<em><strong>Berlin Syndrome</strong></em> (Cate Shortland, 2017)

Berlin Syndrome (Cate Shortland, 2017)

En la séptima jornada del Festival de Berlín y como proyección especial dentro de la sección Panorama se pudo ver Berlin Syndrome (Cate Shortland, 2017). La nueva película de la directora de Lore (2012) sigue a una mochilera australiana que deambula por las calles del barrio de Kreuzberg en Berlin. Un encuentro casual con un profesor de inglés local aventura el comienzo de un típico romance loco de juventud, pero que en realidad guarda para ella un terrorífico destino. Utilizando recursos del thriller, Cate Shortland hace suya la narración de una historia sobre el abuso doméstico que centra su atención en la evolución de la relación de la víctima hacia su maltratador, utilizando para ello un giro argumental muy perturbador como detonante y anclando el relato siempre en lo cotidiano.

Al comienzo de la cinta el personaje de Teresa Palmer toma fotos con especial interés en los antiguos edificios construidos durante la época de la República Democrática Alemana, símbolo ahora de un régimen de sueños decadentes y obsoletos. Un trauma común que conecta con el personal de un modélico ciudadano alemán que guarda un sombrío secreto en uno de ellos como consecuencia de un lastre que aguanta desde la niñez. Porque Berlin Syndrome utiliza ese obvio dolor generacional como contexto en el dibujo del paisaje urbano berlinés para también establecer desde el principio un irónico y terrible contraste entre la percepción pública de la ciudad en sus calles —cosmopolita, moderna, civilizada— con el transcurso de las vidas de sus habitantes en el interior de sus hogares, donde se dan rienda suelta de forma invisible a todo tipo de horrores. Esos horrores del pasado que aún acechan a la generación que no ha superado los cambios históricos, sociales y familiares, con la incapacidad subyacente para aceptar la búsqueda de la felicidad por parte de los demás.

Es en esta combinación discursiva entrelazada a varios niveles donde brilla especialmente el tratamiento narrativo de una obra filmada con una mirada insidiosa sobre las relaciones personales y la violencia implícita y explícita de sus protagonistas, con un uso de la cámara que tiende a lo observacional y aprovecha de manera elegante el entorno claustrofóbico en el que se ve forzada a pasar gran parte del metraje de un aparentemente típico título de suspense en clave psicológica que sin embargo trasciende los clichés asociados al género. Destacan pequeños detalles como el uso del desenfoque en la fotografía para determinar ese estado autoreflexivo de Clare ajena a lo que la rodea durante los primeros momentos de la producción o las distintas maneras de retratar el cuerpo femenino en función del sentido de cada secuencia en que se representa, huyendo del morbo y manteniendo una distancia determinante para eludir una espectacularización de las imágenes que sería inconsistente con la autenticidad a la que aspira —y consigue— su directora.

<em><strong>El bar</strong></em> (Álex de la Iglesia, 2017)

El bar (Álex de la Iglesia, 2017)

Y en Sección Oficial, aunque fuera de competición, se encontraba la española El bar (Álex de la Iglesia, 2017). Un grupo de personas de diverso origen se encuentra en un típico bar del centro de Madrid a primera hora de la mañana. Al salir por la puerta, uno de ellos recibe un disparo en la cabeza. A partir de ese momento se desencadenan toda una serie de acontecimientos que ponen al límite a los clientes, enfrentándoles a una situación en la que parece imposible salir del local sin arriesgar la vida. En esta propuesta que combina el thriller con elementos de comedia negra el verdadero misterio es quiénes somos en realidad cuando nos enfrentamos a situaciones límite. Esa es la idea de Álex de la Iglesia como punto de partida, muy bien aprovechada durante su primer tramo con los juegos de sospecha, su capacidad de sorpresa y extraordinario humor. Una inspiración que lamentablemente pierde por el trayecto, decantándose a posteriori por un redundante y circular conflicto directo entre los personajes carente de la chispa e interés inicial.

Estructurada en tres niveles, cada descenso en la huida de los protagonistas de la amenaza externa al bar supone también alejarse de los diálogos y la caracterización original de los individuos, de un montaje inspiradísimo y gags visuales que explotaban al máximo la premisa. Todo en pos de insuflar el relato de una progresiva mayor intensidad y sensación de urgencia tan característico de la filmografía de su director, que aquí acaba por desentenderse del mundo creado con anterioridad y las innumerables posibilidades que procuraba para su desarrollo y satura al espectador con gritos. Como consecuencia de ello se desdibujan las relaciones y dinámicas creadas y el drama se transforma en una sucesión interminable de giros culebronescos que poco o nada tienen más que aportar a una obra a la deriva en su recta final.

Mención aparte merece el sonrojante tratamiento visual del personaje de Blanca Suárez —de facto el de más interesante recorrido y centro moral de la cinta—, que en determinados momentos se convierte sin pudor en un simple cacho de carne por la mirada digna de un adolescente sobrehormonado que imprime con la cámara su director, sometiéndola a un vergonzoso repaso hipersexualizado de su cuerpo de manera completamente injustificada. Choca además por el empeño que pone sin embargo en subvertir determinados aspectos sociales y culturales en la misma película dentro del envoltorio de un género tan explotado en España en los últimos tiempos y que rebosa testosterona en exceso, perdiendo una oportunidad clave para desafiar el estereotipo de personajes femeninos en este tipo de producciones.