Nuestros gustos nos definen. Recuerdo que hace años me enfadé muchísimo porque en una entrevista de trabajo me preguntaron cuales eran los tres últimos libros que había leído. Me pareció una intromisión intolerable a mi intimidad. Aquella pregunta no podía ser contestada de manera sincera ni a la ligera, necesitaba meditar los tres títulos que quería revelar que había estado leyendo a aquel desconocido. Él se haría una idea de como era yo dependiendo de mi respuesta. Debía tener unos 20 años, así que sospecho que la realidad debía acercarse a algo así como Sexus de Henry Miller, Plataforma de Houellebecq y La filosofía en el tocador del Marqués de Sade. No creo que hubiera conseguido el puesto de trabajo y además aquel señor hubiera pensado que era una pervertida con toda seguridad. Si esto mismo me lo preguntaran ahora me tomarían por una feminista exaltada, como dice Caitlin Moran. Precisamente ella escribió Como ser mujer, el libro que acabé hace unas semanas, ahora estoy con La campana de cristal de Sylvia Plath y anteriormente Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adiche. Mis gustos no solo me definen como persona sino que revelan en que momento de mi vida me encuentro. Obviamente, mentí en aquella entrevista.

Cuando conozco a alguien que me dice que le gustan las películas de John Waters me invaden unas ganas locas de compartir cañeo con esa persona. No es algo tan simple como tener en común debilidad por un director, es todo lo que ello implica. El tipo de persona que venera a John Waters es, precisamente, el tipo de persona que me gusta tener cerca. Con solo ese dato sé que es gay friendly, que le gusta el humor escatológico, incorrecto y bastante negro, que seguramente sea algo hortera, que no tiene miedo de descubrir cosas nuevas o de dar la nota, que bebe mucho alcohol, que le gusta bailar y salir de noche pero también que se interesa por la cultura. Es más que probable que con esa persona pueda hablar de Flaubert, de Ter y de Yurena con la misma emoción. Positiva, por si quedaba alguna duda. Repito la frase con la que he iniciado este texto: nuestros gustos nos definen.

El pasado viernes se estrenó la versión de acción real de La bella y la bestia y mi fe en la humanidad se ha llevado una hostia del tamaño de un cráter de meteorito. Llevo todo el fin de semana respondiendo a preguntas del tipo: “Que el argumento es machista es innegable. Pero teniendo en cuenta que simplemente es un homenaje a la película del 91, ¿pudiste disfrutarla?”. Claro, en ese momento me siento como si me estuvieran vacilando y yo, que soy de Aluche, me pongo muy nerviosa cuando me vacilan. ¿Pudiste disfrutarla tú sabiendo que es machista? ¿Cómo qué es un simple homenaje? ¿Qué mierdas hacemos haciendo homenajes en el 2017 a obras basadas en relatos que se crearon para convencer a las mujeres de que debían portarse bien con los viejos a los que las vendían sus padres? Es la historia de un secuestro. Es una película en la que una puta tetera come la cabeza a una mujer – guapísima – con frasecitas morales como que la belleza está en el interior. En 1991 no veíamos el machismo repugnante que destilaba esta película, pero ahora sí. No sé a vosotros, pero a mi mis profesores de Historia me decían que era importante conocer el pasado de la humanidad para no repetir los mismos errores, así que la respuesta es no. No puedo disfrutar de una historia que ahora soy capaz de analizar y que sé que verán millones de niñas en el mundo. Lo que cuenta esta película no es una caso aislado, es la tendencia habitual de la fabrica de filmes infantiles con más éxito del mundo. No puedo disfrutar de algo que, por propia experiencia, sé que dejará poso en esas futuras adolescentes, que no querrán acostarse con un chico al que acaban de conocer en una discoteca  – ergo les importa más bien poco – porque no van depiladas, pero que a él no le turbará un pelo no haberse duchado. La belleza está en el interior, pero no para ti. Tú que estás gorda, adelgaza. Tú que tienes las tetas pequeñas, opérate. La belleza está en el interior del género masculino pero en el exterior del femenino.

Otra pregunta que me han hecho, y que no he sido capaz de contestar en el momento, es si se es machista por ir a ver La bella y la bestia. Si se es consciente de que el argumento es machista – y no será porque no se ha hablado de esto hasta la saciedad en los últimos meses – me causa serias dudas. Imagino a un animalista yendo a los toros, pagando su entrada, diciendo que se lo ha pasado estupendamente y preguntándome: “¿de verdad crees que porque haya ido a los toros ya no soy animalista? ¡Es sólo una corrida!” Me cuesta entender como se puede no estar de acuerdo con el fondo de una obra y, aun así, reconocer que se ha disfrutado con ella y participar monetariamente, lo que implica que fomentas la producción de estos contenidos y su propagación. Sacad vuestras propias conclusiones. Cada uno puede consumir los productos culturales que le salgan de la entrepierna, pero estamos en un momento en el que ya no basta con decir que se está a favor de la igualdad. Hay que preguntarse si uno hace algo para conseguir que sea efectiva o si por el contrario promueve con sus actos que no se alcance definitivamente. Lo que sí sé, y tengo clarísimo, es que nuestros gustos definen nuestra persona así como el dolor indica enfermedad. Y hay que joderse lo que me duele ver la recaudación en taquilla de La bella y la bestia.