Últimos días en La Habana (Fernando Pérez)

La penúltima jornada del festival nos trae en Sección Oficial dos propuestas completamente diferentes en su forma pero con un tema común denominador, la amistad en tiempos difíciles.

En primer lugar, Últimos días en la Habana (Fernando Pérez). Una película cubana que se adentra en las vidas de Miguel y Diego, dos hombres de carácteres opuestos -uno heterosexual y otro homosexual, uno de ellos tiene SIDA y se encuentra postrado a la cama, el otro se encarga de cuidarlo y estar a su lado- en un paraje de miseria, cuyas calles las pueblan gentes que caminan, buscan y luchan para vivir una vida mejor. La historia se centra en la relación de ellos dos y sus conflictos con el entorno y el contrapunto producido por un cierto tono positivista que se contagia y que lanza a los personajes a poder seguir soñando a pesar de las circunstancias adversas que les rodean. Una actitud inherente a la sociedad cubana que le sirve a su director para hacer un plano general y documentar -sin elementos de ficción que interfieran- el clima vitalista y esperanzador predominante, la mejor forma con la que combatir la miseria y penalidades. Una pequeña luz focal que ilumina la penumbra que inunda al país en la actualidad.

Los elementos dramáticos tratados con ironía y alejados de cualquier tipo de solemnidad otorgan a la obra un tono melancólico que si bien ayuda a digerirlo, incide en la emoción contenida resguardada que termina por brotar y afectarnos incluso en mayor medida. Además, detrás del relato se encuentra un compromiso global en pos de los derechos ciudadanos y mostrar las injusticias y la decadencia de su sociedad, por ello temas como la homofobia, la falta de oportunidades, la oposición al régimen político y la intolerancia se constituyen para armar un discurso imprescindible y demoledor. Con influencias de la mítica Fresa y chocolate (Tomás G. Alea y Juan Carlos Tabío, 1993).

Plan de fuga (Iñaki Dorronsoro)

También, esta séptima jornada nos trae Plan de fuga, la vuelta de Iñaki Dorronsoro tras La distancia (2006), un thriller -el cine español parece que ha perdido el miedo a este tipo de géneros “norteamericanos”- con elementos de suspense y policíaco que narra la historia de Víctor, un atracador profesional que se adentra en una banda de Europa de Este con el fin de perforar una cámara acorazada de un banco, todo con una estrecha relación de amistad con un drogadicto y un policía que les sigue la pista. Una encrucijada moral entre fidelidad y profesionalidad.

La película a priori se presenta como la típica producción televisiva sin pretensiones artísticas pero sí comerciales, para un amplio público. Sin embargo, una vez más, los planteamientos narrativos están construidos para mantener la atención del espectador a toda costa, aunque para ello haya que ejecutar efectivos trucos de guion, restándole verosimilitud al conjunto. Un desarrollo que parece más obcecado en aguantar el tempo ágil que en intentar llegar a meta con fondo. Con lo cual, hasta las buenas interpretaciones de Javier Gutiérrez, Alain Hernández y Luis Tosar terminan por desaparecer en mitad de la precipitación y el nerviosismo, eclipsando cualquier tipo de mensaje conceptual.