La mujer del animal (Víctor Gaviria)

Si en la crónica de ayer hablamos de la ligereza con la que se trataba la violencia machista en una película que en vez de condenarla la estimula, hoy la Sección Oficial a concurso nos trae dos obras que se colocan en el lado opuesto para denunciar este tipo de actitudes y pensamientos. Dos cintas en las que, en esta ocasión, son ellas las que nos cuentan su historia.

En primer lugar tenemos La mujer del animal (Víctor Gaviria), un largometraje que se adentra en las chabolas y callejuelas de los suburbios de Medellín (Colombia) para acercarnos, con gran realismo, el caso real de Margarita -en la película Amparo para mantener su anonimato- que vivió las mayores atrocidades y humillaciones posibles por parte de su marido, un hombre que la raptó cuando era adolescente privándola de libertad y sometiéndola a incontadas violaciones, un trato inhumano hasta más allá de lo soportable. Miedo, dolor y lucha por salir de un estado opresor donde la mujer carece por completo de valor y es considerada una mercancía con la que traficar y poder mantener relaciones sexuales.

El retrato que realiza Víctor Gaviria está enfocado en todo momento a representar una realidad inmunda consecuencia de una subcultura predominante. En todo momento la cinta toma consciencia de la gravedad del tema tratado en un mensaje declarado de denuncia, lo que conlleva escenas de gran brutalidad y violencia descarnada, para colocar al espectador en un estado de rabia e incomprensión con la intención de llegar a entender la crudeza de una tragedia ocurrida en una gran cantidad de países hasta poder extrapolar el tema a continentes del primer mundo cuyas cifras de muertes víctimas de la violencia machista sigue siendo bastante elevada. El film logra conferir una toma de conciencia necesaria que debemos adquirir para pensar y actuar con contundencia ante este tipo de hechos.

La grandeza de la película se aloja, sin duda, en la naturalidad de los actores -que asombrosamente se enfrentan a su primer film- y en unos extras que en su mayoría son gentes de aquel lugar, lo que aporta un verismo marcado por un tono a caballo entre la ficción y el documental. Lo negativo recae en la recreación de la violencia explícita que en ocasiones se torna exagerada lo que evidencia una intención efectista, con cierto regodeo injustificado e innecesario.

Brava (Roser Aguilar)

La segunda mirada femenina de hoy se encuentra en Brava (Roser Aguilar), que nos acerca la historia de Janine, una mujer adulta con una vida aparentemente perfecta a nivel laboral y familiar que de repente da un giro tras sufrir una violación en el metro. El relato refleja los tormentos interiores de una mujer incapaz de superar lo acontecido suponiéndole un trauma que tendrá que superar en soledad al no atreverse a compartirlo, por vergüenza, ni con la policía ni con su familia. Janine decide viajar a su pueblo, a la casa de su infancia, habitada por su padre, con el fin de superar sus temores y desconectar de la rutina y de sus propios pensamientos para poder encontrarse de nuevo a sí misma y volver a ser la que era. El periplo introspectivo por el que ha de pasar no resulta sencillo ya que en todo momento la gobiernan oscuros pensamientos que le impiden realizar con normalidad su vida.

Roser Aguilar, reforzada con la genial Laia Marull, hace un ejercicio de análisis psicológico que parte del testimonio de muchas mujeres que han sufrido violaciones –un tema polémico de candente actualidad-, se advierte un previo estudio de la materia que se encarga de ejecutar con mesura y sosiego, sin aspavientos, ofreciendo planos sugerentes canalizadores de unas emociones subyacentes incapaces de aflorar. Lástima que la película no termine de romper en ningún momento acomodándose en un mismo tono a lo largo de todo el film, lo que puede llevar al tedio por la demasía contemplativa. Se echa en falta una forma con la que podamos catalizar las emociones nuestras y, a su vez, las de su protagonista.