De las limitaciones que plantea un escenario reducido, el teatral, a proponer la ciudad de Madrid como un nuevo espacio de opciones inagotables. Marisa en los bosques, el estimulante debut en el largo de Antonio Morales (Almería, 1977), recoge la influencia de su amplia formación dramatúrgica en la peripecia urbana de su protagonista (Patricia Jordá), una actriz incapaz de ubicarse en el mundo, pero ante todo delata una cinefilia desbordante, que bajo su explicitud engendra una voz propia y muy dotada para definir la tragicomedia. Después de pasar con éxito por Sevilla o el D’A de Barcelona, Marisa viaja ahora por fin a casa para debutar en la capital, residencia del autor y auténtico corazón de la película, donde el próximo domingo 11 a las 21:30 tendrá su único pase en Cineteca dentro de la programación de Filmadrid.

 

V.O.S.- Vienes del mundo del teatro y la dramaturgia, pero estudiaste Comunicación Audiovisual, habías hecho ya algún cortometraje y en Marisa en los bosques todos tus referentes y decisiones denotan una gran cinefilia. ¿Puedes hablarnos de cómo compaginas ambas facetas y de este salto a la dirección de largos?

Antonio Morales.- Hay muchísimos casos de directores que han compaginado el teatro y el cine, enriqueciéndose, sobre todo cuando se diferencia entre ambos campos. Dirigir a un actor de teatro es muy distinto de dirigir a un actor de cine. Bergman, Visconti o Fassbinder fueron excelentes dramaturgos, muy buenos directores de teatro y muy diferentes entre sí. Cuando yo empecé a hacer mis primeros cortos, me decían que tenían mucho peso teatral, y en mis montajes me han dicho que tienen mucho peso cinematográfico. Veo eso como una virtud más que como un defecto, porque al final estás en ambas cosas, el problema es que siempre te tienes que decantar un poco, porque el montaje te absorbe muchísimo y la escritura de un texto teatral o de una película también. Por eso intento diferenciarlos y aprovecharme de lo que mejor me viene de ellos cuando encaro la otra disciplina.

Por ejemplo, en Marisa en los bosques me vinieron muy bien los ensayos para hacer auténticas puestas en escena teatrales. Luego no se notaron tanto porque apenas pude mover la cámara al no tener tiempo material. La película se rodó solo en dos semanas y eso me obligó a ser muy preciso con las indicaciones a los actores, tuve que reestructurar toda la puesta en escena porque inicialmente había bastante movimiento. Para mí uno de los elementos más teatrales del cine es el plano secuencia. A pesar de que cambia el punto de vista, implica una coreografía que es muy teatral. Yo apenas pude mover la cámara, fue una frustración absoluta, porque tuve que cambiar constantemente el plan de rodaje: para un único plano secuencia te puedes tirar un día entero, implica una coordinación absoluta entre todos los elementos.

Me encantan ambas disciplinas, pero si tuviera que elegir creo que me quedaría con el cine. Al final, al teatro llegué porque es más difícil entrar en el cine, y como lo que quería era contar algo a través de la imagen me pareció también un buen terreno.

V.O.S.- En Marisa en los bosques no rehúyes la cita explícita, de Iván Zulueta al cine mudo, pero a la vez consigues algo propio, que se nota que nace de un impulso creativo más allá de la referencia verbal. ¿Cuáles han sido tus mayores inspiraciones?

A.M.- Centrándome en la película, yo creo que el cine francés de los 60, pero sobre todo la etapa de los 80 de Rohmer, es lo que más me ha influido. Llevaba tanto tiempo detrás de hacer una película que tenía una bola tremenda de proyectos, de ideas que me tenían paralizado. Cuando hace seis o siete años vi Céline et Julie vont en bateau (Jacques Rivette, 1974), ese arranque tan fresco, esa sensación de que puede pasar cualquier cosa de manera improvisada, fue la semilla. Luego, el referente más absoluto fue El rayo verde (Eric Rohmer, 1986). Conozco bien a mi actriz protagonista, Patricia Jordá, he trabajado con ella en teatro e incluso he llegado a convivir con ella, y creo que Marisa es una mezcla entre ella misma y el personaje de Marie Rivière en la película de Rohmer, o eso es lo que perseguía. También, por esa sensación de que todo ocurre en un día y una noche, estaba Cléo de 5 à 7 (Agnès Varda, 1962), y de ella me quedé también con ese punto fantástico que no te esperas en la película y llega al final. En general me influyó todo ese cine francés muy asentado en el diálogo, pero también Annie Hall (Woody Allen, 1977), con esa energía a la hora de hablar.

Y después en España, en el momento en el que planteas una comedia ágil, con diálogos costumbristas, te van a relacionar siempre con Almodóvar. Es algo que reconozco como una influencia, porque creo que sus primeras películas tienen algo muy especial y que no sólo es suyo, cuando indagas en el tiempo encuentras esa forma entre castiza y moderna en Fernán Gómez o Neville. A mí me gusta casi todo el cine. Me fascina Fassbinder, ahora estoy con la nueva ola japonesa… incluso el año pasado en Filmadrid, cuando vi John From (João Nicolau, 2015), noté algo que me recordó a mi película, en esa transformación de la realidad de la niña protagonista. Siempre te encuentras con gente a la que no conoces, que está haciendo cine y con la que conectas. Me gustan muchísimo Miguel Gomes o João Pedro Rodrigues, que está ahora en Filmadrid, yo no he trabajado la sordidez en cine, pero creo que él es fascinante. Cuando haces tu propia película, no sabes lo que va a quedar, lo vas viendo con el paso del tiempo. Pero yo prefiero ser una copia mala de Rohmer a una copia buena de un cineasta que no me gusta.

Marisa en los bosques (Antonio Morales, 2016)

V.O.S.- En tu película muestras Madrid, sus calles y ambientes, de una forma quizá no muy usual, que le confiere una identidad propia. A mí fue esto lo me remitió mucho al universo de Almodóvar, además de la sensibilidad a la hora de retratar psicologías femeninas.

A.M.- Creo que también viene por la influencia de la nouvelle vague. Aunque mi película formalmente no tenga mucho que ver con ellos, París estaba muy presente en Godard o Rivette. Yo también quería que la ciudad lo estuviera para forzar la idea de que el personaje protagonista pertenece a un espacio. En gran parte de la película la protagonista absoluta parece una secundaria, porque no llega a meterse en ese espacio fantástico. Yo no soy de Madrid, pero me fascina, y creo que se nota el cariño con el que la he mirado, porque además es la ciudad que me ha permitido el sueño de hacer mi primera película como director y estoy muy agradecido a ella.

Almodóvar está más en los secundarios, por ejemplo en Esmeralda, un transexual interpretado por una mujer de nacimiento. Su forma de hablar, de comportarse… es otro rasgo estilístico suyo, el de integrar a gente que es muy diferente. Cuando Marisa está en ese stand-by, de repente empieza a conocer gente que le estimula, personas que son atípicas y lo viven con total normalidad. Eso es lo que hacía Almodóvar en sus inicios, plantear situaciones y personajes en apariencia extremos que después descubrías que se daban en la realidad. Yo lo veo sobre todo en ese mundo de la noche, pero el personaje de Marisa es más contenido. Almodóvar tiende mucho a un melodrama que yo evito continuamente, aunque sí quería plantear una parte feminista. La chica que se obsesiona por ser parte de un drama personal (Mina) acaba muriendo, y la protagonista (Marisa) es la que tiene que salir sola adelante dentro de su vida, sin que la rescate nadie. Creo que el planteamiento del melodrama es lo que me diferencia mucho de Pedro. En la primera parte de Marisa en los bosques sí puede parecer que lo bordeo con el personaje de Mina, pero en realidad lo trabajo de forma bastante paródica, con frases de una intensidad casi de telenovela.

V.O.S.- Referencias cinéfilas aparte, Marisa en los bosques retrata un mundo que conoces bien, el del teatro independiente y precario, en el que hay que luchar cada día por salir a flote. ¿Qué diferencias y similitudes ves entre ambas disciplinas, ahora que te has movido en las dos para sacar proyectos adelante?

A.M.- Creo que una obra de teatro es más fácil, más evidente de hacer. Pero a mí las funciones me generan mucha tensión, porque en ellas puede pasar todo lo imprevisible. Por eso reconozco que me he sentido muy a gusto en una butaca viendo una película que ya sabía que no iba a transformarse. Aunque también las reacciones de los públicos son diferentes, en cine te incomodas cuando alguien se va o se mueve, o ves silencios y piensas que está muy metido. Creo que es infinitamente más difícil hacer cine, sobre todo con estas características. Es cierto que a este nivel precario podría haber planteado algo con un único espacio o con otro tipo de propuestas más viables, pero en el momento en el que tienes una trama con todo un desarrollo y tantas localizaciones, la cosa se vuelve extremadamente compleja.

V.O.S.- Esta voluntad de retratar un universo concreto choca un poco con el realismo mágico que planteas en la última parte, con Marisa perdida en ese bosque y la aparición de la infancia. ¿Pensaste esa secuencia como una ruptura?

A.M.- Tenía muy claro que quería que hubiera un momento de fantasía, sobre todo por esa sensación de posibilidad, esa magia de Madrid en la que caben las cosas más imposibles. De hecho, a mí hacer una película me lo parecía, y eso me influyó en la sensación. Es posible que en una noche de resaca vayas al Retiro y se transforme en un bosque, porque la gente que lo conoce sabe que hay un momento en el que empieza a dejar de ser el Retiro.

En general, aunque siempre intento hablar de cosas personales, también evito entrar en terrenos biográficos, pero esa secuencia en concreto es un capítulo de mi vida. Cuando estaba desarrollando el guión, tenía claro que Marisa pudiera reencontrarse con Mina en el presente, en un terreno idílico, para despedirse de ella. De pequeño yo perdí a una persona que quería muchísimo, y siempre tuve la culpabilidad de no haber podido despedirme de ella. El cine me ha permitido recrear eso que siempre he soñado, encontrarme con esa persona y darle un abrazo para cerrar ese capítulo que después de tantos años me sigue persiguiendo. En ese momento quizá no sabes qué pasa con la película, pero sí consigues tapar una herida. Si siempre entras en terrenos tan personales te vuelves loco, pero yo no me di cuenta de esto hasta que no la vi terminada. Yo sabía que quería que eso le ocurriera a Marisa, de una forma muy simbólica, que no sabes si es real o producto de la imaginación o de las drogas, y es una de mis secuencias favoritas, porque me toca emocionalmente. Después de toda la tensión acumulada durante el rodaje, el día que llegué a esa escena y vi la localización me puse a llorar. La chica de arte me dio un abrazo porque pensó que era por el estrés, pero fue más por la sensación de estar haciendo real algo que yo tenía en la cabeza.

Marisa en los bosques (Antonio Morales, 2016)

V.O.S.- La mayoría de tus actores, empezando por la protagonista Patricia Jordá, habían tenido muy pocos papeles en el cine hasta la fecha, ¿habías trabajado con ellos previamente en teatro, los descubriste en los escenarios?

A.M.- Sí, prácticamente todos pertenecen al mundo del teatro. Me apetecía mucho trabajar con ellos. Cuando estaba con el casting, como ahora hay menos rodajes, me empezaron a llegar propuestas de actores bastante conocidos, pero yo no tenía un presupuesto, y hay un momento en el que eso ya no me interesa. También quería introducir unos rostros nuevos, tener esa sensación de libertad, y meter a trabajar a actores vinculados sobre todo con el off madrileño. Conocía a casi todos del teatro, y además hice muy poco casting, soy poco partidario. A mí me gusta ver a los actores trabajar y pensar si pueden dar con el personaje. En el cine lo más interesante es hacer pruebas de cámara, porque hay actores a los que la cámara capta con cierta luz o en los que el rostro te puede dar un perfil mejor o peor. Pero sí, el reparto es una decisión premeditada, al ser una producción independiente y tener libertad para elegir decidí esto, porque lo primero que te van a exigir si tienes presupuesto es tener a ciertos actores como protagonistas.

V.O.S.- Marisa encaja a la perfección con un prototipo de personaje que se ve mucho en directores españoles actuales, sobre todo debutantes: antes quizá abundaban más los veinteañeros en problemas, ahora esa indefinición existencial se ha trasladado a la treintena… ¿es un signo generacional, de nuestro tiempo?

A.M.- Ahora que lo comentas, sí es algo que se repite. Treintañeros o incluso los que se van acercando a la treintena, creo que están todos muy marcados por la crisis, por la destrucción de esa bonanza noventera. Estar perdido en los veinte es normal, tienes la sensación de tener mucho por recorrer, pero a los treinta te están obligando a asentarte y no sabes dónde colocarte, es un personaje que está muy presente. Lo vi muy claro por ejemplo en Los ilusos (Jonás Trueba, 2013), allí son un poco más jóvenes, pero también están deambulando por Madrid en blanco y negro, con mucha influencia del cine francés y además en la misma zona donde se grabó parte de Marisa en los bosques.

V.O.S.- Financiaste Marisa en los bosques mediante crowdfunding, algo cada vez más habitual, y ahora estás en festivales internacionales compartiendo plana con autores consagrados. ¿Crees que este modelo de micromecenazgo es sostenible como base de cara al futuro o solo una vía ocasional para sacar adelante proyectos concretos?

A.M.- Necesitas una estructura, hacer cine es muy caro. Si los bolígrafos y el papel costaran un millón de euros, habría que hacer algo para no dejar de crear. El cine está muy imbricado dentro de una industria, y hay que hacer todo lo posible para defender una heterogeneidad que me parece fundamental. El cine no es una única forma de entenderlo, no son sólo las fotocopias de blockbusters americanos, que parece que son lo único que interesa a las televisiones. Es una cosa mucho más amplia, con muchos lenguajes y formas de entender el audiovisual. Como es tan frágil y todo se lo llevan los grandes estudios, ha desaparecido un cine intermedio un poco estable que había. Ahora están las producciones de 6-8 millones de euros, poquitas, y luego muchísimo cine independiente hecho con mucho amor y artesanía, una parte de él descaradamente vanguardista, que exige unos espectadores más educados. El crowdfunding es muy interesante cuando no te queda otro remedio. Ahora mismo estoy leyendo la biografía de Kurosawa y en su primera etapa se quejaba de lo precario que era todo, de que le pagaban tres veces menos por hacer una película que a su mujer por actuar. Esto es una constante, pienso también en las primeras películas de cineastas como Fassbinder, al que adoro. Luego vas escalando en cuanto a interés, porque no por tener más dinero te va a salir una mejor película, pero sí tienes la posibilidad de no quedarte siempre en un terreno tan recluido.

V.O.S.- Hace unos meses hablaba con Pablo Hernando y me decía que la etiqueta de cine low cost en general os interesa poco, porque lo que queréis es tener dinero para poder hacer una película con menos precariedad, con unos sueldos…

A.M.- Sí, yo es lo que peor llevo. Todo lo que tenía ahorrado y me prestaron en el crowdfunding se fue para sueldos, sobre todo pensando en los demás, que son profesionales que tienen que trabajar como todo el mundo, percibir una remuneración. Lo que hice fue centrar la película en dos semanas de rodaje, fue bastante llamativo que nunca tuviéramos ninguna sesión maratoniana, porque a mí me tocó estudiar todo con una precisión absoluta, sacrificar planos, escenas y diálogos por hacer algo más humano en el planteamiento. Todo depende de tu proyecto, a mí me gusta la ficción, que siempre tienes que recrear y es más cara, pero con que pudiera pagar a todo el equipo y tener lo mínimo me podría plantear seguir haciendo mumblecore o propuestas más baratas, pero siempre bajo este mínimo. La propuesta de Marisa y los bosques encajaría a nivel de presupuesto con un corto. Casi me interesaría más invertir en publicidad, en llegar a ciertos medios y darme a conocer, porque yo me siento muy a gusto planteando películas muy sencillas y sin artificio.

Marisa en los bosques (Antonio Morales, 2016)

V.O.S.- También has hecho una versión para microteatro de tu película, ¿podrías hablarnos un poco de ella, de su raíz y de cómo la estás llevando a cabo?

A.M.- Surgió de esa vinculación entre cine y teatro, ficción y realidad. Uno de los protagonistas, Mauricio Bautista, me propuso presentar a Microteatro por dinero una pieza de Marisa en los bosques para promocionar el estreno en Filmadrid. Escribí una escena que podría encajar perfectamente dentro de la película, ambientada en una fiesta, lo presentamos y nos seleccionaron, fue muy bien. Cambié un poco el tono porque tenía que entender que era para la hora golfa, que la gente estaba allí contenta en fin de semana. Potencié el lado canalla, indagué más en las influencias de Almodóvar e incluso en cierto modo de John Waters, aunque no tan sórdido. El microteatro sería esa deformación hacia la comedia más gamberra, que en la película está contenida.

V.O.S.- Imagino que para alguien afincado en Madrid como tú, que ha elegido esta ciudad como esencia de su primera película, el estreno dentro de Filmadrid después de pasar por Sevilla o Barcelona tendrá algo de especial, de debut en casa, ¿no?

A.M.- Va a ser muy especial, sí que tengo esa sensación de jugar en casa. Cuando hemos estado en otros festivales, siempre veía películas de personas de esa ciudad que estaban arropadas de forma muy especial, es normal porque están más vinculadas a ellas. Tener esa posibilidad, encima en Cineteca, que diría que es uno de los cines más bonitos de Europa, es muy emocionante, esa sensación de traerla aquí después de todo ese viaje, que después seguirá.

V.O.S.- Después de Marisa en los bosques y la acogida que está teniendo, ¿tienes pensado ahondar en esta carrera detrás de la cámara o seguir dedicándote al teatro?

A.M.- Como antes había hecho más teatro que cine, tengo que aprovechar ahora lo bien que está funcionando la película a nivel de festivales y de crítica para levantar otro proyecto de cine, estoy escribiendo varios. No me gustaría dejar el teatro, porque no deja de ser un terreno para experimentar y seguir trabajando de forma más asequible, el problema es todo el tiempo que te quita. Pero ahora principalmente estoy enfocado en el cine.

V.O.S.- ¿Nos puedes contar algo más de estos proyectos?

A.M.- Si te digo la verdad, son tres y depende de dónde pueda encontrar financiación. Estoy centrado en hacer una comedia más pura, menos trágica, trabajar el screwball americano en Madrid, un enredo con el Cine Doré de epicentro y referencias al cine de forma muy explícita. Otro de los proyectos está planteado con muy bajo presupuesto, por si en estos años no pudiera levantar esta comedia; y el tercero es un drama fantástico con el tema de la inmigración en mi tierra, Almería, me apetece muchísimo rodar allí pero veo muy difícil sacarle financiación. Estoy viendo cómo conseguir una base, no necesito un millón de euros, pero trescientos mil sí me vendrían bien.

 

(Entrevista realizada el 5 de junio de 2017 en Madrid)