Verano 1993 (Carla Simón)

Encarando ya la recta final del Festival de Málaga, abandonamos la sala de prensa del Teatro Cervantes con la emoción imperante de haber presenciado, de nuevo, otra de las películas cuya proyección justifica la cobertura de un certamen como este. Hablamos de Verano, 1993, presentada en Berlín dónde ya pudimos reseñarla e ilustrarla con una entrevista a su directora, Carla Simón, que echa la vista atrás para recordar su infancia marcada por la trágica muerte de sus padres lo que le llevó a criarse con sus familiares más cercanos, comenzando así el inicio de una nueva vida.

Verano, 1993 es un ejercicio de desnudez personal desde el que parte la idea principal de la obra, gracias a una composición naturalista de la puesta en escena que rezuma verdad por los cuatro costados. La cámara, colocada a la altura de las rodillas de unos adultos en segundo término, persigue a una niña de seis años observando como juega, se divierte y vive. Una contemplación que se adueña de nosotros porque más allá de la cotidianeidad y la espontaneidad que domina la imagen, se encuentra un estado emocional golpeado por un revés muy duro que jamás se verbaliza ni se explicita, es así como cada plano sugerente obtiene la función plena de trasladar un mensaje unívoco y trascendental que nos permite comprender y analizar los pensamientos y emociones de la pequeña protagonista.

Un cine hecho a la intemperie, sin artificios de ningún tipo, honesto y sutil, que traspasa como casi sin querer, de intuiciones profundas que indagan en cada mirada y silencio con el fin de encontrar algún indicio de sufrimiento o pesadumbre por la pérdida. Atentos no despegamos la vista de la niña que nos arrastra a acompañarla en su viaje, hasta poder comprobar, sin condescendencia, que el proceso de asimilación de la tragedia ha sido el adecuado. O tal vez nos evoque un recuerdo de la infancia, de la nuestra propia.