(Fotografía: Txisti)

¿Cómo actuar si el Espíritu Santo entra en tu casa y no te llama a ti? El navarro David Arratibel, publicista y comunicador además de autor del documental Oírse (2013), elaborado a partir de su propia experiencia con los acúfenos (sonidos internos), vio hace seis años cómo su madre y sus dos hermanas abrazaban repentinamente la fe católica, en un proceso del que él se sintió alejado sin remedio. Ahora, gracias al cine, esa comunicación pendiente se retoma en Converso, obra frontal e introspectiva que pasa de cuestionarse los porqués de esta transformación a convertirse en la deuda que el director agnóstico y su familia tenían desde que él mismo se sintiera incapaz de abordar el asunto en su día. Lejos de intentar invadir la naturaleza de un cambio tan profundo, Arratibel logra transmitir con habilidad su experiencia personal y estimular el respeto de un tema a veces tan espinoso como la fe ajena. Tras conseguir el Premio del Público y arrancar ovaciones en Punto de Vista, el festival de su ciudad, Converso llega ahora a Málaga y se estrenará en salas en octubre de la mano de Márgenes Distribución.

 

V.O.S.- ¿Cuándo surgió la idea de abordar la conversión de tu familia a través de una película? En Converso hay grandes implicaciones personales para ti y para ellos.

D.A.- Cuando terminé de hacer mi primera película, ya estaba pensando que en la historia de mi hermana, sin pensar en el resto de la familia, había algo singular. Era solamente una sensación. Al valorar ponerme a hacer algo con ello, me di cuenta de que yo no podía hablar de esa conversión como si fuera la de un extraño. El planteamiento iba a tener unas implicaciones personales muy importantes, aun sin tener claro cómo iba a ser la película. Es más, Converso se ha ido haciendo sola, muy poco a poco. Yo no sabía si iba a hablar con mi hermana, si iba a hacer entrevistas… hay muchos fallos en ella, en el sentido de cómo está planteada. No tenía una premisa muy clara, me interesaba la historia.

Me di cuenta de que todo cambiaba cuando fui a preguntarle a mi hermana por su proceso y me descubrí en un espejo, en el que ella me dijo que la película le había servido mucho porque “de una puta vez” habíamos podido hablar de esto, de lo que antes yo no quería hablar porque me daba mal rollo. Ahí me empecé a plantear cómo de miserable es mi figura: seis años después de que se convirtiera, el único momento en el que me planteo preguntarle por ello es para hacer una película. ¿Por qué ahora decido hacerlo? Cuando empiezas a cuestionar, cuando empiezas a hurgar mucho en el de enfrente, te vas a encontrar contigo mismo y todas las preguntas te van a rebotar. De repente me sentí en una duda moral absoluta de por qué les estaba grabando, por qué estaba haciendo esta película. Esa era la duda, pero Converso se fue haciendo sola.

V.O.S.- ¿Introducirte a ti mismo en el cuadro y en la estructura de la película, cantando al final con todos ellos, es la manera de expresar este respeto, esta búsqueda de comprensión y entendimiento?

D.A.- Al principio, de manera torpe, cuando grabé a mi cuñado y a mi hermana, los grabé en un formato de entrevista típico, con una actitud de entrevistador en la que apenas intervine, sin querer pisar sus declaraciones. Pero cuando mi hermana me dijo eso, me di cuenta de que ahí estaba la conversación pendiente que tenía con ella, entonces me planteé que debería estar hecho de otra manera, porque era una conversación. Entonces, en el plano posterior con mi hermana pequeña y con mi madre, yo ya salgo, intervengo más, hablo con ellas. Me di cuenta de todo aquello cuando ya había grabado a mi hermana mayor y a mi cuñado. Pensé en grabarlos de nuevo, pero jamás en la vida iba a tener la frescura de cuando me contaron por primera vez el proceso, cuando mi cuñado creía que íbamos a hablar de órganos de iglesia y le pregunté de repente por su conversión. Asumo todos esos fallos como parte del proceso de la película, porque este tipo de cine te va descubriendo cosas conforme lo haces. Lo que está ocurriendo mientras tanto te da pistas, te sugiere cosas, es lo bonito que tiene.

V.O.S.- Este descubrimiento se transmite también al espectador, la película cambia con tu actitud. No puedes “filmar al Espíritu Santo” ni aspirar a entender la fe, pero sí saldar esa cuenta pendiente con tus familiares a través del cine, y también entenderte a ti mismo como observador de ese proceso.

D.A.- Hubo una cosa que me sorprendió cuando veía y escuchaba el material, y es que estaba teniendo una actitud casi inquisidora. A Raúl le preguntaba qué había tenido que ver en la conversión de mi hermana, a ella cómo fue el momento… hasta que me dije: ¿quién soy yo para cuestionar algo que a mí no me está haciendo ningún mal, por qué ese rebote? Luego todo cambió, intenté conversar para tratar de entender y analizar por qué eso me estaba generando rechazo. Tenía más que ver con mi sensación de exclusión al quedarme fuera de su proceso que con un rechazo a estas posturas o a su nueva forma de vivir.

V.O.S.- Primero se convirtió tu cuñado Raúl, después tu hermana María, después tu madre y tu otra hermana, Paula…

D.A.- Cuando Raúl se convirtió, todavía no era mi cuñado, era amigo de mi hermana. Ellos cenaban una vez a la semana, mi hermana lo llamaba por aquellos años “cena de filósofos”. Era un grupo de amigos al que había conocido en el conservatorio, quedaban y hablaban de teología, de filosofía, del orden en el universo. Yo lo encontraba muy divertido según me lo contaba, a punto estuve de ir a alguna (risas). De los seis que iban a las cenas, cinco se convirtieron. Mi cuñado cuenta que, el día que se confesó por primera vez, fue a la cena de después y no se lo contó a los otros. Aunque estaba en un grupo de debate, en ese momento había entrado en un plano tan íntimo que no podía ni siquiera contarlo allí. Al cabo de unos meses se convirtió mi hermana María, que todavía no era su pareja, yo no me di cuenta hasta que no la vi con un crucifijo en la mano, ahí me hice a la idea de que algo estaba ocurriendo. Mi madre creo que sí tuvo alguna influencia de ella, no concreta, pero estaba viviendo con mi hermana mayor en ese tiempo. Paula, mi hermana pequeña, fue la última. De una manera absolutamente personal, también muy íntima, llegó a la convicción de que Dios existe. Además, yo tenía una percepción de que mi hermana mayor había hecho una labor de captación proselitista con ella, y luego resultó que no, que no habían hablado de ese tema jamás. La primera vez que fue para la película, porque se agobiaron un montón, algo así como “que viene David a preguntarnos”.

V.O.S.- Al final también parece que Converso trata de eso, del cine como artilugio que posibilita una comunicación que antes estaba impedida. A través de tu posición de cineasta, la familia mira hacia sí misma.

D.A.- Ahí hay unas dudas morales tremendas. Si nos ponemos buenistas y positivos, el dispositivo cinematográfico ayuda y provoca la conversación. Pero si también me pongo a pensar, analizándolo, es un poco miserable. Llevaba seis años con esa conversación familiar pendiente y hasta que no quise hacer esta película, por una ambición como documentalista, no la abordé. El resultado ha sido muy positivo, pero en el origen de todo no sé si hay algo un poco cuestionable, la verdad. No es tan maravilloso.

Esas dudas sobre grabar a mi familia estuvieron presentes desde el minuto uno. Al final, como al cabo de tantas conversaciones ya nos podíamos reír de todo esto, un día, hablando con mi hermana en la cocina, le dije que su frigorífico era lo más friki que había visto (risas), con los imanes de santos y todo aquello, así que grabé aquel plano. Estaban mis tres sobrinos detrás, que como niños siempre dicen la verdad, “¿por qué quieres grabar todo lo nuestro?”, y yo ya ni sabía qué decirles. Ahí está toda la película, ¿con qué legitimidad quiero hacer yo eso?

V.O.S.- En ese sentido, ¿cómo ha reaccionado tu familia al estreno, a verse en la pantalla?

D.A.- El primer pase con ellos fue en casa, hace ya tiempo. Ha habido veintidós montajes diferentes, pero en cuanto tuve aquel en el que se vislumbraba un poco lo que iba a ser la película, quedé con ellos y les enseñé todo. Existía el claro pacto de que, si había la más mínima duda sobre cualquier contenido que hubiera, no saldría a la luz, le daría fuego y jamás se sabría más de ella. Yo fui muy honesto con ellos, les dije que se les iba a ver como seres delirantes, que igual había gente que les tiraba piedras a la salida del cine, que incluso me iban a cuestionar a nivel moral lo que estaba haciendo. Con ese final cantando, pensé que les iban a ver como a esos personajes de Herzog, que les pones una cámara y se vuelven locos. Les propuse que trataran de cambiar su mirada por la de alguien ajeno, que no pecaran de ingenuos ante lo que podía suponer. Pero les daba igual. Están contentos, yo creo que salen bien parados todos.

Mi principal duda sobre la recepción era en personas con una posición contraria, más beligerante con todo lo que tiene que ver con la fe y la Iglesia católica, y no he recibido casi ningún comentario al respecto. Solo un par de personas, con las que tengo confianza y son muy contrarios a lo que tenga que ver con ser creyente, me dijeron algo. Pero también hay muchos otros ejemplos de gente que estaba muy en contra del proyecto, que pensaba que iba a ser proselitista, y que luego lo han visto y se han quedado con esa historia de reconciliación familiar, de tratar de entender al otro, pero no con una película sobre los valores de la fe. Converso no es eso.

V.O.S.- Durante el pase en Punto de Vista hubo muchas risas por parte del público, sobre todo con las declaraciones de María, tu hermana mayor. Creo que es un hallazgo esa franqueza con la que cuenta su experiencia, pero también tuve la impresión de que esas carcajadas se debieron a cierto nerviosismo por lo infrecuente de los temas que se tocan.

D.A.- Yo estaba sentado con ella, detrás del todo, y nos reíamos de que la gente se riera demasiado. Jamás pensé que esto pudiera suceder con la película al principio, pero luego ya empezamos a ver en algunos pases de prueba que había risas con mi hermana. No sé si es este nerviosismo que mencionas, pero creo que es una película que genera mucha emoción porque la gente está tensa al ver una familia, un conflicto, la fe de por medio. Se unen muchos componentes, yo no era consciente cuando la estaba haciendo, pero creo que si funciona es por eso. Cuando estás con la emoción tan activada, en cuanto hay un resorte que te deja salir de ahí, la risa sale más fácil. Nadie se lo espera, no se espera empatizar con un tema como la conversión.

V.O.S.- Converso abre con una cita de Kaspar Hauser: “Madre, qué lejos estoy de todo”. ¿Por qué esta cita de ese chico huérfano, misterioso, para iniciar una película sobre la familia?

D.A.- Como luego se ve en el desarrollo de la película, para mí existía esa sensación tal cual. La frase es de Kaspar Hauser, pero yo se la atribuyo a María Cañas, con la que tengo muy buena relación. Ella solía decir mucho esa frase, y yo me sentía muy a menudo así, por mi propia personalidad, haber estado en todo pero en nada a la vez, algo que te acaba alejando del mundo. Hace referencia a esa sensación de orfandad de la familia, de repente, por la extrañeza de la situación.

V.O.S.- ¿El título de Converso se refiere a la conversión, pero también al papel del diálogo como fuerza sanadora?

D.A.- Es una herramienta del publicista que llevo dentro. Enseguida le vi ese juego, era una palabra muy potente en sí misma, le quise dar ese doble sentido. Alguien me preguntó por qué no ponía “Conversa” al ser tres mujeres, pero para mí el título es la primera persona del verbo conversar. A veces hay que explicar eso, porque no se coge a la primera, pero para mí es una película de conversaciones pendientes. Y creo que también por eso se conecta mucho con ella, porque ¿qué familia no tiene dos o tres conversaciones pendientes, un tema tabú no hablado?

V.O.S.- Como no creyente y a la vez cercano a personas que sí lo son, ¿piensas que la fe se aborda a menudo desde un punto de vista descreído o irrespetuoso con los que sí creen?

D.A.- Diego de Márgenes, que va a distribuir la película, me dijo que era lo más políticamente incorrecto hablar hoy de la Iglesia católica, que me había metido en un buen jardín. Yo sí creo que he sido un poco ingenuo en eso, porque además tengo una posición contraria a la Iglesia como institución, por su alineamiento con el régimen, con la derecha y el mundo neoliberal. Hay puntos que no son una cuestión de fe. Yo colaboro con gente de la PAH y allí hay muchos cristianos de base de toda la vida, hablas con ellos y te dicen que siguen buscando a Dios en cada persona, y están en mil historias sociales. Abordar hoy una cuestión de fe, si hubiéramos hecho una película sobre cualquier otro tipo de corriente, no sería tan polémico en un país como España, con toda la tradición y el peso histórico que tiene la Iglesia católica. Era complicado, pero creo que ha salido bastante natural.

Puedes ser un no creyente militante, pero yo soy uno sin una posición crítica. Llevo muchos años haciendo meditación, y he estado en internados en los que una parte es trascendental, te están planteando historias que son creencias, aunque sean de otro tipo, al final eso es creer en otro tipo de filosofía o de fundamentos existenciales. En esa parte sí había una especie de falta de interés, pero no de rechazo, por mi parte. Mi posición nunca ha sido beligerante, además tampoco podría cuestionar ninguna cosa en este sentido. No he hecho la película desde una militancia concreta.

V.O.S.- Trabajas como publicista y todos tus documentales hasta hoy son trabajos familiares o introspectivos, ¿te gustaría seguir relacionado al cine para abordar tu mundo personal? ¿Cuáles son tus proyectos en mente?

D.A.- Mi primera película, Oírse (2013, disponible en Filmin), era sobre una experiencia personal, aunque la primera persona estaba en un texto impreso en pantalla y luego partía de otros. Ahí ya había un germen del cine que a mí me conmueve, el que me motiva más: aquellas películas en las que la implicación del autor con el tema que cuenta es estar en el tema mismo. En Punto de Vista siempre hemos visto mucho cine de este tipo. Ahora mismo no sé si soy capaz de pensar una historia que no tenga que ver conmigo. Tengo unos proyectos en mente que me voy a tomar con mucha tranquilidad, como me tomé Converso. Al final vives de otras cosas, y esto lo haces casi como un hobby, una pasión o como lo quieras llamar. Siempre hay una pulsión de hacer cosas que no me impliquen personalmente, que no me entren hasta las tripas, pero no sé si soy capaz. Un buen amigo, Juan Zapater, me decía cuando me metí con Oírse que no es lógico que un creador empiece hablando de sí mismo, que es mejor hacer algo primero y que luego ya empieces a irte hacia dentro, a profundizar en lo que puedes contar de ti a partir de ello. Pero ha salido así. Para mí es un reto como cineasta hablar de otras cosas que no sean tan directas y tan personales, lo voy a intentar.

Al final, todas las historias te interrogan. La idea que tengo que tiene que ver menos conmigo es sobre política, un tema que siempre me ha interesado, en el que he estado metido. Igual es porque soy un egocéntrico enfermizo, pero en ese otro proyecto, también desde el minuto uno sé que va a empezar a salir mi implicación, mi opinión, mi posicionamiento. Creo que en cualquier creación, las decisiones sobre qué cuentas y qué no cuentas tienen que ver con una posición personal. Aunque no hables de ti mismo, siempre vas a estar ahí como autor.