Hedi, un viento de libertad

La influencia capital de Jean-Pierre y Luc Dardenne en el cine social europeo de las últimas dos décadas está fuera de toda duda. Su reconocible estilo, pegado como una lapa a sus personajes para transmitir esa angustia que les asola, ha sido asimilado por toda una generación de jóvenes cineastas inquietos por las problemáticas urbanas del nuevo siglo. Incluso cuando ellos mismos han optado en su última etapa por conceder un respiro formal mediante planos más abiertos y una creciente luminosidad, el sello de los hermanos belgas sigue asociado a la cortante tensión de sus inicios. En cambio, algo menos familiar es su labor como productores. Con casi cincuenta títulos a sus espaldas, han auspiciado las carreras de directores no siempre cercanos a sus preceptos autorales, tales como Eugène Green (Le monde vivant) o Thomas Bidegain (Mi hija, mi hermana). Ahora, más de dos décadas después de iniciarse en estas lides, extienden por primera vez su compromiso a otro continente en lo que se entiende como un puente tendido hacia el cine norteafricano, pero también como una reflexión, sea o no voluntaria, sobre si la pertinencia de esta marca de identidad es un legado transferible.

Hedi, un viento de libertad es el debut en el largometraje del tunecino Mohamed Ben Attia, y también la primera película de esta nacionalidad que se estrena en España en veinte años –nos remontamos a Un verano en La Goulette, de Férid Boughedir–. El éxito en la pasada edición de la Berlinale, donde cosechó los premios a Mejor Actor y Mejor Ópera Prima, explica en parte este hecho, pero tras verla quedan disipadas todas las dudas sobre los porqués de su calado en Europa. Además del capital y su nombre en la cabecera, la obra de Ben Attia ha importado de los Dardenne un paquete de señas inconfundible: montaje seco, cámara nerviosa y planos adheridos a los rostros o nucas de los actores. Un préstamo tan funcional y bien plasmado como ausente, a primera vista, de una indagación estética más personal.

Hedi, un viento de libertad (2)

Porque la historia que cuenta Hedi es, ante todo, rabiosamente autóctona, tanto que sus personajes y situaciones se pueden entender como una nada velada metáfora del estado de un país, Túnez, que oyó vientos de emancipación allá por la Primavera Árabe de 2011 para terminar anclado en una posrevolución tensa e indefinida. A través de la descripción del Hedi del título (Majd Mastoura), un chico mundano posicionado y sin preocupaciones, pero cuyo presente y futuro están hipotecados por la influencia materna, se exploran indisimuladamente los anhelos de una nación espoleada por su necesidad de reacción ante el régimen. La figura emancipatoria la representa aquí Rim, joven animadora de un hotel costero al que el protagonista, gris vendedor de coches, ha tenido que viajar en la misma semana de su boda concertada, ante la imposibilidad de conseguir un permiso laboral. El choque frontal y discursivo se produce a todos los niveles: su mecánico trabajo como comercial opuesto a la pasión por dibujar cómics, la generación que apenas cuestiona nada contra una nueva dispuesta a pugnar por un cambio, la herencia frente al sentimiento. La contradicción que encuentra Ben Attia en este primer tramo es que, al definir la rectitud de alguien que jamás ha tenido que tomar decisiones, parece instalarse en un terreno cómodo, que apenas traspasa la obviedad de la metáfora y asimila sin originalidad fórmulas ajenas. Lo que debería ser una propuesta rompedora se desvía hacia un frío academicismo, notoriamente encantado de ser clasificado en la misma categoría que el cine de sus padrinos, incluso sabiéndose desposeído de su inexpugnable rigor.

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Junto a la metáfora a pequeña escala del conflicto político, el otro pilar discursivo de la película es su contraposición entre los dos extremos del Mediterráneo. La Francia que tan bien conoce la bailarina Rim y a la que emigró su hermano Ahmed encarna la única salida a corto plazo, aun sin otorgar lo que promete, para una sociedad que sigue anclada en bodas concertadas y herencias ancestrales, ese Túnez que espera desligarse definitivamente del Antiguo Régimen para abrazar una libertad real. “Lo vi todo en la tele, como los turistas”, cuenta Rim a Hedi acerca de la revolución. En casi todo momento, la película de Ben Attia también nos hace adoptar la óptica de visitantes despreocupados ante los problemas autóctonos, lo que acaba por convertir su inapelable corrección descriptiva en cimiento de uno de esos trabajos que, a fuerza de no querer alzar demasiado la voz ni salirse de patrones heredados, terminan condenados a la intrascendencia.