<em><strong>Bella durmiente</strong></em> (Adolfo Arrieta, 2016)

Bella durmiente (Adolfo Arrieta, 2016)

¡Despierta! ¿Qué es ese ruido que suena en los jardines del Palacio Real de Litonia? Nuestro rebelde príncipe Egon toca la batería y molesta con su comportamiento a un rey más preocupado por la sucesión que por la posible verdad que esconde el inescrutable bosque virgen que invade el antiguo territorio de Kentz. Es a partir de esta monarquía europea inventada que todavía perdura en pleno siglo XXI de la que se sirve Bella durmiente (Adolfo Arrieta, 2016) para tomar la estructura de un cuento moderno que narra la tradicional historia que inspira su título. Una joven princesa que sufre un encantamiento de un hada despechada lleva cien años dormida junto al resto de los habitantes de un país que parece vivir en los mitos que se transmiten de una generación a la siguiente, en las leyendas olvidadas que mantienen el miedo a su ignoto legado. Únicamente el hijo de un rey podrá reanimarla con un beso y deshacer el hechizo.

La tradición oral, la literatura y otros medios de expresión artística han mantenido vigentes este tipo de historias hasta nuestros días, tanto en forma como en lo que se refiere a su naturaleza aleccionadora. Una vigencia que el propio Arrieta asume sin complejos ni intenciones de traicionar su esencia en el relato: es el personaje de Mathieu Amalric quien explica detalladamente a Egon los hechos que tuvieron lugar hace un siglo y con ello se produce la total ruptura de cualquier expectativa de realismo. Pero no se trata tanto de establecer un realismo mágico sino de fabricar una realidad que incluye elementos fantásticos como parte de sus cualidades inherentes. Una en la que cualquier explicación racional no tiene sentido sin asumir que existen las hadas, las maldiciones y todo un reino estático perdido en el tiempo esperando cobrar movimiento en lo más profundo de una selva en la que todavía no han puesto sus pies los promotores inmobiliarios.

<em><strong>Bella durmiente</strong></em> (Adolfo Arrieta, 2016)

Bella durmiente (Adolfo Arrieta, 2016)

En Bella durmiente confluyen así el pasado —la tradición— y el presente —la modernidad— formando un continuo temporal tan etéreo como la imagen definida en el reflejo de un espejo, como la luz que ilumina los pasillos, estancias y los jardines durante la preparación del decimoquinto cumpleaños de la princesa Rosemunde o que acaricia los rostros de los protagonistas, elevándolos sobre el resto. La fotografía es clave aquí como lo fue en Flammes (Adolfo Arrieta, 1978) para crear una atmósfera de irrealidad tangible a través de la puesta en escena. La iluminación clara e intensa del presente en los actos públicos, bailes o las oficinas del monarca pasan a cálidos y coloridas noches que atrapan las figuras y las conversaciones con un hada que trabaja para la UNESCO como tapadera. Y cuando la acción transcurre en el bosque encantado —y cuanto más se acerca al antiguo Kentz—, los rayos del sol parecen atrapar todas las respuestas, dejando una perenne impresión onírica en todo lo que tocan.

La película en sí se configura como un reconocimiento tácito no sólo de la validez de la narrativa integrada que evoca, sino de la necesidad de aceptar la herencia cultural y artística como influencia e inspiración —directa o indirecta—, como pilar fundamental de la creación actual que la pretenda transgredir o, por el contrario, quedar al servicio de su continuismo. Porque como aquella expresión escrita en la pizarra de Bande à part (Jean-Luc Godard, 1964) decía, lo clásico acaba siendo igual a lo moderno. Sólo explorando lo anterior se puede comprender el actual estado de las cosas y a uno mismo. Actuar entonces para perpetuar los errores y aciertos conocidos o subvertirlos.

La obsesión del príncipe Egon por descifrar y cumplir la leyenda de la Bella Durmiente permite otorgarle vida a un enigma enterrado por el paso del tiempo y desde su contexto mirar directamente a todo lo que ha permitido que él llegue a ser lo que es. En el proceso de alcanzar esa comprensión, la transformación es inevitable. Esa constante vuelta a lo ancestral como elemento omnipresente en el ahora se remarca con la existencia de las ruinas de distintas civilizaciones que todavía se pueden encontrar en Litonia, el misterioso hombre que el hada Gwendoline conoce en diferentes eras o su figura en el espejo mágico que devuelve la visión de otro siglo. Instante este último que captura la esencia del film en un plano que se prolonga apenas unos pocos segundos, reuniendo a través de la magia el presente y su precursor de forma autoconsciente y bidireccional. Porque todas las épocas permanecen unidas por infinitas variaciones en el ritmo de un sonido que es nuevo y viejo a la vez.