-Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.
-No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.

Alicia en el país de las maravillas (1865), Lewis Carroll

 

westworld

Evan Rachel Wood es Dolores en Westworld

Quizá suene a coña, pero todas somos Dolores. El personaje que interpreta Evan Rachel Wood en Westworld encarna el viaje interior y exterior-estético que experimenta cualquier mujer con conciencia feminista que viva en una sociedad patriarcal. Como ya comenté en el primer artículo que dediqué a esta serie, el despertar no es fácil. Tened paciencia con vuestras amigas feministas, entended que son muchos años comulgando con un sistema que nos excluye y margina, que un porcentaje altísimo de la cultura que se produce cada año está creado y dirigido a los hombres y que solo copamos las portadas de los medios de comunicación cuando salimos en pelotas. Es normal que después de ponerse las gafas moradas nos pasemos un par de años eliminando de nuestro alrededor todo aquello que suene a película, serie o prosa cipotuda. Hace un par de días, después de comentar nuestros regalos de reyes y los libros que habían caído, uno de mis amigos me espetaba “¿qué pasa? ¿Qué en esta casa ya no se leen clásicos? ¡Con lo que tú has sido!” Pues eso amigos, entendiendo lo que le sucede a Dolores, nos entenderéis un poco más a nosotras. Vamos allá. Alerta spoilers.

En el mundo de metal y cowboys que crea el Doctor Robert Ford, Dolores es la princesa de cuento que a todos nos resulta tan familiar gracias al empeño de la factoría Disney en consagrar este prototipo de mujer como el único respetable. Ella es una mujer guapa, esbelta, con las mejillas sonrosadas y el pelo largo, rubio y ondulado (donde tiene que ondularse que es de mitad de la melena hacia abajo como manda el canon de belleza actual), con un vestido azul impoluto que marca la cintura y remarca las caderas. En el capítulo 3, Bernard, el jefe de comportamiento, regala a Dolores el libro de Alicia en el país de las maravillas. Quiere que lea, que adquiera conocimientos y comprobar si estos modifican de alguna manera su comportamiento o determinan sus pensamientos. En varios artículos apuntan hacia un paralelismo entre el personaje de Dolores y el de Alicia. Aunque efectivamente ambos personajes tienen mucho en común, obviamente la elección del libro no ha sido aleatoria, encuentro en la protagonista varias semejanzas con la bella durmiente.

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Dolores y Aurora

Todos los personajes del parque tienen asignada una trama con unos objetivos y unas reglas de comportamiento. En el caso de Dolores, como todas las princesas desde Blancanieves a Passengers pasando por Pretty Woman – está programada para ser rescatada por Teddy Flood (James Marsden) -un príncipe dispuesto a dar su vida por ella-, su día a día consiste en hacer más fácil la vida de los hombres que la rodean -en varias ocasiones la vemos barriendo el porche mientras su padre descansa-, es delicada y admirada por todos por su belleza natural (este concepto me hace mucha gracia, pero esa es otra historia y será contada en su debido momento). Así ha sido diseñada y así se educa a las mujeres. Muchos se empeñan en insistir en que eso era antes, que ya no se las trata de inculcar estos modelos. No sé vosotros, pero yo estoy cansada de ver niñas (familiares o hijas de amigos) recogiendo la mesa disfrazadas de Bella mientras su hermano juega a la play con una mano y se rasca los huevos con la otra. También podéis echar un vistazo a las revistas juveniles dirigidas al público femenino. Hay una que se llama Top Model, el título ya es bastante revelador, que enseña trucos de moda, peinados, formas de pintarte la raya del ojo y varios ranking de los outfits de estrellas juveniles desde Taylor Swift hasta Selena Gómez. El target de estas publicaciones son niñas de entre 7 y 12 años. Como a Dolores, se nos programa para lucir vestidos de fiesta azul y agradar a quienes nos rodean.

Uno de los principales motivos por los que comparo a Dolores con Aurora es por el despertar a la libertad, que es la verdadera vida, un concepto que subyace durante toda la temporada de la serie. ¿Qué es la libertad? ¿Qué significa ser libre para una máquina? Estas preguntas empiezan a buscar respuesta en el interior de Dolores después de leer algunos párrafos de Alicia en el país de las maravillas. Aunque su conciencia empieza a generarse debido a un fallo en el sistema que le permite recordar experiencias pasadas, es el contenido del libro lo que despierta su inquietud. Somos lo que consumimos, es algo que tengo muy claro. Los libros y las películas han sido, y son, el mayor pilar sobre el que construyo mi yo. Como a Dolores, a mi también me han generado muchos interrogantes y sin ellos nunca me habría dado cuenta de la situación de mi género. Las historias que he consumido han construido mis deseos. Así, mientras he vivido acorde a los que en las obras se correspondían por lo general con los personajes femeninos nunca he tenido problemas, pero la cosa cambiaba cuando me reconocía en los masculinos y así lo manifestaba. ¿Quién no ha soñado con participar en una orgía como la de Eyes wide shut o en ponerse ciega como Leonardo Di Caprio en El lobo de Wall Street? Solía citar este texto de Bukowski como si fuera irónico o hubiera algún tipo de reivindicación en él:

“—Sí, pero si tú bebes o juegas, ellas se creen que estás despreciando su amor.
—Búscate una a la que le guste beber, jugar y follar.
—¿Quién quiere una mujer así?”

Me ha costado mucho tiempo comprender que no hay nada reivindicativo en estas líneas. Simplemente Bukowski describió una realidad que seguramente él también sentía, que es, simple y llanamente, que nadie quiere una mujer así. Que yo me proyectara en los personajes protagonistas masculinos, no significa que el resto del mundo lo hiciera también, de hecho no lo hacen. Las reglas no son las mismas para ambos.

Dolores y Bernard leyendo Alicia en el país de las maravillas.

Dolores y Bernard leyendo Alicia en el país de las maravillas

El problema no solo reside en este juego de roles, también está la parte en que te prometen un príncipe azul, te inculcan el veneno del amor romántico y cuando creces te das cuenta de que todo ese mito del amor eterno es una mierda, una basura y una mentira insostenible. Vamos, que si encima juegas tu rol de fregona te acabas sintiendo el doble de gilipollas porque nadie va a venir a rescatarte del dolor que supone vivir. Quizá de ahí el nombre. Dolores descubre que no es libre, que vive encerrada en un plató para que otros disfruten de aventuras a la carta. A pesar de ello, no se revela -así está programado en su naturaleza-, no indaga, no toma la iniciativa de huir sola hacia los límites de Westworld y descubrir que hay más allá. Prefiere esperar paciente a que William, el humano que le hizo experimentar el amor romántico, vuelva a por ella y la saque de allí. Como Aurora, espera el beso que la despierte, pero lo único que recibe es una bofetada. Cuando descubre que aquel hombre de negro, cruel, mayor y distante, ese hombre que mata, viola y juega para llenar una vida anodina, es el príncipe que debía salvarla, la poca esperanza que albergaba su cuerpo artificial se derrumba por completo.

No me cabe duda de que muchas conciencias feministas han despertado después de algún tipo de experiencia no sé si traumática, pero sí desagradable. En Teoría King kong, Virgine Despentes relata cuanto se asombró de la cantidad de mujeres que después de que estrenara Bais-Moi (Rape me) (2000) se le acercaban para comentarle que fueron violadas y cómo. Tantas que llegó a pensar que tenían que estar mintiendo. A donde quiero llegar con esto es a que las mujeres que habitan Westworld padecen este incómodo despertar debido a los recuerdos de experiencias inhumanas, nunca mejor dicho, que los visitantes del parque les hacen vivir. Si ellos se hubieran comportado como seres racionales y no como animales de bellota, quizá la revolución no hubiera comenzado. “Los placeres violentos generan finales violentos”. Quizá una posible solución hubiera sido programar a las máquinas para soportar niveles de crueldad inimaginables y no en cuentos de hadas, pero entonces no sería tan divertido para los clientes. La gracia está en experimentar el horror, la ignominia, la barbarie, sabiendo que no habrá consecuencias. Como leí hace poco por twitter, para los opresores la paz no es la ausencia de violencia, sino la ausencia de respuesta a su violencia. Si a Dolores la programaron para creer en el amor eterno y al mirar a los ojos de aquel a quien quiso descubre a un hombre que fue capaz de herirla de muerte (¿os suena de algo?), no hay que ser un lince para atisbar que el final no será, o no debería ser, un happy end. “Los placeres violentos generan finales violentos”. 

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Después de todo este camino, por fin llega al centro del laberinto. La Dolores de cuento y la Dolores con pantalones, camisa y revolver se sitúan frente a frente para tomar conciencia de ella misma, de su evolución y de su futuro. No hubo beso, ni boda, ni perdices para comer. Hubo algo mucho mejor, la respuesta a la pregunta que se hizo desde el principio. Si algo debe tener claro a estas alturas, es lo que significa la palabra libertad. Sabiendo hacia donde se camina es mucho más sencillo escoger el camino a seguir. Valga esta imagen para todos los que repiten que ya hemos conseguido muchas cosas porque vestimos pantalones o votamos, o que no entienden de que nos quejamos cuando en otros lugares del mundo las mujeres están peor que aquí. Hay que ser ignorante para pensar que lucha feminista se circunscribe a un territorio y estúpido para pretender que los demás quieran conformarse con las migajas.