Jupiter’s Moon (Kornel Mundruczó, 2017)

La cosa va así: en un intento de cruce masivo de fronteras, uno de los inmigrantes que está intentando acceder a suelo europeo a través de la frontera húngara, es tiroteado por un agente de seguridad. En lugar de morir desangrado por las balas, y sin motivo aparente, comienza a levitar por encima de los bosques.

Bien, una vez situados en escena, y dada la introducción que os acabamos de contar, se podría pensar que las pretensiones del director húngaro Kornel Mundruczó son las de llevar a cabo una adaptación al pie de la letra o una puesta al día de La clase obrera va al paraíso (La classe operaia va in paradiso, Elio Petri 1975), o al menos de su título. Quizás un intento de sacralización laica de los expulsados por obra del conflicto sirio, más cuando Hungría ha sido el país con más políticas restrictivas de todos los que forman parte del proyecto común (?) europeo. Pero repitamos, “se podría pensar”, el condicional con el que abríamos este párrafo es cualquier cosa menos casual.

Lo cierto es que, contra lo apuntado anteriormente, percibimos una mirada burlona en todo lo que Mundruczó rueda, una crueldad intolerable, que llega por la vía de la frivolidad, en sus imágenes. Como si fuera la sociedad bienpensante, progresista etc. la que ha elevado a ese refugiado/tipo por los aires y su labor, la del director, fuera subrayarlo hasta la caricatura, hasta despojarle de cualquier viso de veracidad.

Pero no es sólo en lo temático donde reside el corazón deplorable de Jupiter’s Moon, también en lo formal es igualmente nefasta, gracias a la esa utilización tan artificiosa de los planos-secuencia, intentando homenajear/burlarse/ridiculizar a maestros de ese recurso como Béla Tarr o Miklos Jancsó. En fin, parece que Mundruczó tenía ganas de bromear pero pocas risas se escucharon en el pase. Justicia poética o algo así.

Okja (Bong Joon-ho, 2017)

Sí hubo más risas con el affaire Netflix al inicio de Okja, la película del director coreano Bong Joon-ho que participa en la Sección Oficial de este Festival de Cine, aunque haya jurados que ya le nieguen cualquier oportunidad de victoria. Imaginen: aparece el logotipo de Netflix y la sala se divide en una juguetona pugna de silbidos y aplausos, ganan los primeros por cierto. Son las 8:30 y el Grand Theatre Lumiere tiene ganas de fiesta.

Tras un inicio fallido, culpen del tema a las cortinas a medio subir, nos centramos en Okja y no hay nada de ella que nos parezca mal: su calculada mezcla de inocencia y madurez, de ésas que permiten un visionado infantil y adulto a un mismo tiempo, su hilarante histrionismo (soberbios los componentes de un grupo “terrorista” cuyos métodos, regulaciones, y finalidades resultan totalmente encantadoras) y, sobre todo, el poder de unas imágenes que rompen, en algún momento, la aparente simpleza en las pretensiones del film (permitan que no les contemos nada al respecto).

En definitiva, dos propuestas para la sección oficial de este certamen cinematográfico que, pese a ciertas similitudes en su génesis, es decir, abordar dos problemas clave de nuestra sociedad, el trato a los refugiados y la integración del hombre con el medio, desde una pretendida liviandad terminan funcionando de manera totalmente opuesta. El caso es que, por estas cosas de los intereses mediáticos y los grupos de presión, parece que una de ellas, la única interesante, en realidad la única no ofensiva, no participa al mismo nivel que la otra. Cosas de Cannes y de sus circunstancias.