A Trip in the City

Cuando escogimos a Corneliu Porumboiu (Vaslui, 1975) para ser uno de los protagonistas del primer número impreso de V.O.S., nos contaba que entiende la naturaleza de Rumanía como una transición continua. Esta tensión irresuelta entre el pasado y el presente, repleto de rescoldos de épocas en teoría superadas, ha dado pie a la fértil obra de la conocida como Nueva Ola Rumana, formada casi en su totalidad por cineastas educados en el audiovisual a la luz de la caída del régimen de Ceaucescu. Sin embargo, si indagamos en los cinco largometrajes que a día de hoy conforman la filmografía de nuestro protagonista, veremos que todos comparten una singular y personalísima inquietud por revelar los espectros del pasado bajo la superficie de las imágenes de la actualidad, cuando no por rescatar el archivo memorístico de entonces con la perspectiva que aportan los años de distancia, siempre dejando que tal conflicto entre tiempos se dirima tras la creciente frialdad de su puesta en escena. Ahora que se estrena en cines españoles El tesoro (2015), quizá la obra que mejor sintetiza la riqueza temática de su trabajo, repasamos estas incursiones en la identidad de un país ya asociado para nosotros a su mirada inquieta, ávida de retos.

Sergio de Benito

 

12:08 al este de Bucarest
(A fost sau n-a fost?, 2006) por Juan Salinas Quevedo

12:08 al este de Bucarest

Tras varios cortometrajes, Porumboiu decidió que su ópera prima debía partir de la sencilla idea  -sin la pretensión del que aún tiene todo por demostrar en un primer film- de anclar una cámara sobre un trípode para filmar con total austeridad y estatismo la ordinaria e irrelevante vida de personajes abocados a la mediocridad. Un presentador de una cadena local de televisión que invita a su programa a un profesor de historia ahogado en deudas debido a su alcoholismo y a un anciano que no duda en disfrazarse de Papá Noel en fechas navideñas, ¿el motivo? Narrar sus vivencias personales el día que se desencadenó la revolución rumana de 1989 que acabó con la caída del régimen estalinista de Ceaușescu.

Sin adornos estéticos ni grandilocuencia narrativa, 12:08 al este de Bucarest se construye desde el minimalismo para explorar los terrenos morales que se cruzan para llegar desde la intrascendencia de comportamientos cotidianos hasta el quizá enaltecimiento del ser elevándolo a la categoría de héroe, con el poder mediático de la televisión como vehículo. Una premisa clásica y manida en su planteamiento pero que, ejecutada con ingenio y sarcasmo, consigue establecerse en contra de los modelos epopéyicos tradicionales para ofrecer un relato delirante sobre los acontecimientos que cambiaron la historia de Rumanía. La acción de los hechos sólo nos llega a través de diversos testimonios, cada cual más burlesco, de testigos que aseguran haber vivido una realidad distinta a la de los entrevistados, quedando en interrogante si son realmente héroes de la revolución tal y como se autoproclaman o simples mentirosos intentándose refugiar en una glorificación que no les pertenece. Una muestra de inteligencia y sobriedad para devaluar lo trascendente hasta que llegue a rozar lo ridículo.

Con este film, Porumboiu marcó una impronta para sus obras venideras: escoger argumentos que siguiesen un patrón estructural y temático clásico para entonces poder invertirlo obteniendo un significado más profundo, mordaz, con diversas capas conceptuales, rompiendo con los clichés habituales y acercándose más a la verdad.

 

Policía, adjetivo
(Politist, adjectiv, 2009) por Yago Paris

Policía, adjetivo

El análisis de la estructura policial es un tema habitual en el nuevo cine rumano. Este país lucha por dejar de estar en la cola de Europa, pero todavía arrastra una serie de taras habituales en regímenes dictatoriales o en Estados del Tercer Mundo: corrupción, inoperancia, mala praxis, asuntos todos ellos que varios cineastas de esta nación han abordado en diferentes proyectos. En Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, 2009), Corneliu Porumboiu reflexiona acerca del estado de la cuestión a este respecto, y se plantea cuál debería ser la verdadera función del cuerpo policial.

Cristi, el protagonista del relato, se niega a detener a unos chavales por consumir y ofrecer hachís a otras personas, algo que está penado por la ley con el encierro penitenciario. Ejerce la objeción de conciencia, pues considera que la ley es arcaica, que además está a punto de cambiar, y que va a destrozar la vida de estos jóvenes, por lo que todo apunta hacia la inacción en favor de la coherencia. Sin embargo, el peso de la ley aplasta cualquier argumentación, y el asunto se convierte en un debate dialéctico que poco tiene que ver con el servicio a la ciudadanía y la defensa de la sociedad.

Porumboiu se aleja de una puesta en escena milimétrica, lo que no la convierte en descuidada. El autor sigue cada paso de su protagonista, por lo que la visión de la cinta es la de este, pero, sin embargo, gracias a su buen hacer, el relato se empapa de una objetividad analítica, basada en su alejamiento emocional y físico de las acciones que acontecen. De esta manera, con serena gelidez, el director rumano capta las incoherencias del sistema y plantea que, a la hora de la verdad, los policías son meros peones de un sistema despótico e inhumano; simples adjetivos en un engranaje lingüístico de motor burocrático que es la policía.

 

Cuando cae la noche sobre Bucarest o Metabolismo
(Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism, 2013) por Blanca Martínez Gómez

Cuando la noche cae sobre Bucarest o Metabolismo

Los procesos son una gran mentira y a menudo de la más decepcionante vulgaridad. Eso consigue exponer Porumboiu con sutileza y humor en cada plano fijo de Cuando cae la noche en Bucarest (2012). Venimos perseguidos por la sacralidad del proceso en el arte contemporáneo desde los setenta, el metalenguaje vomita por doquier sus propias hazañas en museos y festivales. Pero si tan sólo forzásemos la mirada hacia el fuera de campo, como en esta ocasión sucede con el ámbito cinematográfico, podríamos cerciorarnos de que jamás resulta el reflejo a las entrañas del proyecto tan interesante como la obra.

Se rueda esta película en los apartes de otra película ficcional. Su director Paul y una de las actrices mantienen un romance entre descansos y lecturas de guión. La futilidad se adueña del ser ante lo visual, la explicación del simbolismo rehuye la mística y así, entre conversaciones que tienen más de puesta en escena que la propia composición del plano, Porumboiu va precisando la deconstrucción de unos personajes burgueses, decadentes e imbéciles que se desploman bajo el cliché de sus personalidades respectivas: la de genio creador y musa.

En esta sátira humana, los pocos detalles teóricos del ámbito fílmico con los que comienza la película cobran un papel cautivador durante el desenlace. Abre el film un plano fijo de la parte delantera de un coche en movimiento, durante el cual escuchamos a Paul divagar acerca de la importancia del celuloide, y de cómo en pocos años la imposición del consumo digital transformará radicalmente las formas de hacer y consumir cine. “Porque en lo digital no hay límites”, asevera refiriéndose al aspecto temporal que lo matérico impone en la creación. Será sin embargo una imagen digital, la grabación de su falsa endoscopia, lo que termine por dinamitar la presunción y superioridad de la que hace gala su personaje. Las secuencias son tejidas por Porumboiu a lo largo del film como la caída a cámara lenta de una vieja vasija de porcelana. De alguna forma es esta imagen digital, sin discurso verbalizado, aquella que expone no solo la verdad sino también sus límites.

 

The Second Game
(Al doilea joc, 2014) por Sergio de Benito

The Second Game

El 3 de diciembre de 1988, Dinamo y Steaua disputaron en Bucarest un partido de fútbol casi rutinario. De no ser porque ese día se midieron los dos equipos más populares de la capital, nadie habría dicho en aquel momento que los noventa minutos broncos, agrios y antiépicos de este empate sin goles podrían ser revisitados con posterioridad. Mucho menos se intuía que iban a ser, crudos e íntegros, el contenido de una obra esencial en el cine del país. Pero Corneliu Porumboiu tiene más puntos de conexión con aquel derbi gris que la hipotética nostalgia que un rumano de su generación –tenía 13 años entonces– podría compartir con él: su padre, Adrian, fue árbitro del encuentro. Y a finales de los ochenta se dirimían más batallas que las deportivas en el terreno nevado del Dinamo Stadium: si el conjunto visitante era el equipo del ejército y también aquel con el que simpatizaba el dictador Ceaucescu, el local encarnaba a la policía secreta.

En el escenario de un régimen agonizante, los comentarios de primera mano entre padre e hijo se superponen a las jugadas de los equipos, escasamente brillantes y nada representativas de la que fue la edad más esplendorosa del fútbol rumano, y proyectan el poco lustroso material de archivo hacia un terreno inimaginable, casi lírico. Nombres como los de Dan Petrescu o Gica Hagi quedan, así, relegados a figurar como clave memorística compartida por la historia nacional y el vínculo paternofilial, temáticas medulares en el grueso del cine reciente del país. A su vez ácido relato sociopolítico y lúcida reflexión sobre los abismos del recuerdo, la fértil The Second Game sigue figurando como la obra más innovadora en el lenguaje de un cineasta que nunca se ha conformado con mostrar la superficie de las imágenes.

 

El tesoro
(Comoara, 2015) por Cristina Aparicio

El tesoro

Un padre ha llegado tarde a recoger a su hijo, y este, en la parte de atrás del coche, confiesa estar molesto por dicho retraso pues, a pesar de entender los motivos, le puede la sensación de malestar por la espera. Con esta escena de roles invertidos (asombra la madurez con que el niño expresa su sensación y el padre se justifica comparándose a Robin Hood), comienza El tesoro, el último largometraje de Corneliu Porumboiu. Una conversación le sirve al realizador para establecer la clave del film y que está tras la búsqueda del tesoro en la que se enfrascan ese padre y su vecino: no hay mayor peligro que la pérdida de la ilusión. Convertida en un valor en peligro de extinción (y seña de identidad de la infancia), la ilusión que subyace en la búsqueda no solo sirve como excusa narrativa sino que desafía al sentido común y al raciocinio de la edad adulta (esa que hace desconfiar de cuentos de hadas o de la pervivencia de las buenas intenciones), dejando al espectador sin posibilidad de anticipar.

La mirada de Porumboiu sigue puesta en la clase más desfavorecida de su país, una mirada consciente del contexto histórico que la encuadra y donde se hacen explícitas las referencias al pasado reciente de Rumanía, conocimiento que aportan sus personajes o programas de televisión (como en 12:08 al este de Bucarest) y que conecta directamente con la situación de crisis actual. El tesoro resulta ser un relato vigente, pero sobre todo, realista donde la búsqueda del botín es pausada, carente de aventuras y peripecias (como dicta el imaginario colectivo o la imaginación de un niño), pues, como sucedía en Policía, adjetivo, la realidad no es que supere a la ficción, sino que directamente la avasalla a golpe de tedio. Y es aquí donde la magia del realizador se pone al servicio de la construcción de planos donde su larga duración y composición aportan comicidad, convirtiendo la situación más disparatada en una aventura verosímil. En este acercamiento a emociones perdidas Porumboiu coloca su cámara, instante en que todo parece rutina y resignación en un mundo de burocracia y problemas económicos, para decir alto y claro que no hay mejor tesoro encontrado que el de las ilusiones perdidas.