‘Te he visto en un cuadro’, le dice un personaje X a otro Y en el primer acto de Les fantomes d’Ismaël, película inaugural de la edición 2017 del Festival de Cannes y nuevo largometraje del realizador francés Arnaud Desplechin. Seguramente los más aviesos de entre nuestros lectores ya hayan vinculado la cita cinéfila que abría este texto con su antecedente fílmico correspondiente, pero si no es así no se preocupen, les daremos una segunda pista que les acercará aún más al clásico del cine referenciado: el personaje retratado en dicho cuadro estaba, en ambos casos, supuestamente muerto.

Sí, Laura (Otto Preminger, 1954) es una pieza clave, ya no del cine negro y de sus personalísimos códigos, sino del cine con mayúsculas, así como de la relación que establecemos con las imágenes y de cómo nos enamoramos de ellas. ¿Cabe pensar entonces que Les fantomes d’Ismaël es una especie de remake afrancesado del film de Preminger? Para bien o para mal debemos decir que no: ésta, la de Laura, es sólo una de las múltiples citas/referencias/homenajes que Desplechin coloca en su alargado metraje, una cinta con una sobresaturación de guiños tal que nos hace pensar que Les fantomes d’Ismaël sufre de algún tipo de enfermedad nerviosa o degenerativa de difícil tratamiento.

No están sólo presentes referencias cinéfilas como la ya explicada, también las hay literarias, musicales, pictóricas (divertido el momento en el que el protagonista al que encarna Mathieu Amalric pondera sobre las diferencias entre La Anunciación de Fra Angélico y El matrimonio Arnolfini de Jan Van Eyck) etc. Una trama, en definitiva, de menciones para connoiseurs que envuelve el hueso argumental del film: una reflexión en primera persona (el papel de Amalric parece claramente un sosias del propio Desplechin) sobre la memoria y la implacable persecución a la que nos someten nuestros recuerdos, un dickensiano Cuento de Navidad con su gabachísimo Ebenezer Scrooge siendo visitado por los fantasmas (?) de su pasado.

Este ejercicio sobre los recuerdos y sobre cómo vivir con ellos enlaza con divagaciones metacinematográficas, rupturas del punto de vista y otras piruetas estilísticas que consiguen que, al final, lo que menos importe en Les fantomes d’Ismaël sean los momentos de auténtica emoción, esos en los que se llega a humanizar a un personaje sin que veamos los hilos de su creador tirando de los cables suspendidos sobre los hombros, esos en los que, por fin, se quiebra el cálculo y la apariencia, estallan todos los artificios pirotécnicos y sólo queda la verdad. Al final, con la sala vaciándose y los títulos de crédito en la pantalla, sólo podemos pensar en la intrascendencia y en las múltiples formas que la definen. Otra vez será.