Callback

Más allá del usualmente tibio y conservador enfoque de la selección oficial del Festival de Málaga, plataforma muchas veces orientada a promocionar el estreno de ese corte de películas que contribuyen a perpetuar estigmas sobre el cine nacional, el propósito de la misma competición no encierra pocas paradojas. Que una saludable anomalía como Callback, con sus múltiples imperfecciones, haya tardado ocho meses en llegar a las salas de cine –previsiblemente con un lanzamiento muy reducido y ahogada por otros estrenos– desde que triunfó por sorpresa en el palmarés del supuesto escaparate, no hace sino ahondar en esa brecha significativa entre un cine concebido con aspiraciones únicamente comerciales y otro que encuentra difícil asomar fuera del circuito festivalero, cada vez más tierra de nadie en España.

El tercer largometraje en solitario del catalán Carles Torras, reincidente en el concurso malagueño tras la olvidada Open 24h (2011), supone también su primera aventura internacional. Rodada en inglés y en Nueva York, con exiguo presupuesto pero vocación lúdica, Callback está llamada a ratificar algo tan insistentemente explorado en los márgenes de la sociedad estadounidense como el definitivo fracaso del tradicional american dream, que ha dado con las ilusiones de tantos ciudadanos anónimos enfrentadas a la más cruda miseria humana. Si su principal rémora está en la elección de una tesis manida que se presta a pocas sorpresas, la definición escalonada del personaje escogido para encarnarla revela unas hechuras algo menos rígidas.

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La representación de los usos cotidianos de Larry (Martín Bacigalupo, coautor del guión), un solitario aspirante a actor publicitario que se gana la vida haciendo mudanzas, gobierna la primera mitad de un metraje centrado en su retrato psicológico. A través de estas transiciones por el espacio urbano neoyorquino, alejado de la postal y centrado en los bloques grisáceos de Brooklyn, con un aroma de indie noventero al que se incorpora la imagen digital, Torras y su director de fotografía Juan Sebastián Vásquez no sólo describen la derrota de ese inmigrante latino que interioriza conductas robóticas en pos de un sueño dudoso, sino también el doble ambiente viciado, tanto interior como exterior, que pronostica su inminente colapso. Practicante evangélico y eterno aspirante de castings metódicos, la tambaleante rutina de sus días se rompe con un brutal estallido de violencia derivado de la aparición en ese estrecho mundo de una joven couchsurfer (Lilli Stein).

Desde el diminuto piso del protagonista, pegado a las vías del tren, no para de escucharse el traqueteo de la máquina al pasar cerca de la ventana. Unido a las obras y el tránsito callejero, al que se presta especial atención en el diseño de sonido, este insistente recurso metaforiza su inestabilidad mental. Tal es la confianza en esta baza que, cuando la tragedia se consuma, es el tren lo primero que aparece en pantalla. Estos premeditados subrayados, unidos al uso recurrente y rítmico en la banda sonora de Il mondo de Jimmy Fontana y un concierto para piano de Tchaikovsky, testifican la oscura nube que gobierna el paisaje mental del personaje; pero también acaban por sumergir la película en una obviedad algo incómoda, coronada en el momento en el que un cadáver es envuelto con la bandera estadounidense.

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“La solución a los problemas no es huir de la ciudad”, repite de forma mecánica Larry para ensayar esa prueba que le puede sacar del anonimato y la pobreza. Su mirada final al objetivo que le registra, otro de los recursos formales más insistentes aquí, delata la relación entre su desquiciada óptica interna y la terrible jungla urbana en la que se mueve, destinada a estallar en mil pedazos. La vocación inmediata de thriller ligero y juguetón de Callback, que casi siempre opta por huir de la solemnidad en beneficio del pragmatismo, ayuda a la identificación con ese mundo cenagoso y traicionero que también es el nuestro: del plano final, con la cámara encendida mientras se consuma la debacle personal (“ya te llamaremos”), se extrae que todos somos partícipes y espectadores de un idéntico fracaso estructural.