You Were Never Really Here (Lynne Ramsay, 2017)

No todo ha sido horrible en la Sección Oficial de la 70ª Edición del Festival Internacional de Cine de Cannes. Puede que haya sido algo peor, algo sencillamente mediocre, una mediocridad que extiende una perspectiva muy sombría sobre lo que se supone es el escaparate más vistoso del cine internacional. Un escaparate de tendencias audiovisuales y narrativas, de formas de contar y de temas de los que hablar, una forma de compartir visiones sobre nuestro hoy, sobre cómo interpretarlo.

Más allá de esa falta de ideas a la que nos referimos, de la anemia de originalidad narrativa, del cobarde acogimiento a refugios seguros, de la falta de audacia o de la lejanía entre envoltorio y contenido, poco había que contar, al menos hasta que la cineasta escocesa Lynne Ramsay dinamitó el Palais des Festivals con su You Were Never Really Here.

You Were Never Really Here (Lynne Ramsay, 2017)

¿Por qué es tan excepcional esta obra en relación con las demás proyectadas en este Festival? No es sólo por su intrincado, alucinado montaje, con esas secuencias con mistura de pasado y presente, una mezcla trazada sobre los fotogramas y la destrozada conciencia de su protagonista, no es solo por eso, no. Tampoco es (sólo) por el excepcional uso de la acción fuera de campo: no recordamos una cinta cercana en el tiempo que transmita una tan inaguantable sensación de violencia, consiguiéndolo ademas sin mostrar nada de dicha violencia de forma explícita (todos sabemos lo que ocurre pero no lo vemos sobre la pantalla). Tampoco lo es en exclusiva por el asombroso trabajo de Joaquin Phoenix en un papel que parece pensado ex profeso para su físico y formas de expresión: un segundo le tememos, al siguiente le compadecemos y al siguiente reímos (no mucho) con él.

Como decimos no es la enumeración individual de estas virtudes lo que hace grande al film de Ramsay si no la conjunción de todas ellas, mejor dicho, la virtud principal de You Were Never Really Here es la implicación de todas ellas dentro de una construcción cohesionada. Existen motivos que justifican narrativamente que el film tenga esa forma concreta y no otra: no se trata de lucimiento de la directora, de fuegos de artificio o de concesiones al barroco, se trata de la conexión íntima entre lo que se narra y cómo se narra, ese factor que es, finalmente, el que define la bondad o la maldad de cualquier producto audiovisual, bendigamos a Lynne Ramsay por traérnoslo a este Cannes tan sediento de milagros.