Nuestro siglo (Mer dare, Artavazd Pelechian, 1983)

Si el catálogo de un festival ha de erigirse en una declaración de intenciones, la piedra angular sobre la que cualquier certamen tiene que fundamentar su identidad, la XI edición de Punto de Vista ha dado sobradas muestras de conocer el lugar que ocupa en el panorama cinéfilo nacional. En el último año de Oskar Alegría al mando de la dirección artística –que corresponderá a partir de ahora a Garbiñe Ortega Postigo–, la cita pamplonesa, ya consolidada como bandera de un documental heterodoxo y de difícil acceso, retrasó un mes su celebración para seguir ubicándose en coordenadas similares a las de pasadas ediciones. Seis jornadas trufadas de proyecciones y encuentros concentraron un programa rico y de línea rigurosa, que volvía a permitir trazar itinerarios muy distintos en función de las inquietudes de cada cual. Al firmante de estas líneas, apenas dos días y medio en Baluarte le sirvieron para intuir el inmenso trabajo de recolección fílmica oculto tras las muy diversas categorías y retrospectivas propuestas, algunas de ellas articuladas sobre presencias totémicas como la de Víctor Erice. Una variedad de contenidos destinada a seguir ensanchando el continente de uno de esos admirables festivales de provincias que, siempre muy conscientes de sus virtudes y capacidades, apuestan por la libertad y la excepción como reglas enriquecedoras.

Antigravitacija (Audrius Stonys, 1995)

I. De Pelechian al cielo

La gala de clausura, dedicada por parte del equipo al director que finalizaba sus funciones al frente del festival, refrendó todo ese atrevimiento que el certamen pretende abanderar. Su principal aliciente era la proyección en el auditorio de Baluarte de la excelente Mer dare (Artavazd Pelechian, 1983), sin duda la mejor película vista en Pamplona e inmejorable colofón al ciclo temático “Volar”. Obra esencial y particularmente merecedora de las mejores condiciones de visionado posibles, la peculiaridad musical del montaje que vertebra este relato sobre las grandes ambiciones y fracasos inherentes al ser humano fue únicamente una parte de esa función de despedida, grandilocuente en cuanto pretendía alejarse de la clásica y ya manida entrega de galardones a los afortunados en el palmarés. Sin presumir de discursos solemnes y sí con una peculiar representación teatral en torno a la figura del escultor Jorge Oteiza, ese “cineasta sin cine” que ejerció como segunda gran columna para sostener el complejo entramado de esta edición, Punto de Vista llegó a su final con el mismo aliento de encomiable vitalidad que había visto comenzar sus proyecciones seis días antes.

En el contexto de la citada retrospectiva temática pudieron verse multitud de obras de todas las épocas, duraciones y procedencias. Se asumió el riesgo de intentar elaborar un mapa coherente en torno a trabajos con una nimia relación entre sí: del fugacísimo –¡un segundo!– vuelo de Franz Reichelt sobre la Torre Eiffel (1912), a los 104 minutos del imponente retrato de la aviación militar B52 (Hartmut Bitomsky, 1998), proyectado en 35 mm en la Filmoteca de Navarra con la presencia de su director; pasando por el estreno de The Challenge (2016), nueva inmersión en un mundo hermético del italiano Yuri Ancarani, que llegaba a la muestra tras su presencia en los últimos Locarno y Sevilla; o el desolador lirismo postsoviético de Audrius Stonys, coetáneo de Sharunas Bartas, en Antigravitacija (1995). Cada una de las piezas demostró su propósito dentro del ensamblaje desplegado, y la riqueza de parámetros y formatos nos recordó de nuevo que el cine, por encima de las etiquetas que puedan imponerse bajo selecciones como la presente o la que recoge el festival en su misma definición (“cine documental”), es ante todo un arte heterogéneo, de infinitas posibilidades que nunca han de ser ignoradas por supeditarse a una fórmula prefijada.

Cidade Pequena (Diogo Costa Amarante, 2016)

II. La región central

Comenzar por el final, además de una estrategia del todo improvisada en el caso de este artículo, se antoja un modo idóneo de rendir justicia a los méritos de un festival cuya Sección Oficial –denominada “La región central”, en homenaje a Michael Snow– estuvo presidida por una serie de trabajos que partieron de una situación dada para indagar en sus porqués y revelar, a través del dispositivo cinematográfico, la presencia de otras realidades hasta entonces insospechadas. El cine se presentó así como herramienta única para aportar un haz de luz sobre las tinieblas personales de sus autores, pero también para generar nuevas cuestiones colectivas a rellenar tras cada uno de los visionados.

En la cercanía de un desenlace inexorable, el de la anciana madre del director, se encuentra la semilla de La deuxième nuit (Eric Pauwels, Mejor Dirección), quizá el trabajo más lúcido y doloroso en una sección de marcada tendencia a la introspección. A raíz de su pérdida, el autor mira hacia el fondo de sí mismo para constatar que toda imagen que registre a partir de entonces llevará implícita esa ausencia. Tras el título, que hace referencia al primer momento en el que los recién nacidos tienen que separarse de la presencia materna, se esconde una clave que vincula las raíces más hondas del autor con una estela universal. También en la merecidamente aplaudida Converso (David Arratibel, Premio del Público) se explora la naturaleza de una (des)conexión familiar, en este caso ligada al misterio de la fe. Pero, si Pauwels partía de la inevitabilidad más absoluta en los ciclos vitales, Arratibel descubre en el camino de filmar y escuchar a sus familiares, todos ellos convertidos a la religión católica ante su agnóstico estupor, la sangrante cuenta pendiente que mantenía al haber esquivado el tema durante años. Las suyas son dos muestras destacables y casi opuestas de cine frontal, que mira decidido hacia las historias personales sin miedo a la revelación, caso también de la mucho menos espontánea 5 October (Martin Kollar), en la que el director registra las vicisitudes de su carismático hermano Ján durante los meses anteriores a una operación a vida o muerte.

Otro ejemplo esclarecedor de esta tendencia se encontró en la ganadora del máximo galardón del festival, The Host (Miranda Pennell), en la que la autora dibuja el vínculo de su propio relato familiar con la memoria colectiva del expolio petrolero británico en Irán. A través de fotografías del pasado de sus padres, la historia oficial y la íntima quedan superpuestas. No menos sugerente es la reconstrucción de la italiana Colombi (Luca Ferri), que mediante antiguos objetos y filmaciones en Super 8 apela a la memoria de la olvidada historia de amor entre dos ancianos, asociada contra viento y marea al caótico devenir del siglo XX. También en la combinación entre las postales y la voz en off halla su singularidad Waste no. 2 Wreck (Jan Ijäs), por más que su propuesta de dejar el drama de los refugiados en constante fuera de campo y contrastarlo con la opulencia de las playas de Lampedusa no consiga enriquecer los méritos del cine ubicado en la isla mediterránea, escenario cada vez más ineludible en la agenda del documental social. En este sentido, la sorprendente Foyer (Ismaïl Bahri, Mejor Cortometraje) sí tuvo la osadía de demostrar que la crónica sociopolítica aún tiene multitud de caminos por explorar. Ubicada en las calles de un Túnez posterior a la Primavera Árabe, su dispositivo es tan sencillo como un trozo de papel que cubre la cámara y filtra la luz, impidiendo nuestra visión de las calles mientras percibimos su latido a través de los sonidos. Junto a Cidade Pequena (Diogo Costa Amarante), hermosísima –y panorámica– inmersión en el misterio humano más hondo a través de la infancia y la ruralidad, estos dos notables trabajos podrían haber justificado por sí solos una sección de cortometrajes que, sin abandonar el socorrido formato de acompañar a cada película larga antes de sus proyecciones, cobró en el programa una merecida entidad propia.

Take Me Home (Abbas Kiarostami, 2016)

III. Ayer, hoy y mañana

Una de las propuestas más distintivas de Punto de Vista está en la organización del proyecto anual X Films, que dota a un director español con una beca y carta blanca para realizar una película rodada en Navarra, a estrenar el año siguiente en el certamen. La proyectada este año en riguroso estreno mundial –tanto que su primer montaje apenas llevaba dos días terminado– fue Nuevo altar (César Velasco Broca), a la fuerza la obra más accidentada del autor de Avant pétalos grillados, acostumbrado a contar con recursos y sobre todo plazos más holgados. Y de su séptima convocatoria, resuelta durante el certamen, salió escogido para su desarrollo el proyecto de la sevillana María Cañas (Sé villana), elegido frente a los de Pilar Monsell (África 815) y Omar A. Razzak (Paradiso).

Este apoyo decidido al futuro del cine, más concretamente a talentos nacionales emergentes y la mayoría de veces con escasos medios, encuentra su plena coherencia con un respeto reverencial a los grandes maestros. Al madrinazgo de Luce Vigo, hija recientemente fallecida del mítico Jean Vigo –del que se recuperó la emblemática L’atalante (1934) como sentido homenaje–, y las retrospectivas dedicadas a Luciano Emmer y Jorge Oteiza, se sumó una novedosa sección íntegramente orientada al retrato documental de cinco grandes maestros: Manoel de Oliveira, Jean-Luc Godard, Raúl Ruiz, Chris Marker y Abbas Kiarostami. De este último, otro ineludible recuerdo del festival tras su pérdida el pasado verano, se proyectó también el cortometraje póstumo Take Me Home (2016). La gestual sencillez de la suma de un niño, una pelota y unas escaleras nos recuerda por qué hablamos de uno de los cineastas más importantes de las últimas décadas, a la vez que señala el camino a seguir para cualquier persona o entidad que se precie de querer salvaguardar el valor expresivo del cine. En ese plano final del maestro iraní, despojado como siempre de todo aditivo, se concentran las señas identitarias de un festival que, tal vez a ritmo de vértigo por acumulación, pero también con la serenidad que siempre permite su programa, ha vuelto a revelarse felizmente consciente de su lugar en el mundo.