riesgo asumido al ensanchar los tiempos dramáticos. Pese a ello, el principal logro de Lonergan en su tercer largometraje continúa intacto: nos recuerda que incluso el cine a priori más canónico puede no estar reñido con aspectos como la autenticidad en las formas o la cruda disección del dolor. Lo que más incita a la reflexión es que haya tenido que esperar dieciséis años para alcanzarlo.