En determinadas ocasiones, las obras narrativas sacan a relucir el ideario y principios de sus autores, a veces derivado de un ejercicio introspectivo de exploración de su propia personalidad, configurada en gran medida por los elementos externos que interfieren en la etapa de la niñez. Por tanto, el hecho de ahondar en los conflictos internos infantiles obliga al autor a retrotraerse para examinar sus influencias percibidas en aquella etapa de aprendizaje para poder encajar y plasmar -en imágenes en el caso del cine- las piezas originarias que conforman su propia identidad. Philippe Lesage -dispuesto a realizar ese viaje de autodescubrimiento- dirige su atención sobre Félix, un niño de diez años, desde cuyo punto de vista se nos presenta un entorno perverso y amenazador que corrompe su inocente mirada, repleto de demonios que habitan en una sociedad deteriorada por ciertos valores y males endémicos que al ser trasladados provocan malentendidos y despiertan involuntariamente una serie de temores en el niño -Félix llega a creer que tiene SIDA tras imitar durante un juego posturas sexuales con un amigo-, lo que resulta concluyente e invita a reflexionar sobre cómo los adultos cumplen una función modélica que marcará unas pautas a seguir en la educación de los pequeños, el problema es que no existe una conciencia global que responsabilice al adulto de dicha influencia, y aunque existiese no dejaría de ser una imposición utópica al pretender modificar las conductas de cada individuo hasta el grado de que resulten ejemplares.

Los demonios (2015) parte de un ejercicio de observación que brinda la posibilidad de descubrir todo un universo infantil, apoyado formalmente (y en un primer momento) en imágenes estáticas que no enfatizan las emociones sino que se encargan de documentar con precisión ciertos hábitos cotidianos que contienen una carga moral influyente, para una vez avanzado el metraje mostrarnos una óptica general y omnisciente que nos permite examinar los peligros reales que acechan psicológica y físicamente al menor, lanzando a la narración una temática sobre la pederastia que conlleva que el relato desemboque en una explicitud no del todo esperada pero que funciona para desarrollar una atmósfera desasosegante en pos del dramatismo. Un giro argumental que sirve para reforzar la idea controladora y subyugar las emociones del público.

De esta forma, se conjugan dos elementos teóricos que cohabitan en el film, por un lado la visión subjetiva de Félix con el mundo -que filtrado a través de sus ojos e imaginación obtendrá un carácter fabulesco-, y por otro una mirada cruel y madura de la realidad. Dos teorías correlacionadas pero distanciadas al establecer un abismo generacional que implica una comunicación muy dislocada entre dos partes cuya relación es asimétrica y provoca un sentimiento de incomprensión en el infante -el más desprotegido- que lleva irremediablemente al espectador a empatizar con él. Una distancia necesaria para no culpabilizar a ningún personaje ya que todos son víctimas de una sociedad evolucionista corrompida sustancialmente, hasta permitirnos llegar a comprender (que no justificar) las conductas de un pederasta víctima de su propia psicopatía.

Aunque si dejamos de lado el pesimismo que se extrae de la narración, una melancolía termina por germinar para acompañar a Félix en ese viaje a la madurez, con imágenes que profundizan quizá en aspectos etéreos del alma, incorruptibles e imperecederos. Recuerdos evocadores almacenados en la memoria. Un lugar, una emoción, o un sentimiento. Sensaciones placenteras que sirven de refugio para resguardarse de pesadillas y fantasmas.