Carla Simón y Laia Artigas en el rodaje de <em><strong>Estiu 1993</strong></em> (2017)

Carla Simón y Laia Artigas en el rodaje de Estiu 1993 (2017)

Para concluir con la cobertura de la pasada 67ª edición del Festival de Berlín, una producción española destacó no sólo sobre la significativa representación de este año en el evento proveniente de nuestro país, sino en el conjunto de su programación. El largometraje en habla catalana Estiu 1993 se hizo con el Gran Premio del Jurado de la sección Generation Kplus ex aequo con Becoming Who I Was (Chang-Yong Moon and Jin Jeon, 2017) y además con el premio a mejor ópera prima del festival (GWFF Best First Feature Award). Con su directora, Carla Simón (Barcelona, 1986), tuve la ocasión de hablar de su primera película y su directa relación con su vida personal, el proceso de rodaje, las decisiones de estilo y la extraña vinculación entre memoria y cine que confluyen en su obra.


Ramón Rey: ¿Qué supone para alguien como tú, que presenta su primera película, hacerlo en un festival como el de Berlin?

Carla Simón: Pues hace mucha ilusión y lo más impactante es que tiene esas salas enormes y se llenan. Hay gente que se queda fuera. Presentar la película por primera vez en frente de tanta gente a la vez es muy fuerte. Aparte, la premiere fue bonita porque estaban las niñas que vinieron y no habían visto aún la peli. Se vieron por primera vez junto a mucha gente del equipo y eso vivirlo en Berlín es muy bonito.

R. R.: ¿Cómo entraste en el mundo del cine?

C. S.: Me acuerdo cuando estudiaba bachillerato que quería hacer periodismo. Fue entonces donde tomé una asignatura de imagen que hizo que me diera cuenta de que me gustaba mucho el cine. No podía pagarme una escuela de cine y me fui a estudiar comunicación audiovisual. Y claro, no está muy orientado al cine y de repente estaba un poco perdida hasta que hice un intercambio y me fui a California. Fue ahí donde dije “yo quiero hacer esto”. Luego volví y pedí una beca de La Caixa para estudiar en la London Film School y ahí es donde realmente aprendí a hacer un poquito de cine o los inicios de aprender a hacer cine. Aprendí también un poco lo que quería contar yo.

R. R.: La experiencia de hacer estos cortos…

C. S.: Exacto. El corto experimental lo hice en California con un amigo de ahí. En Londres hice ya cosas más hacia el tema de mi familia y temas que me preocupaban. Hice un corto sobre dos niños que se enfrentaban a la muerte de su abuela. Otro, un documental sobre niños que habían nacido con el HIV. Luego uno basado en la relación entre mi abuela y mi tía. Esto fue el corto de graduación que se llama Las pequeñas cosas (2015).

R. R.: Tu familia es una inspiración fundamental para contar historias. ¿No te supone algo también duro a la hora de enfrentarte a ese tipo de relatos que son tan personales y propios?

C. S.: Sí que es duro, pero a la vez es muy rico porque me ayuda a entender mucho mejor a mi familia. El hecho de tratarlos como personajes hace que los explores de una manera muy profunda. En el caso del largo de ahora, también la verdad es que como yo viví eso cuando era tan pequeña que lo he contado tantas veces, ya es como un cuento que no me pasó a mi. Haber tenido que escribir la historia y pensarlo y estirar las memorias y hablar con las personas de mi familia… a mi me hizo reconectar otra vez con la niña que fui y también poder ver la historia desde otros puntos de vista, que es una cosa que nunca me había planteado.

Carla Simón en el rodaje de <em><strong>Estiu 1993</strong></em> (2017)

Carla Simón en el rodaje de Estiu 1993 (2017)

R. R.: La historia concreta de la película es un proceso muy traumático de una niña que tiene que ver mucho contigo, de algo que te ha marcado toda tu vida, pero ¿cómo se te ocurre utilizarlo de base para Estiu 1993?

C. S.: Cuando tuve la idea acababa de hacer ese corto que se llama Lipstick (2013), de dos niños enfrentándose a la muerte y me di cuenta que era un tema que me interesaba muchísimo. Aparte estaba en Londres y también el estar fuera de casa, lejos de tu familia, te hace valorar un poco más lo que tienes o lo que te define. Así surgió un poco la idea. Cuando conoces algo muy bien o tienes recuerdos de ello, todas las cosas pueden ser muy concretas y muy ricas. No tienes que inventarte detalles, porque lo recuerdas o porque existieron. El material de esos recuerdos me parecía que tenía valor. El problema era saberlo ordenar bien para que tuviera forma de película. La primera versión del guión era esos recuerdos uno detrás del otro sin que estuvieran muy conectados.

R. R.: La película también transmite esa sensación de ser memorias un poco dispersas.

C. S.: Claro, yo quería mantenerlo sin duda, porque me parece que esa fragmentación era importante como retrato de infancia. Pero a la vez, quieras o no, una escena debe afectar a la otra como mínimo. Era importante un poco de estructura de narrativa, sobre todo para que el espectador siguiera el proceso psicológico de la niña y entendiera un poco lo que le estaba pasando hasta llegar al final.

R. R.: La protagonista Frida, que es la actriz Laia Artigas, al buscarla en el proceso de selección de las actrices ¿Qué buscabas exactamente? ¿que se pareciera a la idea que tu querías transmitir del personaje, que se pareciera a ti?

C. S.: Buscaba que se pareciera al personaje que había escrito, que era evidentemente un poco yo y un poco inventado. Pero sobre todo que se pareciera al personaje, porque con los niños ya tienes mucho trabajo hecho si se parecen a lo que has escrito y pueden ser ellos jugando de forma más libre que si tienes que pensar en crear un personaje o que dé una sensación distinta a lo que es. Era muy importante para mi que fuera de ciudad, de la provincia de Barcelona, que no estuviera acostumbrada a estar en el campo. También que no tuviera una familia muy convencional a nivel de dinámica familiar. Básicamente esas dos cosas. Físicamente no esperaba que se pareciera a mi, pero sí que tuviera algo que la hiciera particular. Hay niños que a veces los ves y con su mirada te atrapan. Creo que Laia tiene esto y tiene muchos matices. Luego también en el casting fue sorprendente porque cuando ella entra tiene mucha intuición y responde muy bien a lo que le está pasando alrededor.

Laia Artigas en <em><strong>Estiu 1993</strong></em> (Carla Simón, 2017)

Laia Artigas en Estiu 1993 (Carla Simón, 2017)

R. R.: La manera de rodar con las niñas era crear una especie de ambiente de juego, para luego tú meter la cámara donde podías. ¿Eso fue un proceso muy largo, poco convencional?

C. S.: Bueno, no te creas. Por tiempo rodamos de una forma bastante convencional en el sentido de que no estabas ahí filmando a ver qué pasaba. Intentábamos rodar lo que estaba en el guión, porque rodamos seis semanas y con las niñas legalmente sólo podíamos rodar 6-8 horas. Eso es muy poco. Lo que hicimos previamente fue un proceso de ensayos muy largo para crear las relaciones entre los personajes que nos interesaban. A lo mejor nos tirábamos en una improvisación toda una tarde. Yo iba dándoles premisas a los actores, los adultos y la niñas. Así poco a poco se iban creando las relaciones que yo quería y ya tenía la intimidad que buscaba. También hacíamos combinaciones distintas entre los actores. Trabajamos mucho con Bruna (Cusí), David (Verdaguer) y Paula (Robles), que eran la familia. Trabajamos mucho con Lola, la tía, y Laia, para que tuvieran esa complicidad. Todo eso fue un juego, no ensayamos nada de la película sino que eran cosas más improvisadas y sencillas. Como estar una tarde y hacer un pastel. Había cosas así, improvisaciones un poco más dramáticas, pero algunas eran sólo pasar tiempo.

Luego al rodar pues sí que lo que intentábamos era que pudieran hacer la escena de tirón, para no tener que preocuparnos sobre marcas, racord y esas cosas. Y también de alguna manera poder estar más allá con ellas en el momento. Los planos largos tienen eso. Era maravilloso cuando funcionaba, pero muy difícil a veces. Porque una mirada a cámara o lo que sea ya hace que no tengas las escena entera y sufríamos mucho. Al final en montaje sí que editamos algunos de esos planos que en aquel momento era como “no tengo la toma” y luego te das cuenta que siempre hay maneras, que la edición es maravillosa.

R. R.: En tus cortos anteriores has pasado de usar recursos de cine experimental a algo mucho más estilizado. Sin embargo en Estiu 1993 la propuesta formal es más cercana al documental, de una mirada directa a lo que está pasando. ¿Era algo que tenías claro desde el principio que querías transmitir una forma de realidad muy auténtica?

C. S.: Por la escuela donde estudié, por lo que sea, tengo una cosa con el encuadre muy fuerte. Me gusta encuadrar casi simétricamente. Después de hacer Las pequeñas cosas, que trataba de esa relación entre esa madre y esa hija y era todo muy estilizado, me di cuenta que había una distancia entre lo que estaba contando, entre mi y los personajes a través de la cámara. Que era adecuada en este caso, pero que no me interesaba para nada en el caso de Verano 1993, porque para mi era importante estar cerca de la niña y de la familia. Tenia muy claro que para dar esa sensación más de verdad y de estar con la niña tenía que ser cámara en mano y estar capturando la realidad.

Tenía unas imágenes muy claras de mis recuerdos que quería filmar. Luego cuando estas en el rodaje hay una realidad ahí que puedes encontrar esas imágenes, pero estás rodando con niños… hay mil cosas. Fuimos encontrando esta manera para mantener esa idea de realidad que era lo importante, que fue un poco más yéndose hacia esa sensación de documental o como casi de video doméstico. Es muy curioso ahora, porque la principal inspiración durante todo el proceso fueron las fotos de cuando yo era pequeña. Me pasó luego que terminado el montaje había encuadres que se parecían. Era una cosa muy inconsciente, pero con Santi (Santiago Racaj) el director de fotografía siempre tuvimos claro que para dar esa sensación de realidad no podíamos encuadrar muy bien. Tenía que ser algo más no sucio pero menos perfecto.

Carla Simón y Laia Artigas en el rodaje de <em><strong>Estiu 1993</strong></em> (2017)

Carla Simón y Laia Artigas en el rodaje de Estiu 1993 (2017)

R. R.: Viendo Estiu 1993 vienen a la cabeza películas como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) o Cría cuervos (Carlos Saura, 1976) respecto a cómo creas un universo infantil muy completo con muchas capas, donde parece que viven ellos solos. Incluso hay escenas que se podría decir conectan directamente como la escena musical con Bom Bom Chip o cuando se está maquillando. ¿Tenías eso en mente como referentes?

C. S.: El espíritu de la colmena y Cría cuervos han estado siempre acompañándome en el proceso de hacer la película. Son películas que me encantan y admiro muchísimo. Es verdad que hay escenas que se les parecen, pero no están sacadas de ahí sino de mis recuerdos. ¿Quién no ha bailado una canción mil veces cuando es un niño? ¿Quién no ha jugado a disfrazarse? Es normal que haya ciertas cosas que se repitan cuando hablas de la infancia. Sobre todo a mi por lo que me inspiraron mucho estas dos pelis era en la forma de tratar el contexto, que es algo que está ahí de una manera muy sutil, pero que tiene un peso muy grande en la película. Lo sientes, lo respiras, pero no está hablando directamente del contexto de la historia. Eso me parecía muy interesante.

R. R.: El punto de vista que estableces en la película es siempre teniendo en cuenta la perspectiva de la niña protagonista. Con eso evitas caer en ser condescendiente con ella o simplificar lo emocional, que es lo importante de la película. Muestras que el mundo interior de la niña puede ser igual de complejo que el de los adultos. ¿Era importante el ceñirte hasta el final en ese punto de vista de la niña para contar su historia y no desde el de los adultos, que sería completamente diferente?

C. S.: Sí, era superimportante. Ya desde guión salió así. Yo lo viví en primera persona, entonces tenía sentido que fuese la niña la protagonista. Por mi parte lo que yo quería con esta película era mostrar de alguna manera la visión de un niño ante la muerte y cómo se enfrenta a ella. A veces como adultos pensamos que los niños a lo mejor no lo entienden, pero una niña de seis años entiende qué significa que su madre haya muerto, aunque evidentemente le cueste aceptarlo o incluso gestionar sus emociones. Porque la película habla de la no gestión de emociones. Por otro lado también los niños a veces son los primeros en adaptarse a nuevas situaciones. A veces a los adultos les cuesta más.

También era importante esta sensación de que un niño es un niño y a pesar de estar viviendo una situación dramática puede jugar, puede reír, puede estar triste, … es un poco montaña rusa. Eso que para nosotros es irracional con ese esfuerzo de memorizar fui como encontrándole la psicología a la niña. Sí que es verdad que eso del punto de vista en el guión está muy claro. En el rodaje me pasó que tenía los adultos ahí y yo veía que lo que estaban transmitiendo ellos también era muy interesante. Alguna vez nos perdimos un poco y luego en el montaje ya lo retomamos para entender bien a la niña.

R. R.: Utilizando recuerdos y experiencias personales se puede hacer muy difícil diferenciar dónde acaba uno y empieza lo otro. El cine siempre se ha utilizado para construir la memoria colectiva o personal. Tú lo has hecho pero para transmitirlo a los demás. ¿Has notado que te haya afectado, que se haya difuminado la línea entre la película y lo que recordabas o viceversa?

C. S.: Sí, absolutamente. De hecho cuando tienes seis años y algo así pasa la memoria es muy selectiva y hace como un borrón y cuenta nueva. Empiezas casi de cero con tus memorias también. Para escribir el guión tuve que hacer una reflexión de intentar recordar más que situaciones concretas, sensaciones o cosas que me pasaban por la cabeza cuando era pequeña. Pero está todo muy desdibujado en mi cabeza y me ayudó mucho mi nueva madre contándome muchas cosas. Aun así entre lo que te cuentan, lo que tú más o menos recuerdas y que llega un momento en que empiezas a inventarte cosas… sé que hay ciertas cosas que me he inventado, pero hay otras que ya no sé si me he inventado o realmente pasó así. La memoria infantil es muy difícil de tomar en serio.

Bruna Cusí y David Verdaguer en <em><strong>Estiu 1993</strong></em> (Carla Simón, 2017)

Bruna Cusí y David Verdaguer en Estiu 1993 (Carla Simón, 2017)

R. R.: La película está rodada en catalán y comentaste durante la presentación al público que no sabías qué iba a pasar con la distribución, si iban a doblar la película o no. ¿Te parece lógico que se tenga que doblar al castellano para distribuir la película en España?

C. S.: Creo que no debería doblarse. No estoy muy metida en temas de distribución y no sé qué significaría que no se doblara. Lo que pasa es que tenemos que doblarla porque Televisión Española puso dinero y creo que se tiene que doblar para eso. Me parece que es una pena, porque con las niñas va a ser muy complicado. Le va a quitar mucha verdad. Pero es una cosa que ya aceptas. Estamos en España, las películas se doblan y básicamente intentaré no verla doblada.

R. R.: Y algo que está ahí en tu película, aunque está en segundo plano, es el estigma social de los enfermos de SIDA y todo lo que hay alrededor, que era mucho peor entonces y sigue existiendo ahora. ¿Querías ser tan sutil introduciendo ese tema de forma secundaria o era tu intención dejarlo más visible a priori?

C. S.: La intención siempre fue que fuera una cosa que estuviera ahí, pero en segundo plano. No quería que la peli de repente tratara sobre el SIDA y sobre una niña que perdió a su madre por el SIDA y que a lo mejor no lo tiene pero a lo mejor sí. Para mi no es el tema, porque tampoco lo viví así. No supe de lo que murieron mis padres hasta que tuve doce años, por eso también era muy importante que la palabra en si no saliera en ningún momento. Porque como es desde el punto de vista de la niña no oiría esta palabra. Para eso evidentemente tuve que ser un poco no explícita, pero recrear escenas que a lo mejor no viví. Como cuando cae la niña. Eso no lo viví. Nunca estuve afectada por un estigma, porque lo que pasó es que cuando llegué a mi pueblo ya sabían que no había heredado nada de mi madre y que no había ningún peligro para nada.

Lo que pasa es que sí que era muy fuerte el estigma en este momento y es que en España murió mucha gente de SIDA. Me parecía importante mantener el contexto, porque creo que también hay que hablar un poco de ello. A pesar del estigma, mucha gente conoce a gente que murió de SIDA y se vio afectada. Y como yo hay muchos niños que también perdieron a sus padres.

R. R.: Lo curioso es que tu película es muy optimista al respecto de cómo se puede superar este tipo de cosas simplemente con el amor de los tuyos, de la familia. Transmites una gran vitalidad a pesar de contar cómo una niña ha crecido rodeada de la muerte.

C. S.: Porque considero que mi historia es una historia feliz. Mi madre murió, mi padre también, pero fui a parar en una familia donde me educaron superbien, donde me hicieron crecer muy bien. Como los quiero tanto, eso se transmite. Ese amor está en la película en forma de sensación de que esta niña al final va a estar bien. O en los personajes. Está, está ahí.

(Entrevista realizada el 14 de febrero de 2017)