Aloys

– Nuestras voces crean una imagen.

– Nuestras palabras la ponen en movimiento.

– Todo lo que imaginamos es lo que permanece, esa es la esencia.

Aloys (Tobias Nölle, 2016)

Premiada en la Berlinale con el premio FIPRESCI, llega a las pantallas Aloys, una película que nos revela las obsesiones y personalidad hermética de un detective privado, un hombre acompañado de una cámara con la que se dedica a observar el mundo mediante las vivencias de las personas a las que filma, desde la invisibilidad del que se esconde para no ser visto ni juzgado. Este planteamiento narrativo nos revela en su forma el fin expresivo de la naturaleza cinematográfica, que no es otro que el espectador nutriéndose de las emociones transferidas a través de una pantalla con el objetivo quizá subconsciente de complacencia al vernos reflejados en otros. Partiendo de ese punto, el hecho de ver en imagen a alguien observando a través de una cámara nos hace evidenciar de forma explícita el hecho voyeurístico en sí que implica ver una película, de esta forma se da lugar a una fórmula estimulante al coexistir dentro de un mismo plano una “imagen diegética” -la que nos muestra lo que recoge la cámara del personaje- con otra “extradiegética” -el fragmento de la escena que alberga el encuadre-. Aunque debemos indicar que esta alegoría visual está lejos de ser el mayor elemento relevante estético y narrativo del film al quedar relegado en un segundo plano, siendo el sonido quien pasados los primeros minutos se consolide como una parte trascendental del relato, encargándose de gobernar los acontecimientos y los sentimientos que emergen del mismo.

Aloys (2)

Mediante conversaciones telefónicas el protagonista y una chica inician una relación sustentada en el uso de un lenguaje poco común basado, en un principio, en una comunicación habitual entre interlocutores para más tarde encontrar en sus voces y sonidos una especie de poesía evocadora de imágenes sugerentes propias de una cinta de Terrence Malick. Es de esta forma como los personajes se refugian en su imaginación para evadirse de la triste y gris realidad que les rodea dando lugar a una armonía lírica donde la percepción sonora domina la imagen para generar una segunda dimensión paralela en la cual todo resulta idílico, estableciendo así dos puestas en escena distintas, una real y otra imaginaria, que se van alternando para que podamos comprobar las diferencias entre los dos espacios cada cual con un devenir narrativo diferente y a su vez con una estética completamente opuesta -los colores vivos de uno, frente a los plomizos de otro; el ritmo frenético en contraposición de una cadencia pausada…-. No obstante, esta bidimensionalidad es fruto de una simbiosis entre los dos mundos ya que el imaginario se alimenta del real alterando las leyes de tiempo y espacio.

Un ejercicio de estilo cargado de una ampulosidad estética pero que se erige como idea manifiesta de que la imaginación actúa como recurso para combatir la soledad. Sin duda, una apuesta extravagante en su forma pero clarividente en su fondo cuyo discurso metafílmico nos hace plantearnos: ¿es la imaginación mejor que la realidad? De la misma forma que, ¿no es el cine una forma de evasión del mundo real y a su vez es inherente a él mismo?

Por Juan Salinas Quevedo