El Cairo, julio de 2013. Entre sofocos provocados por el incesante calor, la ciudad bulle por razones bastante diferentes a las climáticas: dos años después de que la revolución egipcia pusiera fin a tres décadas de dictadura de Hosni Mubarak, el caos político y la división social han desembocado en la caída del presidente islamista Mosri. Mohamed Diab, autor que debutó en 2010 justamente retratando el clima de asfixia previo al derrocamiento del antiguo régimen en la contundente El Cairo 678, demuestra ahora la inteligencia precisa para resumir estos dos años de continuas transformaciones en su país, anteriores al momento en que se desarrolla su nueva película Clash (2016), con decidida concisión. Unos breves rótulos, impresos sobre el plano fijo de un furgón vacío en movimiento bañado por la luz callejera, nos ponen enseguida en situación de los hechos precedentes y anticipan lo que veremos a continuación. Diab, que además de su incipiente labor cinematográfica fue un destacado activista en los años revolucionarios, delata con ese gesto una voluntad periodística e informativa nada reñida con la preocupación por las formas, a la postre convertida en última razón de ser de una propuesta íntimamente ligada a la necesidad de manifestar esa irrespirable atmósfera que ha envuelto Egipto.

La sugerente premisa de Clash –parcialmente traducida al español como Choque–, confirmación de Diab como una de las puntas de lanza del movimiento que lleva algunos años explorando las espinosas causas y consecuencias de la revolución en los países norteafricanos, puede resumirse en pocas palabras. Tras uno de los muchos altercados callejeros que estaban teniendo lugar en las calles de la capital egipcia, un variopinto grupo de personas acaba con sus huesos en el mismo furgón policial, unidad espacial y temporal que se pretende síntesis de una sociedad despedazada. De ese modo, las sospechadas intenciones periodísticas de Diab se amplían con un juego de cámara que explora los angostos espacios interiores del recinto y, sobre todo, observa la bulliciosa realidad exterior a través de rejas y cristales. Aprovechando factores como la comunicación clandestina con otros furgones contiguos, que dibuja la incertidumbre inherente a todos los ciudadanos sobre el destino de sus allegados, el cineasta y su operador Ahmed Gabr no tardan en dispersar la atención del supuesto gran asunto inicial –el conflicto entre partidarios de los Hermanos Musulmanes y contrarios a los mismos– hacia una amalgama de choques más mundanos y casi imperceptibles, que se producen en todas las direcciones y convierten la comunicación en mera utopía. Aquí resulta crucial el uso del sonido en la planificación, que concede un gran protagonismo a factores como el ruido del tráfico, señal del caos exterior al furgón. Aunque quepa reprochar cierta introducción final de la música como apunte discordante con el tono pesadillesco de la imagen, no queda ensombrecido el trabajo visual y sonoro que otorga peso específico a cada piedra chocando contra el vehículo, muestra de que Egipto ha estallado por los aires.

Cuando Diab ha revelado definitivamente su voluntad de no posicionarse sino del lado del humanismo, decisión que otorga a cada personaje sus razones y también bordea el peligro de convertirlos en meras marionetas representativas de sus causas –desde la raíz del integrismo hasta la sospecha sobre el papel manipulador de la prensa, sin obviar siquiera el fanatismo futbolero en medio de la catástrofe política–, el periplo afronta su tramo más crispado y conflictivo, casi propio en las formas de un thriller de terror. Una vez más, ese trabajo de puesta en escena, con la cámara titubeante cobrando sentido pleno, ayuda a solventar el trayecto en el que el conflicto trasciende cada vez más la explicación de tensiones locales, sin necesidad de ser aclaradas. Se trata de mostrar cómo conviven en un mismo plano la sumisión y la obediencia, a través de esa exigencia de remar juntos para salir vivos de un gigantesco sinsentido, que cada vez sabe menos de bandos y ha contagiado la sospecha hacia el otro a todos los niveles, del ejército al pueblo llano. Durante la pirueta técnica de este último tramo, entre neones y luces centelleantes y con los protagonistas avanzando encerrados hacia un mismo destino, aparece la confirmación definitiva del discurso de Clash. El evidente plano final de esa partida irresoluble de tres en raya, que ya habíamos visto antes grabada en la pared del furgón, sirve como metáfora inequívoca de un conflicto cada vez más enrocado en sí mismo. En ese momento, confirmamos que la segunda película de Mohamed Diab ha resuelto con plena dignidad la esquematización casi didáctica de un asunto de enorme complejidad.